El Museo de las Parrandas ha construido un imaginario en torno a dichos festejos: el de la realidad expositiva. Cuando hablo de esto, recuerdo los muchos sucesos que a lo largo de la infancia viví junto a ellos, al punto de considerar la institución como una casa. Ahora, mientras se está preparando una jornada para homenajear a los fundadores y a las figuras que dieron una parte de su legado, nos toca rememorar las luces de un sitio que ha prevalecido contra todas las sombras.
¿En qué momento de mi vida asumí que ellos eran «el museo», así a secas, como si no hubiera ninguno más? Durante mucho tiempo, los salones eran la zona de juegos, también de conversaciones y de crecimiento, y allí trabajaron las personas que conformaron un círculo de amigos y de colegas más allá de las propias parrandas.

Hay que tener en cuenta que para poder construir lo que hoy conocemos, se luchó muy fuerte. Como todas las ideas revolucionarias, dicho museo nació del pueblo, del anhelo de que las piezas no quedaran en lo efímero, sino que la memoria las salvara para la posteridad, y, precisamente, que ello sirviera para que no se pierda una huella. En Remedios, a la altura de los años que corren, se dan los festejos con sus luces y sombras, con sus logros y escaseces, pero siempre, cuando concluye todo, el Museo se erige en ese garante, en el lugar al cual van a dar las fotos, los vestuarios, los souvenirs.
En ese imperfecto cajón de sastre se hace luego la interpretación, se le da forma y se lleva a los salones. El Museo versa sobre el arte popular, pero las barreras entre lo que concierne a lo masivo y lo que es de naturaleza exclusiva se van difuminando. Hoy se impone hablar de identidades híbridas y de cómo la creación embarga todo de manera dialéctica, total, como en una ósmosis.
Quizás no exista una institución de la cultura donde el trabajo sea más difícil. No solo hay que aunar piezas o referentes, sino que se trata de una obra viva, y, por ende, se lidia con la esencia de sus creadores, por lo cual el tema se torna en ocasiones tenso. El Museo debió resolver esas cuestiones desde siempre y se ha implicado en la presentación del fenómeno, así como en su transformación y mejoría.

De mis años de adolescente recuerdo a los especialistas yendo a las naves de trabajo para fiscalizar la marcha de los procesos o en tiempos de elecciones de directivas de los barrios. Lo intangible exige implicaciones mayores y no quedarse en el buró, en la planificación o en las piezas de almacén.
Y si algo ha hecho el Museo es crecer, reunir voluntades, construir belleza en medio de las mayores incertidumbres. Hoy, quien entra a la institución, lo primero que halla es una maqueta de la ciudad en la cual logramos comprender bien la naturaleza de las parrandas para Remedios. Casi como si se nos dijera que allí late el corazón de ese entramado urbano al cual accedemos. Este tipo de imágenes nos traen de vuelta a la lucidez de los tiempos mejores de la cultura de este país, y constituyen un rayo de esperanza en los momentos actuales.
¿Hacia dónde conduce este camino de la cultura? Desde que los salones abrieron en la década de los años 80 del siglo pasado, el Museo ha sido itinerante y ha ocupado algunos de los edificios más bellos de la ciudad de Remedios. Actualmente, en la casona de patio interior de la calle Alejandro del Río, construida hacia la misma fecha en la cual surgieron las fiestas, el Museo es una voz en medio del panorama cubano. No solo hay que hallar ahí las referencias de un eco que no se pierde, sino que los barrios, los portadores, las personas comunes que hacen las parrandas encuentran un oasis en medio de la crisis. Las peñas, las reuniones, los debates, los talleres, les permiten a los que viven en medio de ese proceso de las parrandas el necesario crecimiento. Nada hay que pueda frenar esto.

Nadie recuerda ya que el Museo fue, en su momento, un acto de resistencia, en el cual se estaba expresando el deseo de una comunidad para permanecer, para no morir en cuanto a su memoria. La identidad nacional resulta un terreno en disputa en el cual existen diversos actores, y este tipo de instituciones, que nacen de lo natural, poseen las raíces necesarias para nunca dejar de producir luz.
No importa que cambien las generaciones de especialistas. He visto pasar ya dos desde que tengo uso de razón. El Museo pareciera ser un organismo vivo que atrapa a las personas y las coloca en la sintonía correcta. Al acceder a su interior, una magia nos subsume y transforma los sentidos. Se puede sentir, incluso, el olor del tiempo, y ya luego no podemos irnos.
No sé si dentro de miles de años va a existir algo como lo que hoy tenemos en Remedios, pero si quedara alguna forma de salvar lo que somos, elegiría una porción del trabajo realizado por estos especialistas a lo largo de décadas. Desde los fundadores hasta hoy. Llevaría, eso sí, un trozo de la música de las parrandas, esa que nos identifica y que funciona como una especie de himno donde quiera que estemos.