
Durante décadas pudiéramos decir en la era de las primeras tesis de grado los estudiantes de entonces decidieron que, tras excesos de nerviosismo y horas intensas de investigación, tras años consagrados al estudio y a la carrera, merecían celebrar la exitosa defensa con algo más que una salidita al pueblo. Y... ¡caramba!, decidieron hacerlo bien.
Así que prepararon un brindis. Uno grande. Familiares, allegados y amigos todos estaban allí. También los profes, que tanto les enseñaron en todas las jornadas de preocupación sin límites. Buscaron cake, ensalada, panes y peces... La música no podía faltar, ni tampoco un toque de licor necesario para desterrar tensiones.
(Ilustración: Martirena)
Algunos consideraron oportuno un agradecimiento al tutor, quien sacrificó parte de su tiempo precioso y ayudó a labrar con alguna certeza el camino signado por la incertidumbre de la nota final.
Hasta ahí todo parece correcto. Pero ¿qué ocurrió cuando aquella fiesta, en lugar de espacio de agradecimiento y celebración merecidos, devino escenario para la ostentación y la cuenta del dichoso brindis importó tanto o más que el propio trabajo de diploma?
El asunto ha venido acaparando miradas, pues de un momento a otro la exposición del ejercicio de culminación de estudios no se circunscribió a la preparación del tema, ni a la oratoria, ni a las siempre complicadas preguntas de oposición, sino que llegó a suponer una parafernalia muy parecida a un show televisivo, donde la altura de los zapatos, el escote del vestido, la marca de la camisa y la calidad del buffet sugieren mucho más que el título del informe.
El brindis llegó a convertirse en una muestra de poder al estilo de las marchas militares de las grandes potencias. Una marca del poderío familiar y su posición económica. En última instancia, la ostentación pudo servir como catalizador de una mala nota o de cierto desliz en el contenido.
Cuando en toda Cuba ya comienza el período de exposición de los proyectos investigativos definición de una culminación exitosa o no de la carrera, las casas de altos estudios se acogen a reglamentos que exigen a estudiantes y profesores convertir este ritual académico en arquetipo de sobriedad. A modo de ejemplo, en la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas una resolución rectoral prohíbe la celebración de los brindis dentro de los límites del campus universitario y exhorta a sus trabajadores a abstenerse de recibir regalía alguna.
Para muchos esto ha sido como destapar la caja de Pandora, y la balanza inclina indistintamente su fiel: de un lado, quienes abrazan la idea de conservar la tradicional muestra de gratitud que un evento de tal índole amerita; del otro, el suspiro hondo de quienes no tienen tan holgado el bolsillo y prefieren celebrarlo de manera más sencilla.
Encontrar el punto medio entre dos situaciones complejas como estas deviene asunto harto difícil, por lo menos si lo que se quiere es buscar una solución ética para un asunto sensible no solo para alumnos, sino también para familiares y profesores.
En sus predios, a la institución le asiste todo el derecho de regular, normar, prohibir o autorizar en aras de mantener el orden y el prestigio que la ha caracterizado. El motivo del brindis es justo y merecido, y cada cual decidirá dónde, cómo y cuándo, y en la medida de sus posibilidades. Lo del regalo, idem. No se puede exigir, ni siquiera insinuar, y es digno de sanción el docente que lo haga.
Realmente, el quid está en que el brindis sea sinónimo de celebración, de regocijo, de alegría, y no de ostentación, de poderío ni de muy despreciables segundas intenciones, y que el regalo, si se hace, resulte una extensión de gratitud, no de soborno solapado.