Aguanile, Oscar Valdésss

A los 85 años se despidió el gran músico, cantante y percusionista del grupo Irakere y fundador de la agrupación Diákara.

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Oscar Valdés, percusionista y cantante cubano.
Oscar Valdés. (Foto: Instituto Cubano de la Música)
Tomado de la edición digital del periódico Granma
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20 Octubre 2023

Como un monarca en su trono permanecerá Oscar Valdés. En sus manos, el cetro de los elegidos que han engrandecido la percusión cubana, olubatá por excelencia; en su voz, la gravidez de los akwones, esos cantores privilegiados de la tradición yoruba.

A los 85 años se despidió el gran músico en la mañana del jueves. Más bien dijo: hasta pronto, puesto que dondequiera que suenen las grabaciones de Irakere o de Diákara, o haya que señalar una referencia ineludible sobre cómo es posible articular música ritual de origen africano, el jazz, y la demanda timbera de los bailadores, habrá que contar con él.

Nacido el 12 de noviembre de 1937, anclado a los saberes populares del barrio de Pogolotti, Oscar estaba consciente de su linaje, un apellido de nombres rutilantes en la cultura musical cubana. Su padre Oscar fue valorado como uno de los más confiables percusionistas de célebres formaciones orquestales cubanas, entre ellas Sabor de Cuba, de Bebo Valdés, y las de la tv de los 50, dirigidas por Julio Gutiérrez, Enrique González Mántici y Mario Romeu. Ese mismo espíritu trasladó a sus hijos Oscarito y Diego.

Ya tenía suficientes créditos cuando fue llamado por la naciente Orquesta Cubana de Música Moderna. Allí se compenetró mucho más con Chucho Valdés, al punto de que este lo convocó para grabar en 1972, con la participación del contrabajista Carlos del Puerto, un disco de importancia cenital en nuestra música: Jazz batá. En ese álbum está el principio de muchas cosas, un punto de giro decisivo en la ya rica historia del jazz cubano, que tendría pocos meses después, en Irakere, una proyección extraordinaria.

Oscar fue la voz de Irakere. Si en la percusión resultó decisivo su protagonismo —escúchese el clásico Misa negra, con los tambores batá en primer plano—, su dicción inconfundible, el toque de distinción con que solía sonear, le dieron un sello característico a las piezas dedicadas a los bailadores. En el Salón Mambí, y en las plazas donde Irakere estuvo por más de dos décadas, resonaron las formidables versiones de Xiomara, Bacalao con pan, El guayo de Catalina, Déjate de atrevimiento y Aguanilebonkó.

Cuando dejó Irakere, Oscar dio vida a otra agrupación: Diákara. Casi era un proyecto familiar, pero siempre le hizo espacio a otros, en los estudios de grabación y en las noches del Jazz Café y La Zorra y el Cuervo.

Maestro es título que le viene al dedo. Orlando Valle, Maraca, notable flautista y compositor que compartió con Oscar una buena temporada en Irakere, lo definió así: «No solo hay que ver su manejo de las raíces afrocubanas, sino lo que aportó a los jóvenes y, sobre todo, las márgenes para la experimentación abiertas por el increíble binomio que formó con Chucho Valdés». (Pedro de la Hoz)

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