Espíritu en pluma por cien años más

Entrevista a Yandrey Lay, periodista y escritor villaclareño, sobre la vida y obra de Enrique Núñez Rodríguez a propósito de su centenario. 

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Yandrey Lay
Yandrey Lay Fabregat, periodista y escritor villaclareño, ocupa un puesto en la lista de los admiradores de Enrique Núñez Rodríguez. (Foto: Tomada del perfil de Facebook)
Chábeli Rodríguez García
Chábeli Rodríguez García
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16 Mayo 2023

Cien años es una medida demasiado grande. En cien años mueren cien hombres, nacen cien niños y una estirpe es condenada a cien años más de soledad. En cien años, 50 seres buenos juntan sus manos para mejorar el mundo, mientras 50 más destruyen con los pies lo que otros plantaron. 

Sin embargo, cien años no resultan suficientes para olvidar un legado. El legado de un hombre que vive en el recuerdo de su pueblo. Un hombre que vendió su bicicleta y cargó con su terruño a cuestas. Un hombre cubano con un corazón de pueblo entero. Un hombre llamado Enrique Núñez Rodríguez.

En el destino que le correspondía a Enrique no figuraba ser periodista, al menos no estaba escrito en letras claras. Pero él tenía «en la sangre el olor a tinta fresca» y organizó las letras de su destino a conveniencia.

Su obra y su vida han sido veneradas por muchos lectores. Yandrey Lay Fabregat, periodista y escritor villaclareño, ocupa un puesto en la lista de los admiradores de Enrique Núñez Rodríguez. Enrique también organizó a conveniencia las letras del destino de Yandrey.

«Yo era un niño en los años duros del Período Especial. Y dentro de esas circunstancias, uno de los instantes más disfrutables que teníamos en casa, era esperar la llegada del periódico Juventud Rebelde dominical y sentarnos a leer la crónica de Enrique», comenta Yandrey Lay. 

La manera de escribir de Enrique Núñez, su visión particular de los hechos cotidianos, la cubanía que desprende su obra, lo han hecho inolvidable.

«Cuando tenía 9 o 10 años comencé a leer los libros de Núñez Rodríguez. Los leí casi todos: Gente que yo quise, A guasa a garsín, Mi vida al desnudo, Yo vendí mi bicicleta, El vecino de los bajos y hasta su noveleta Sube, Felipe, sube. Y luego los comentaba con mi mamá que siempre fue fan de Enrique».

El destino de Yandrey Lay cambió cuando tuvo que elegir una carrera universitaria. Mientras leía las crónicas donde Enrique le declaraba la guerra a la Química, Yandrey se interesó por esta ciencia. Pero él también llevaba el olor a tinta en la sangre.

«Cuando me tocó elegir carrera universitaria, mi mamá y mi abuela decidieron que estudiara periodismo, para que conociera a Enrique Núñez Rodríguez». Bicicleta en hombros, Yandrey partió hacia La Habana donde se graduó de periodista. Sin embargo, nunca pudo concretar el anhelo de su madre y su abuela. 

A pesar de no conocer personalmente a Enrique Núñez, Yandrey Lay aprehendió los valores más esenciales de cada una de las crónicas del periodista de Quemado de Güines. «Realmente lo que yo escribo no se parece mucho a lo que hacía Enrique, lo de él es mucho mejor. Pero de Enrique aprendí varias cosas: que el texto siempre debe ser cercano al lector, como si uno estuviera hablándole al corazón y no al oído; que uno debe buscar en el personaje el rasgo extremo que lo distinga, pero no llevarlo al punto de la caricatura; y que no importa cómo una escriba el texto, si este te hace reír y reflexionar, nunca será aburrido».

La manera de escribir de Enrique Núñez, su visión particular de los hechos cotidianos, la cubanía que desprende su obra, lo han hecho inolvidable. Comenta Yandrey que «Enrique, además, sabía armar muy bien sus libros, desde los títulos hasta las cubiertas. Pero, en mi opinión, Enrique escribía mal a propósito. Es un valor técnico muy raro. Repetía una palabra ciento cincuenta mil veces, abusaba de los verbos ser y estar, obviaba las reglas de redacción. Pero a sus textos no se le podía quitar una palabra. No había otra manera de escribir ese texto que como lo había hecho Enrique. Porque él no escribía con las manos, ni con la cabeza. Enrique escribía con el espíritu. Solo he conocido otra persona que escribe así: José Antonio Fulgueiras».

En las crónicas de Núñez Rodríguez, los artistas de la pantalla, de la radio, cobraban vida. Aparecían como el vecino de la esquina o el amigo con el que conversamos en un café. «La otra parte que debemos resaltar, es su enorme esfuerzo para informarnos del lado íntimo de gran parte de esas glorias de la cultura nacional, que la historia ha subido a un pedestal y que Enrique podía bajarnos con un par de frases irónicas. De su mano pude conocer en persona a Lecuona, Rita Montaner, Candita Quintana, etc. Uno podía sentir que estas personas vivían en tu barrio o pertenecían a tu familia cercana. Eso solo lo logra un maestro», argumenta Yandrey Lay.

Enrique Núñez Rodríguez tenía un deber con su natal Quemado de Güines: situarlo en la historia. Y lo cumplió con creces. «Logró convertir en universal un pueblo pequeño y tan alejado de las luces noticiosas como Quemado de Güines. Cada vez que voy a este municipio, me parece el lugar más tranquilo de Cuba, un pueblo donde no pasa nada. Sin embargo, Enrique logró descubrir el volcán bajo esa aparente tranquilidad. E inmortalizó una galería de personajes tan llamativos como la de Onelio Jorge Cardoso».

Yandrey confiesa, además, que siempre le impresionó la fidelidad de Enrique a su pueblo natal, «a pesar de que hacía muchísimos años se había ido de allí. Según recuerdo, volvía a cada rato y hacía de su visita un pretexto para dejarle algo a Quemado de Güines: una institución nueva, un edificio restaurado o traía a laguna personalidad o funcionario que pudiera ayudar a resolver un problema en el pueblo. Esa gratitud, ese cariño, es encomiable y dice mucho de su nobleza y valores como ser humano».

Yandrey Lay anhelaba conocer a Enrique Núñez Rodríguez, ese señor de amplia sonrisa y enormes entradas que caracterizó en sus crónicas la humanidad más pura de los cubanos. Yandrey no pudo concretar su sueño. Enrique no gastó los cien años que le correspondía vivir. Pero Yandrey guardó una pregunta en su tintero: «Oiga, Enrique, ¿cuándo vamos a Guasa, a garsín?».

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