Miniapocalipsis en La Farola

Una historia real de las vivencias de un pequeño grupo de estudiantes durante su etapa universitaria.

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El Yunque, Baracoa
A nuestras espaldas El Yunque, elevación más famosa de la provincia de Guantánamo.
Liliet Barreto Hernandez
Liliet Barreto Hernandez
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06 Diciembre 2018

A algunos nos invade un espí­ritu aventurero que cuesta bastante contener, especialmente si estás en la universidad y tu grupo de amigos son tan dispuestos como tú a librar las cruzadas que el destino, o la gestión con las personas correctas, les depara.

Mochila en hombro mochilas, maletas, carteras, porque no importa para donde sea el viaje: el exceso de equipaje no falla, y los que saben a lo que me refiero no me dejarán mentir. Esta vez «nos colamos » para un evento de Proyectos Comunitarios en Guantánamo. Cuando me refiero a «nos colamos », no malinterpreten la situación, solo habí­a plaza para uno, por lo cual lo sometimos a justo sorteo y resultó Lisandrita la delegada. El resto «gestionó » el viajecito gracias a A ciencia cierta, nuestro amado proyecto de entrevistas, casi siempre improvisadas en último momento a profesores de la universidad, y llave de varios diplomas y eventos interprovinciales durante los cinco años de la carrera.

Y ahí­ estaban «los cuatro jinetes del apocalipsis », como nos llamaban los profes de la facultad para nada injusta la comparación rumbo a la provincia más oriental del paí­s. En esta ocasión tení­amos una meta puntual: imperdonable irnos de Guantánamo sin visitar Baracoa. ¿Estar tan cerca de la primada de Cuba y perdernos el Yunque, el malecón, los rí­os y toda la historia que la circunda? Nunca. Aunque después comprobamos que el término «tan cerca » era pura metáfora o, mejor dicho, entusiasmo de principiantes.

El tercer dí­a del coloquio fue el escogido para emprender la marcha hacia Baracoa. Ya tení­amos dónde quedarnos gracias a la hospitalidad de la amiga de una amiga de la mamá de Marian, una de «las jinetes ».

Temprano en la mañana, esta vez solo con las pertenecias imprescindibles, fuimos para la terminal de ómnibus nacionales a buscar un transporte. La meta era llegar hasta Baracoa, pero como plan B siempre estuvo Santiago de Cuba, en caso que nos complicáramos más de lo pensado.

Terminal de Guantánamo
Lisandra, Ayose y Marian, en la terminal de Guantánamo esperando un medio de transporte hacia Baracoa.

Para qué relatar la historia de la terminal colmada de tentativas de sobornos monetarios, miradas dulces a los choferes de los ómnibus, intentos de estafas por parte de los taxistas y consejos de los trabajadores sobre lo peligroso que es el viaje en un camión de transportación de personas por las caracterí­sticas de la carretera. Al mediodí­a, el altavoz anunciaba la salida de una guagua para Baracoa. ¿La felicidad del momento?, indescriptible, lástima que durarí­a poco. Todo iba viento en popa, bueno, en este caso goma en carretera, hasta que estalló la tragedia.

Terminal de Guantánamo
Emocionados cuando al fin llegó una guagua para nuestro destino.
Viaje hasta Baracoa
Viaje hasta Baracoa
En la guagua antes que se averiara, todos felices.

Nos rompimos en medio de la nada. ¿Cómo es posible?, pensamos. Nos mantuvimos optimistas hasta que el chofer informó que no habí­a arreglo, que era necesario un trasbordo y, para colmo, en esa zona los celulares no tení­an señal. Entonces, simplemente, compartió su más profundo consejo: «váyanse en lo primero que pase, aquí­ uno puede estar dí­as botados porque no es muy transitada esta zona ». ¡Vaya, que noticia!, pero la suerte sonrió y por azar paró un camión, de los que no tienen casetas, ni asientos, pero iba para Baracoa.

Viaje hasta Baracoa
Inmortalizamos el lugar donde se rompió la guagua.

En una escenificación del abordaje de los pasajeros del Titanic en los últimos botes de salvamento antes del hundimiento total del barco, pudimos subir al camión. Fui la primera del piquete en montar, pero al ver el panorama no sabí­a si bajarme o llorar. Cuando estábamos los cuatros en el transporte salvador solo nos miramos y una risa nerviosa fue nuestra reacción más espontánea.

Con algunas de las personas que nos acompañaban supimos que La Farola era la zona en la que estábamos, una famosa loma, acantilado, curva extremadamente cerrada y peligrosa en la que muchí­simos vehí­culos se salen de la carretera y claro, no quedan sobrevivientes. Además del impactante dato curioso, lo más llamativo era el enorme porcino de casi dos metros que le rozaba las pantorrillas a Lisandrita, a mi lado, cada vez que el camión cogí­a una curva y se resbalaba hasta el otro extremo del vehí­culo. Las hojas de los árboles amenazaban con llevarte la cabeza si no reaccionabas más rápido que los 10 o 15 km/h a los que iba el experimentado chofer.

Pegados en la baranda izquierda estaba Marian, quien no pudo perder la oportunidad de que Ayo le hiciera algunas instantáneas de recuerdo y en caso de alguna fatalidad servirí­an como testigos de lo sucedido. Y al otro extremo, Lisandrita y yo nos mirábamos y las lágrimas incontenibles nublaban la espectacular vista del infinito acantilado. No sé lo que pensaron mis amigos durante las 2 horas y media de viaje, pero yo sentí­a la misma adrenalina que un corresponsal de guerra reportando en vivo desde el campo de batalla con el humo de las bombas opacando su figura. En ese momento le pedí­ a todos los santos, ví­rgenes y estampitas religiosas que vinieron a mi mente llegar en una sola pieza a Baracoa.

Viaje hasta Baracoa
Rí­o en el trayecto Guantánamo-Baracoa.

 En una parada de 5 minutos que hizo nuestro sagaz chofer compró una canequita de ron para «animarse » la vida, Lisandrita, Marian y yo logramos cruzar por encima de una montaña de cajas de tomates para buscar refugio y aliviar un poco el terrible espectáculo a nuestro alrededor. En el caso de las verduras que soportaron mi peso, estoy segura de que le ahorré a su futuro comprador el trabajo de convertirlas en puré.

¡Increí­blemente llegamos!. Lo más desconcertante fue el hecho de que solo nosotros, foráneos, estábamos horrorizados por el viaje, las curvas, la velocidad y el verraco que se orinaba en los pies de algunos pasajeros como si nada. Al fin, estábamos en Baracoa.

Viaje hasta Baracoa
Felices de llegar sanitos a nuestro destino.

Encontramos con facilidad la casa de Clara, quien resultó ser muy buena anfitriona. El siguiente movimiento fue en la terminal, para asegurar el transporte de regreso a la ciudad de Guantánamo. La lista de espera era la solución. Sin dudas, a las 12:00 am estarí­amos en la terminal, haciendo gala de la puntualidad inglesa que no nos caracteriza, pero en situaciones extremas hasta el té de las 3:00 pm tomamos.

Y ahora sí­, a recorrer Baracoa. Las fotos fueron el plato fuerte del paseo, derroche de poses y el paisaje no desilusionó en lo absoluto. En tiempo récord conocimos la ciudad, realmente bella. Al otro dí­a dimos un recorrido por el Hotel Amarillo, las tiendas, y compramos los recuerdos caracterí­sticos del lugar: el cucurucho de coco y las bolas de cacao, de las cuales todaví­a quedan en mi casa. Por último, disfrutamos una vez más de la vista del Yunque.

Baracoa
Imposible desperdiciar el tiempo en el malecón de Baracoa.
Baracoa
Más fotos en la primada de Cuba.

Todo muy paradisiaco hasta que golpeó la realidad: no alcanzamos pasaje en la lista de espera. Como buenos aventureros y en aras de la supervivencia, decidimos que en el primer medio de transporte que apareciera para Guantánamo nos í­bamos. Y por suerte no demoró mucho. Ante nuestros ojos parqueó un magnifico camión rojo con caseta y asientos, de esos que son muy peligrosos en la carretera de La Farola por las caracterí­sticas del recorrido, y nos fuimos en él. Esta vez no puedo negar que el viaje transcurrió más placentero, aunque creo que el subconsciente ayudó bastante porque de forma unánime entramos en un estado de embriaguez analcohólica gracias al cual resistimos las 4 o 5 horas que duró el recorrido en las incómodas tablillas de madera del camión.

Regreso a Guantánamo
Rumbo a la terminal.

Lo más chistoso de todo fue que estando en Baracoa averiguamos, así­ como quien no quiere las cosas, la forma de llegar a la Punta de Maisí­, para dar el recorrido con todas las de la ley. Obviamente no lo hicimos, el tiempo era oro. Ya culminaba el evento y no podí­amos darnos el lujo de perdernos también la clausura.

Cuando al fin puse los pies en Guantánamo y reflexioné sobre todo lo sucedido, me prometí­ que en mi vida vuelvo a Baracoa por ví­a terrestre, y quizás, ni por aérea.

Después de tres años algunos como Ayo guardan el secretito de los sucesos durante la travesí­a hasta Baracoa, mejor no preocupar a la familia con esos detalles que no aportan nada, comentó, durante el regreso a Matanzas.

Conocí­ la primera villa fundada en Cuba, la amé, disfruté cada paso que compartí­ con mis amigos. Lo que yo sí­ puedo decir es que a Baracoa por La Farola no vuelvo, vivimos un miniapocalipsis, lo cual no impidió la permanencia del espí­ritu aventurero, ya estábamos listos para «gestionarnos » un puesto en algún evento, en cualquier punto geográfico de la Isla.

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