Ella reescribe y escribe la poesía como si se estuviese inventando a sí misma en cada verso. Experimenta la fiebre de la próxima canción y la serenidad de quien pasará toda su vida tarareando ritmos simples, acompasados.
Ahora que la pienso, se me dibuja entre los colores de un jueves por la noche. Pared de ladrillos al fondo. Gradas llenas, el humo de cigarro es capaz de despeinarla, y la ves, cual visión de medianoche, en pleno Mejunje.
Rodeada de hombres con guitarras, Yaíma nos hace respirar su canción, nos resucita a puro verso. Es la maravilla en estado puro.

No pudo ser otra cosa que trovadora, no supo. «Encontré en la trova una estética que me sedujo. La esencia de un trovador con su guitarra me resulta poderosa. También, su proyección desenfadada, despojada, viajera. La manera de hacer la canción me remueve, me hace pensar, me emociona. Hay una búsqueda en el trovador que no cesa, una sinceridad, una pasión, y eso también me atrae. La suerte de poder mezclar géneros, la cercanía de las letras de las canciones con la poesía. Todo eso me flechó y apunté hacia ese lugar que creo es un surtidor de belleza ».

Belleza, esa también podría ser la palabra exacta para definir sus canciones, para definirla a ella. Pero no existe definición para su voz, soñadora, traficante de canciones que van y vienen. Me cuenta que casi siempre vienen ellas, «pero a veces las busco, sobre todo en etapas de sequía creativa. Siempre prefiero que me sorprenda la canción, que llegue a mí solita, traduciendo mis vivencias, mi pensar, mi alegría, mi miedo, mi voz interior, mi entorno. Cuando no pasa así y llevo tiempo sin componer, me escondo y me entrego a un espacio especial para hacerla venir. Procuro soledad, canto melodías sin pretender nada, toqueteo la guitarra. A veces reviso canciones a medias, poemas que he escrito y me provoco. Algunas veces funciona, otras no; pero ya no me asusto, ellas siempre terminan por aparecer ».
Más de un año repitiendo las palabras pandemia, virus; más de un año caminando sobre las mismas baldosas enrojecidas por el sol. Yaíma se abanica el alma, piensa su tonada, existe como existe su libertad y el resto de la poesía que la acompaña. Dice que lo lleva bien, que la pandemia la ha obligado a caminar a otra velocidad. Su niña, Lua, le ha traído nuevas melodías. «Hemos estado tranquilos en casa, disfrutando al máximo, primero el embarazo y luego estos primeros meses de vida de Lua, que son hermosos y difíciles, y nos mantienen muy ocupados ».

Fue así como terminó Mi libertad, su último remanso de poesías. «He estado trabajando en videos, presentaciones en los festivales online, colaboraciones con otros artistas, grabaciones; además, he compuesto, todo gracias al apoyo y al amor de mi familia, que es mi mejor equipo de trabajo: mi mamá y mi hermana, sin ellas no podría hacer ni la mitad ». Se roba unos segundos para agradecerle a su esposo, Miguel íngel de la Rosa (Migue), también trovador, y a su familia.
«Nos organizamos de manera tal que cada uno pueda hacer sus cosas, y cuando nos toca trabajo juntos, que pasa mucho porque ambos pertenecemos a La Trovuntivitis, llamamos a las abuelas, que están encantadas de ayudar ».

Mi libertad recoge diez canciones, para rompernos y repararnos en un mismo tono, para soñarnos y para ser. Nueve canciones que son remolinos, y una para sosegar naufragios.
«Hay una muy especial, una que hice para mi papá: Desde mí. La empecé a escribir cuando murió y la terminé al cabo de un año. Contiene dos sentimientos muy marcados: la tristeza de ese primer tiempo de dolor por su pérdida y la de ese dolor ya calmado por el pasar del tiempo y transformado en recuerdos lindos. Hoy es una canción que me alegra porque trae una y otra vez a mi papá conmigo y porque me ayudó a ubicar su ausencia en mi pecho ».
Desde mí
Yo sigo hablando de ti
yo sigo regalándote aquella canción,
yo soy quien heredó tu genio y tu nariz y tu bandera
y tus ganas de ganar a cualquier costo una pelea
y tu boca espuma de cerveza
y tu sangre y el amor a mi país
y las rosas blancas del jardín.
Hoy canto porque estás gritando desde mí
a ritmo de bombo,
empujas mis pasos.
Bendito rock and roll,
me da valor para pensar en ti
desde mi canción,
ni ceremonias ni flores,
siempre brindis como en cada funeral,
siempre un cuento en el que estás luciendo tu camisa rojo guerra.
Es el olor de tu barba lo que me quiero quedar
y con el gesto que harías si me escucharas cantar.
Hoy canto porque estás gritando desde mí
a ritmo de bombo,
empujas mis pasos.
Bendito rock and roll,
me da valor para pensar en ti
desde mi canción.
Quizás sean los poetas, sea Yaíma Orozco, la que conoce el secreto: ¿dónde está?, ¿dónde habita la libertad? Ella asegura que su libertad «está en las canciones que dicen lo que pienso y siento. Sin obedecer patrones impuestos por nadie, hago lo que me gusta y lo disfruto a plenitud. Está en la vida que elegí vivir, en la manera en la que amo, en mi risa escandalosa. Mi libertad, quizás está en mi voz » y yo, mientras la escucho, le voy creyendo cada melodía, quizás a eso se refiere, quizás es así de simple.

Yaíma siente tanto respeto por la música, que conmueve. Su serenidad y su tempo le blindan la sonrisa a cualquiera. Ella es la calma que se agiganta paso a paso, que narra, que se deja acompañar. Yaíma es agradecida.
Me habla de su más reciente premio, y la imagino revolviendo la guitarra entre risas mientras confiesa que ya cocina otro disco. «Estoy muy muy feliz con el premio y asombrada de que me lo hayan dado justo en esta categoría continúa. Significa mucho para mí, lo siento como un reconocimiento a mis amigos de La Trovuntivitis también y a toda la trova cubana. Me hace pensar una vez más en Santa Clara como el lugar que he preferido habitar entre tantos otros que conozco, aquí me siento realizada como artista. Me satisface mucho este premio, me hace recordar cómo comenzó todo este proyecto, cómo lo hicimos y logramos un disco que nos encanta.
«Aprecio haberlo hecho entre tantos amigos. Un trabajo compartido, de intercambio y de entrega, muy colaborativo, se convierte en un premio de todos, y eso me emociona mucho ».
Yaíma sabe quién es, se define, se desborda, se reafirma como mujer y como artista. «Los artistas somos traductores de nuestro tiempo. Creamos obras de arte y con ellas contamos la historia. Provocamos el sentir, el pensar, la memoria. El arte es una fuente pura de belleza y tiene mucho poder, el poder de comunicar, de transformar. Si hacemos uso de ese poder, en nuestras manos está el rescate de valores, el cuidado de nuestra cultura, de nuestras raíces, de nuestra identidad. Debemos ser responsables y cuidadosos. Yo intento serlo cuando pienso que mi canción puede mover un sentimiento, encauzar una idea, mejorar un comportamiento, y, al mismo tiempo, esa manera en la que me proyecto regresa a mí y me hace querer ser mejor persona ».