Dicen algunos que los artistas no son tan dignos de admirar; sin embargo, nadie sabe la dedicación y el empeño que estos deben poner día a día. Solamente las horas de ensayo, el desgaste por las actuaciones, las madrugadas infinitas y el esfuerzo de enfrentar las adversidades son suficientes para valorar su trabajo. Que conste, no siempre existe alguien que extienda su mano para realzar el vuelo y seguir el camino.
Ejemplo vivo de perseverancia y resistencia musical es la destacada profesora y directora coral Yolanda Martínez Ordóñez. Esta santaclareña de raíz, quien se ha convertido en una personalidad de la cultura de Villa Clara, presenta una vasta trayectoria artística para contar. Desde muy pequeña sintió inclinación por la música y tuvo todo el apoyo de su familia.
—¿Cómo surgió la pasión por esta manifestación? ¿Tuvo algún referente de músicos en su familia?
—A los seis años mi mamá me puso a estudiar música, me compró un piano y me buscó un profesor. El canto es una de mis principales pasiones, cantaba mucho en la iglesia, en los actos cívicos en la escuela los viernes por la mañana y en todas las graduaciones. Mi abuelo me inculcó la música en el alma.
«En las vacaciones todos los nietos íbamos para La Habana, y él nos daba clases de solfeo desde las ocho de la mañana hasta las doce del mediodía. Mantenía una relación paternal muy fuerte y cercana con mi abuelo. Él también quería que tuviera buena ortografía. Me escribía cartas y cuando las contestaba, me señalaba las faltas ortográficas para mejorar».
—¿Qué la motivó a ejercer como maestra rural y a impartir clases a niños con necesidades educativas especiales?
—Cuando mi papá falleció, yo terminé el bachillerato, mi hermano comenzó el servicio militar y mi mamá era señora de casa. Nunca había trabajado fuera; por lo tanto, la familia presentaba una situación económica compleja y me vi en la necesidad de trabajar. A nosotros, los bachilleres, nos dieron la posibilidad de ejercer el magisterio. Pasé un curso de enseñanza especial para niños con discapacidades mentales, comencé a trabajar como maestra y me gustó mucho ese mundo sencillo, y a la vez, difícil.
—¿Cómo comenzó la inclinación por la dirección coral?
—En la iglesia La Pastora, gracias al sacerdote Ernesto García-Rubio, recibí clases de canto y de dirección coral. Después, formé un coro con estudiantes aficionados del preuniversitario Osvaldo Herrera. Durante tres años participamos en los festivales de la Federación de Estudiantes de la Enseñanza Media (FEEM) y ganamos tres premios nacionales consecutivos; en los dos primeros obtuvimos el primer lugar y en el último, la categoría de distinguido nacional.
«Me gusta trabajar con aficionados, porque son creativos, se entregan al arte con una facilidad tremenda y lo dan todo, no con la perfección del profesional, pero sí con deseos de hacer cosas nuevas y de crear. En 1968 comencé en el Coro de Santa Clara, hasta que en el año 1973 fui nombrada Directora Titular de este».
—Es fundadora de la Escuela de Superación Profesional. ¿Cómo vivió esa experiencia?
—En aquellos tiempos no existían profesores de canto, así que la dirección del Ministerio de Cultura determinó enviarme a La Habana para estudiar y graduarme de esa especialidad. Era incómodo y extenuante, porque iba y venía todos los fines de semana, pero tenía familiares allá y a veces me quedaba. Llegaba la hora de evaluar a los artistas, teniendo en cuenta sus cualidades vocales, para que pudieran ser profesionales.
—¿Cómo llegó a integrar el Consejo Técnico del Centro de la Música aquí en su ciudad natal?
—Los músicos debían ser evaluados para convertirse en profesionales y yo di el paso al frente cuando solicitaron mi ayuda. Desde la década de los 80 estoy integrando este consejo y actualmente trabajo con las empresas TurArte y Artex.
—Es la profesora y directora coral más longeva de Santa Clara, donde ha impartido clases a disímiles generaciones de estudiantes. Además, lleva más de 50 años al mando del Coro Provincial de Villa Clara. ¿Por qué sigue trabajando por el futuro con esa fuerza y ese ímpetu de enseñar a los jóvenes?
—Dejaria la dirección antes que la enseñanza. Todos los días pienso en dar clases. Quiero que a las personas les guste la música, que no piensen que es rígida. La música es claridad y sencillez; es parte de la vida. Creo que el canto es un don que Dios nos brinda, es una característica especial de cada persona. Todos no tienen una voz linda para cantar, pero sí tenemos un alma y podemos hacerlo.
—¿Cómo surgió la idea de crear esa agrupación coral para los jóvenes llamada CoraMarta?
—El CoraMarta agrupa a todos los jóvenes que quieran exponer su música coral. Permite crear montajes de obras difíciles. Es un coro donde la juventud puede manifestar sus ideas y sus obras. Yo asumo la dirección y la orientación, y ellos determinan el programa.
—¿Qué cree usted que representa para un pueblo tan cultural y artístico como el nuestro?
—Uno no sabe a veces las cosas que ha logrado. He trabajado duro, con mucho esfuerzo y dedicación. Al principio, todo fue una batalla constante, ya que la especialidad coral nada más existía en las iglesias y en lugares de alta sociedad. Sin embargo, nuestro pueblo ha aprendido a apreciar la música coral.
«Santa Clara es la tierra que me vio nacer, crecer, gracias a ella hoy soy lo que soy, y a ella me debo. Yo sin mi ciudad no puedo vivir. Mi ejemplo a seguir es nuestra benefactora Marta Abreu, la admiro y la pienso todos los días».
Una mujer que sueña en el mañana y vive en el hoy, que piensa dedicar muchos años más a regalar sus conocimientos, y que nunca dejará de ser fiel a sus ideales.
«A mí siempre me gustó ser maestra, cuando tuve que decidir entre educación y cultura, no supe qué elegir, porque a mí dar clases me motiva, y considero que nunca voy a dejar de hacerlo hasta mis últimos años. Para mí eso es un motivo para vivir».