El deber de un hombre, madre mí­a…

Los miedos de su madre y su vocación por el sacrificio quedarí­an labrados para la eternidad en un cúmulo de piedras peladas, en las márgenes de Dos Rí­os.

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Monumento a José Martí en el Parque Central de La Habana.
(Foto: Tomada de Internet)
Amador Hernández Hernández
2040
24 Febrero 2022

Conmovedor debió resultar para José Martí­ la dicotomí­a entre el amor de madre y el amor de patria. Deslindar ambos sentimientos lo envolverí­a en una angustia interminable: por un lado, la madre ―agobiada por sus miedos― le recuerda que todo el que imita al redentor, termina crucificado; por otra, su propensión al martirologio, dispuesto a liberar por siempre al ser Homagno que vive dentro de sus esencias de hombre. Así­, bajo ese estrujón de emociones, llegó para él la fecha definitiva del dí­a 25 de marzo de 1895. Al instante de suscribir, junto al refrendo del generalí­simo, el Manifiesto de Montecristi, se daba a conocer, a los ojos del mundo, una de las más espléndidas proclamas redactadas con todos y para el bien de una isla que excedí­a sus aspiraciones libertarias más allá de sus litorales y alcanzaba, de igual forma, las tierras talladas por las manos nobles del indio americano, del negro, del campesino, y del intelectual honrado y generoso.

Martí­ consideró que no tení­a el derecho de regresar al paí­s por los atajos de la espesura irredenta sin antes escribir a su madre aquella carta donde se reconciliaba con su amor y, por prolongación, con la familia toda: «Abrace a mis hermanas, y a sus compañeros. ¡Ojalá pueda algún dí­a verlos a todos a mí­ alrededor, contentos de mí­! Y entonces sí­ que cuidaré yo de Vd. con mimo y con orgullo. Ahora, bendí­game (…) », esquela que hizo exclamar a don Miguel de Unamuno, emocionado por la lealtad filial, sus elogios ante un texto que se elevaba entre lo mejor de la literatura en lengua española que ojos humanos hubiesen descubierto.

Redactarí­a, al mismo tiempo, en esa propia jornada un pliego lleno de afecto, consejos paternales y pedagógicos a las hijas de Carmen Miyares y otro para el dominicano Federico Henrí­quez Carvajal, calificados como testamentos pedagógico y polí­tico respectivamente, pues en uno iba el alma del maestro y en el otro, el polí­tico instruido y universal.

Y cuánta honradez ante el soldado ceñido a la estrella cuando revela al mundo ante la agoní­a de la madre: «Vd. se duele, en la cólera de su amor, del sacrificio de mi vida; y ¿por qué nací­ de Vd. con una vida que ama el sacrificio? ».

Qué lejos estaba de saber entonces que  55 dí­as después de haber escrito esta carta, cuando ya su proyecto de guerra necesaria se hací­a realidad en los campos de la patria amada, los miedos de su madre y su vocación por el sacrificio quedarí­an labrados para la eternidad en un cúmulo de piedras peladas, en las márgenes de Dos Rí­os.

Ante la dignidad del hombre ―que declaró en í­ntima confesión a su madre, despojado de toda soberbia, que el deber de un hombre estaba donde era más útil y que, además, alzarí­a el mundo, pero su único deseo serí­a pegarse allí­, al último tronco, al último peleador: morir callado―, alcemos los cubanos de hoy su profundo sentido de patria y continuemos peleando por ella.

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