¡Gabo, asere!

El entrañable escritor Gabriel Garcí­a Márquez, gran amigo de Fidel y del pueblo cubano, cumplirí­a 94 años de edad.

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Escritor y periodista Gabriel García Márquez.
Gabriel García Márquez cumpliría 94 años este 6 de marzo. (Foto: Tomada de internet)
Dayana Darias Valdés
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06 Marzo 2021

«Lo único cierto para mí­ son las canciones de los Rolling, la Revolución cubana y cuatro amigos ».
                                                                                                                      Gabriel Garcí­a Márquez

Tiene que ser amor, y tiene que ser idilio, cosas de ebrios sin mesura, de enfermos de literatura... No hay otra explicación para poder dibujar el mapa de Aurelianos en un paí­s donde todos somos aseres. A 94 años de su natalicio, Gabo es un asere más, y para su suerte, sí­ tiene quien le escriba.

«Antes de la Revolución no tuve nunca la curiosidad de conocer a Cuba. Los latinoamericanos de mi generación concebí­amos a La Habana como un escandaloso burdel de gringos donde la pornografí­a habí­a alcanzado su más alta categorí­a de espectáculo público mucho antes de que se pusiera de moda en el resto del mundo cristiano », dijo cuando se le cuestionó, entre otras cosas, su amistad con Fidel. Pero Gabo fue hierro e hizo silencios: «La nuestra es una amistad intelectual, cuando estamos juntos hablamos de literatura ».

Fidel Castro Ruz y Gabriel Garcí­a Márquez.
Cuando se cuestionó su amistad con Fidel, Gabriel Garcí­a Márquez respondió: «La nuestra es una amistad intelectual, cuando estamos juntos hablamos de literatura ». (Foto: Tomada de internet)

Entre sus anécdotas referidas a Cuba se halla la de aquel 1. º de enero, cuando los ruidos lo sacaron de su apartamento y se enteró de  que Batista ya no estaba más en Cuba, y la posibilidad de visitar el paí­s por vez primera se le hizo más real.

En una ocasión contó: '

El 18 de enero, cuando estaba ordenando el escritorio para irme a casa, un hombre del Movimiento 26 de Julio apareció jadeando en la desierta oficina de la revista en busca de periodistas que quisieran ir a Cuba esa misma noche. Un avión cubano habí­a sido mandado con ese propósito. Plinio Apuleyo Mendoza, y yo, que éramos los partidarios más resueltos de la Revolución Cubana, fuimos los primeros escogidos.

Apenas si tuvimos tiempo de pasar por casa a recoger un saco de viaje, y yo estaba tan acostumbrado a creer que Venezuela y Cuba eran un mismo paí­s, que no me acordé de buscar el pasaporte. No hizo falta: el agente venezolano de   inmigración, más cubanista que un cubano, me pidió cualquier documento de identificación que llevara encima y el único papel que encontré en los bolsillos, fue un recibo de lavanderí­a. El agente me lo selló al dorso, muerto de risa, y me deseó un buen viaje.

El inconveniente serio se presentó al final, cuando el piloto descubrió que habí­a más periodistas que asientos en el avión, y que el peso de los equipos y equipajes estaba por encima del lí­mite aceptable. Nadie querí­a quedarse, por supuesto, ni nadie querí­a sacrificar nada de lo que llevaba, y el propio funcionario del aeropuerto estaba decidido a despachar el avión sobrecargado. El piloto era un hombre maduro y serio, de bigote entrecano, con el uniforme de paño azul y adornos dorados de la antigua Fuerza Aérea Cubana y durante casi dos horas asistió impasible a toda clase de razones. Por último uno de nosotros encontró un argumento mortal:

No sea cobarde, capitán dijo también el Granma iba sobrecargado.

El piloto lo miró, y después nos miró a todos con una rabia sorda.

La diferencia dijo es que ninguno de nosotros es Fidel Castro.

Pero estaba herido de muerte, extendió el brazo por encima del mostrador, arrancó la hoja del talonario de órdenes de vuelo y la volvió una pelota en la mano.

Está bien dijo   nos vamos así­, pero no dejo constancia de que el avión va sobrecargado.

Se metió la bola de papel en el bolsillo y nos hizo señas de que lo siguiéramos. Mientras caminábamos hacia el avión, atrapado entre mi miedo congénito a volar y mis deseos de conocer  Cuba, le pregunté al piloto con un rescoldo de voz:

Capitán, ¿usted cree que lleguemos?

Puede que sí­ me contestó con la ayuda de la Virgen de la Caridad del Cobre.

Un aterrizaje de emergencia hizo que la primera tierra que Gabo tocó en Cuba fuese camagí¼eyana. Sin nada más que su intuición, sabí­a que la isla serí­a una marca imborrable en su cuaderno de memorias, que este cielo y estos hombres eran la vida misma narrada en tiempo real.

Caricatura de Gabriel Garcí­a Márquez.
Caricatura de Gabriel Garcí­a Márquez. (Foto: Tomada de internet)

Junto a Fidel fundó, allá por 1986, la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños, donde  fue director y maestro. Se hizo embajador sin tí­tulo en un paí­s donde su obra es imprescindible en todos los niveles educativos. Quizá por eso una vez dijo: «Ustedes los cubanos, además de leer mucho, saben leer bien ».

Entre tantas anécdotas que llevan su nombre, aquella de cuando entró a una librerí­a en La Habana y un custodio lo reconoció es mi favorita.

Al salir Garcí­a Márquez, otra persona se acercó para preguntar quién era, a lo que él primero respondió: «Es un gran escritor cubano que vive en Colombia ». Lo cierto es que Gabo sigue siendo un gran escritor cubano, son cosas que la eternidad nunca nos podrá reclamar.

El del Premio Nobel, los libros de mi infancia, mi amor en tiempos de cólera, de lluvia y ansiedades... Gabo cubaní­simo, puro, regalo de un 6 de marzo en que la naturaleza dijo gracias. ¡Qué abrazos tan lindos da la vida! ¡Asere! ¡Gabo! Ni 100 años de condena podrí­an solventar todos estos espacios donde no estás.

La hojarasca es un sepulcro, y tus putas tristes, tu coronel, tu laberinto, tu patriarca... Los demonios, Gabo, los demonios están escribiendo las noticias de tu América. ¿Cómo se le explica a la Patria que no quedan crónicas? Nos anunciaron la primavera, y para ti bastó, pero, Gabo, te hiciste imperecedero, verbo, asere... Y eso, aquí­, es inmortalidad.

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