Luis Orlando León Carpio
Luis Orlando León Carpio
@leon_luiso
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04 Junio 2015

Durante décadas pudiéramos decir en la era de las primeras tesis de grado los estudiantes de entonces decidieron que, tras excesos de nerviosismo y horas intensas de investigación, tras años consagrados al estudio y a la carrera, merecí­an celebrar la exitosa defensa con algo más que una salidita al pueblo. Y... ¡caramba!, decidieron hacerlo bien.

Así­ que prepararon un brindis. Uno grande. Familiares, allegados y amigos todos estaban allí­. También los profes, que tanto les enseñaron en todas las jornadas de preocupación sin lí­mites. Buscaron cake, ensalada, panes y peces... La música no podí­a faltar, ni tampoco un toque de licor necesario para desterrar tensiones.

cuestion-de-brindis(Ilustración: Martirena)

Algunos consideraron oportuno un agradecimiento al tutor, quien sacrificó parte de su tiempo precioso y ayudó a labrar con alguna certeza el camino signado por la incertidumbre de la nota final.

Hasta ahí­ todo parece correcto. Pero ¿qué ocurrió cuando aquella fiesta, en lugar de espacio de agradecimiento y celebración merecidos, devino escenario para la ostentación y la cuenta del dichoso brindis importó tanto o más que el propio trabajo de diploma?

El asunto ha venido acaparando miradas, pues de un momento a otro la exposición del ejercicio de culminación de estudios no se circunscribió a la preparación del tema, ni a la oratoria, ni a las siempre complicadas preguntas de oposición, sino que llegó a suponer una parafernalia muy parecida a un show televisivo, donde la altura de los zapatos, el escote del vestido, la marca de la camisa y la calidad del buffet sugieren mucho más que el tí­tulo del informe.

El brindis llegó a convertirse en una muestra de poder al estilo de las marchas militares de las grandes potencias. Una marca del poderí­o familiar y su posición económica. En última instancia, la ostentación pudo servir como catalizador de una mala nota o de cierto desliz en el contenido.

Cuando en toda Cuba ya comienza el perí­odo de exposición de los proyectos investigativos definición de una culminación exitosa o no de la carrera, las casas de altos estudios se acogen a reglamentos que exigen a estudiantes y profesores convertir este ritual académico en arquetipo de sobriedad. A modo de ejemplo, en la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas una resolución rectoral prohí­be la celebración de los brindis dentro de los lí­mites del campus universitario y exhorta a sus trabajadores a abstenerse de recibir regalí­a alguna.

Para muchos esto ha sido como destapar la caja de Pandora, y la balanza inclina indistintamente su fiel: de un lado, quienes abrazan la idea de conservar la tradicional muestra de gratitud que un evento de tal í­ndole amerita; del otro, el suspiro hondo de quienes no tienen tan holgado el bolsillo y prefieren celebrarlo de manera más sencilla.

Encontrar el punto medio entre dos situaciones complejas como estas deviene asunto harto difí­cil, por lo menos si lo que se quiere es buscar una solución ética para un asunto sensible no solo para alumnos, sino también para familiares y profesores.

En sus predios, a la institución le asiste todo el derecho de regular, normar, prohibir o autorizar en aras de mantener el orden y el prestigio que la ha caracterizado. El motivo del brindis es justo y merecido, y cada cual decidirá dónde, cómo y cuándo, y en la medida de sus posibilidades. Lo del regalo, idem. No se puede exigir, ni siquiera insinuar, y es digno de sanción el docente que lo haga.

Realmente, el quid está en que el brindis sea sinónimo de celebración, de regocijo, de alegrí­a, y no de ostentación, de poderí­o ni de muy despreciables segundas intenciones, y que el regalo, si se hace, resulte una extensión de gratitud, no de soborno solapado.

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