La noche del 26 de febrero de 1947, mientras la ciudad de Santa Clara dormía, un silencio distinto se instaló en la botellería de la calle San Cristóbal entre Unión y Maceo. Perico, el burro más querido de cuantos han pastado en tierra cubana, había muerto tranquilamente en su pesebre. Tenía treinta y tres años, y una historia que no cabía en los adoquines de la ciudad.
Cuando el sereno dio la noticia a doña Cándida Victoria Caso, esposa de Bienvenido Pérez, el dueño de Perico, la ciudad aún no despertaba. Pero al hacerlo, el silencio se rompió en pedazos. «Se murió el burro Perico», comenzó a repetirse de boca en boca, de cuadra en cuadra, y la urbe se paralizó.
La historiadora Hedy Hermina Águila Zamora, estudiosa de las tradiciones santaclareñas, aseguró a que aquel día la ciudad demostró algo insólito; «Perico era el personaje más importante de la historia popular de Santa Clara, y su muerte lo confirmó; no hubo familia que no sintiera la pérdida como propia».
Enseguida los estudiantes del Instituto de Segunda Enseñanza, que tantas veces lo habían paseado en protestas y le habían colgado carteles políticos sobre el lomo, abandonaron las aulas. Los de la Escuela Normal de Maestros hicieron lo mismo.
Las escuelas primarias cerraron sus puertas. Los niños, con lágrimas sinceras, comenzaron a desfilar desde temprano por el patio de la botellería llevando en sus manitas las flores que arrancaron de los jardines del parque Vidal y de sus propias casas.
Judiel Reyes Aguilar, afiliado y comunicador de la Unión de Historiadores de Cuba en Villa Clara, recuerda el suceso con la precisión de quien ha buceado en las crónicas de la época.
«Se le hizo todo un entierro como si fuera un ser humano. Se cavó una fosa para él, autorizada por el Ayuntamiento, y hasta imprimieron esquelas mortuorias. La prensa, tanto cubana como extranjera, habló del acontecimiento», constató.
En efecto, los estudiantes del Instituto, encabezados por el doctor Pedro Monteagudo, mandaron a imprimir a toda prisa en la imprenta Renacimiento miles de esquelas invitando al entierro, que fue señalado para las cinco de la tarde de aquel mismo 27 de febrero.
La policía, previendo la multitud, cerró el tráfico varias cuadras a la redonda e instaló altavoces en las esquinas para que todos pudieran escuchar las palabras de despedida.
Y las hubo, y de peso. El doctor Elio Fileno de Cárdenas, senador de la República, se trasladó expresamente desde La Habana, a más de 300 kilómetros de distancia, para despedir el duelo.
Arnaldo Artiles Quintana, en su libro El fabuloso burro Perico, recoge sus palabras: «Perico, el burro Perico que en vida fue la alegría de los niños y de toda Santa Clara, ha muerto. La noticia ha dejado consternada a toda una ciudad que hoy le rinde tributo. Perico, a pesar de no ser humano, puede ser un ejemplo para muchos que no debían tener ese calificativo».
«Al burro Perico la policía lo defiende, los muchachos lo respetan, los hombres lo admiran, los políticos lo imitan y las mujeres pilongas le dan de comer», dijo el senador citando en aquel momento al periodista villareño Ismael Rosell.
Miles de personas desfilaron ante el cadáver. Los niños cubrieron su cuerpo con flores. Los centros de trabajo enviaron coronas. El Club de los Rotarios ofrendó una gran corona de rosas rojas en forma de herradura.
La prensa se hizo eco; periódicos habaneros como El Diario de la Marina, El Mundo, Prensa Libre y la revista Bohemia, y publicaciones extranjeras como The New York Times, The Evening Post y Life, contaron al mundo la historia de aquel burro singular, registra el texto de Artiles Quintana.
El entierro, sin embargo, no estuvo exento de tensiones. Los estudiantes querían llevar a Perico al cementerio y despedirlo en el Puente de los Buenos, como se hacía con los seres humanos.
Las autoridades eclesiásticas y gubernamentales se opusieron. Pero ante la presión popular, el Ayuntamiento, reunido de urgencia y con la autorización del gobernador provincial, hizo una excepción sin precedentes para que Perico fuera enterrado dentro de la ciudad, en el patio mismo de la botellería donde había vivido por más de treinta años.
Así, en aquel rincón entre las calles San Cristóbal, Unión y Maceo, quedó para siempre el cuerpo del burro que había aprendido a tocar puertas con su pata para pedir pan y cerveza, que había encabezado protestas estudiantiles con carteles políticos sobre el lomo, que había paseado en carnavales disfrazado de mexicano, que había bebido cerveza en los cafés del Parque Vidal y que solo tomaba agua de las manos de doña Cándida.
Hoy, 79 años después, Perico sigue siendo el personaje más importante de la historia popular de Santa Clara, como afirma la historiadora Hedy Hermina Águila Zamora.
Para probarlo, una escultura de metal, obra de Artiles Quintana lo inmortalizó en un parque de la ciudad. Y cada febrero, cuando la fecha se acerca, los santaclareños repiten la historia de un burro que supo ganarse un lugar en el corazón de un pueblo entero.