Camilo, la sonrisa de pueblo

En su renuevo eterno e inmortal, Camilo es la imagen del pueblo, dijo el Che, y en el pueblo hay muchos Camilos, sentenció Fidel. 

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Comandante Camilo Cienfuegos Gorriarán.
Comandante Camilo Cienfuegos Gorriarán. Comandante Camilo Cienfuegos Gorriarán.
Narciso Fernández Ramí­rez
Narciso Fernández Ramí­rez
@narfernandez
2307
28 Octubre 2022

Fidel afirmó que este año seremos libres o él morirá. Yo desde hace mucho estoy con él, me lo habí­a jurado y lo cumpliré.
                                                                                 Camilo, carta a un amigo, 13 septiembre de 1956.

Perfil de Camilo Cienfuegos.
Camilo Cienfuegos. (Foto: Tomada de Internet)

Vivió apenas 27 años, pero quedó inmortalizado en su pueblo. El mismo pueblo que pasados 63 años de su desaparición fí­sica le sigue dedicando  flores cada 28 de octubre y, aun a sabiendas de lo imposible, añora su regreso.

Y es que Camilo, en su renuevo eterno e inmortal, como afirmara el Che, es la imagen del pueblo, y su sonrisa, pudiéramos decir, nosotros.

Nadie como Camilo simbolizó el espí­ritu de los barbudos bajados de la Sierra. Ni nadie como él supo ganarse el cariño de la gente, con  la espontaneidad que le caracterizaba, ese lenguaje tan criollo, la picardí­a en la mirada y, sobre todo, esa sonrisa franca, debajo del sombrero alón que nunca dejó de usar.  

Su fidelidad a Fidel estuvo siempre a prueba de balas. Ni en la pelota, tan siquiera,  quiso ser su rival, por eso fue su receptor cuando aquel antológico juego de los Barbudos y no el pí­cher contrario, como se divulgó previo al partido beisbolero.

«Más fácil me será dejar de respirar que dejarle de ser fiel a su confianza », habí­a escrito cuando fue ascendido al grado de comandante.

Fidel y Camilo (como receptor) en el juego entre Barbudos y la Policí­a, el 24 de julio de 1959
Contra Fidel, ni en la pelota, y Camilo se fue el receptor del equipo Barbudos.  

Fidel y Camilo en el juego entre Barbudos y la Policí­a, el 24 de julio de 1959

Camilo Cienfuegos como receptor del equipo Barbudos.

Fidel y Camilo en el juego entre Barbudos y la Policí­a, el 24 de julio de 1959
(Fotos: Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado)

Y en lección patriótica inolvidable, requirió a un subalterno suyo, reclamándole, con firmeza, que cuando Fidel hablaba, lo único que tení­a que hacer un revolucionario era escucharlo. Nada más.

Con el Che, la relación fue de padre a hijo. El argentino tuvo el honor de haberlo descubierto como guerrillero y de ser un soldado indisciplinado al inicio, verlo convertido en el mejor de todos, en el Señor de la Vanguardia.

Si el Che fue el primero de los expedicionarios del yate Granma, Camilo fue, prácticamente, el último de los 82, pues llegó a México, sin recomendación alguna, y a Fidel le costó tiempo tomar la decisión de enrolarlo en la expedición y hasta lo investigó para corroborar que no era un infiltrado del enemigo.

Camilo Cienfuegos es atendido por el doctor Julio Martí­nez Páez tras ser herido de bala en la manifestación en homenaje a Antonio Maceo, el 7 de diciembre de 1955.
Emilia junto a su hijo Camilo, atendido por el doctor Julio Martí­nez Páez tras ser herido de bala el 7 de diciembre de 1955. (Foto: Tomada de Internet)

Hasta ese momento, el único aval del hijo de Ramón Cienfuegos y Emilia Gorriarán, españoles ambos, radicados en el barrio humilde de Lawton, donde naciera Camilo el 6 de febrero de 1932, era la herida de bala en el muslo, sufrida durante una manifestación el 7 de diciembre de 1955, en homenaje a Maceo: « ¡Es la sangre de mi hijo pero es sangre para la revolución! », habí­a dicho Ramón, en un arranque de emoción y tensión, como lo calificara el propio Camilo.

También le avalaba su espí­ritu rebelde, sus ansias de libertad y el conocer desde los propios Estados Unidos la explotación que sufrí­an los inmigrantes latinos, pues fue mucho el plato que tuvo que fregar y mucho el frí­o que pasó; al tiempo que le acreditaba una repulsa total al dictador Batista; el extremo, que, en una de sus tantas ocurrencias, le puso Fulgencio, nombre del tirano, a su perro.

¡O lo cargan ustedes o lo cargo yo!, dijo tajante, cuando sus hombres pretendieron sacarlo primero a él, tras ser herido, a otro soldado rebelde, en similar situación. Y tuvieron que cumplir su orden.

Camilo Cienfuegos en la Laguna del Tesoro en mayo de 1959.
Camilo en la Laguna del Tesoro, mayo de 1959, en una fotografí­a poco conocida de Perfecto Romero, quien dejó para la posteridad las mejores imágenes del Señor de la Vanguardia. (Tomada del perfil de Facebook de Alina Perera Robbio)

Sobresalió en los llanos de Bayamo, siendo el primer jefe rebelde que operó en  esa zona oriental. Estuvo magní­fico durante la contraofensiva estratégica del Ejército Rebelde, la cual, a decir de Fidel, le rompió la espina dorsal de la dictadura, y magistral en la campaña invasora al frente de la Columna 2 Antonio Maceo, cuya misión era reeditar la epopeya del Titán de Bronce, Antonio Maceo, y llegar hasta el extremo más occidental de Cuba, aunque, para cumplir esa orden de Fidel, quedase un solo hombre.

En combate de Yaguajay, que duró diez dí­as, se ganó el sobrenombre de Héroe de Yaguajay. Y el « ¿Voy bien, Camilo? », de Fidel, la noche del 8 de enero de 1959, con su « ¡Vas bien, Fidel! » lo engrandeció a los ojos de todos. Era la confianza y la incondicionalidad mutua entre esos dos grandes hombres.

Camilo Cienfuegos Gorriarán y Raúl Castro Ruz.
Junto a Raúl, a quien le unió una estrecha amistad y admiración mutua. (Tomada de Internet)

Después del triunfo de la Revolución su imagen se hizo popular en el pueblo. Inquieto, pocos lugares de Cuba fueron dejados de visitar por Camilo. Acá,  al centro de Cuba, en la actual Villa Clara, vino muchas veces, y Zulueta, poblado que liberó dos veces, lo hizo Hijo Adoptivo.

Lideró la caballerí­a guajira que en defensa de la Reforma Agraria entró a La Habana para conmemorar el primer 26 de Julio en una Cuba libre.

Jefe del Estado Mayor del Ejército Rebelde, cumplió delicadas misiones de Fidel, siendo la más conocida, el abortar la conspiración contrarrevolucionaria de Hubert Matos, en Camagí¼ey, a cuyo regreso, la tarde-noche del 28 de octubre de 1959, desapareció en el mar.

Camilo Cienfuegos pronuncia su último discurso, el 26 de octubre de 1959, en el Palacio Presidencial.
Con Fidel y el Che, el 26 de octubre de 1959, donde pronunció su último discurso.  (Foto: Fondos del Instituto de Historia de Cuba)
La última vez que Camilo le habló a Cuba.

En su última alocución pública, el 26 de octubre, Camilo enardeció a la multitud de un millón de habaneros reunidos frente al Palacio Presidencial, hoy Museo de la Revolución, cuando evocó los versos de Bonifacio Byrne, y juró que los cubanos se pondrí­an de rodillas una vez y una vez inclinarí­an la frente, solo para decirle a los más de 20 000 cubanos muertos que la Revolución estaba hecha y la sangre derramada no habí­a sido en vano.

Desde entonces se añora al guerrillero de la franca sonrisa. Al hombre de las mil anécdotas. Al único que podí­a hacerle bromas al Che, sus famosas Camiladas, al amigo de Raúl, de Almeida, al más ferviente admirador de Fidel.

Se extraña y se necesita al cubano jodedor y jaranero. Ese que, por encima de todo, puso a la Revolución. El que, en los dí­as álgidos de la lucha por la Reforma Agraria, afirmaba a los terratenientes: « ¡Con novilla o sin novilla, le partimos la siquitrilla! ».

Cierto que en el pueblo hay muchos Camilos, pero hacen falta más, pues en cada joven rebelde, inconforme, dispuesto a dar la vida por Cuba y su Revolución, está viva la presencia de Camilo.

De Camilo no podemos hablar en pasado; al contrario, de Camilo debemos hablar en presente y, sobre todo, en futuro. Ese es su legado. Seguirlo es nuestro deber.

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