Muere Nelson García Santos y siento como si lo hiciera algo de mí. Así quería y admiraba a uno de los más notables cazadores de noticias del periodismo cubano. También siento que con su partida se va uno de los personajes claves de una época de nuestra prensa en tiempos de Revolución. A esta se integró desde el movimiento de corresponsales, desde su escuela fundadora en Juventud Rebelde, en tiempos en que nuestra prensa dejaba de servir a las élites para explorar cómo servir mejor al pueblo, una expedición todavía inconclusa en la que su generación estuvo en las primeras exploraciones.
A los gajes y mañas de la vieja escuela, algunas para no abandonar nunca, se unía la energía renovadora de las nuevas búsquedas y tanteos. Lo viejo y lo nuevo entremezclándose y sufriendo y sobreponiéndose, en una pelea continua contra las deformaciones del periodismo socialista del siglo XX, cuyas mellas todavía intentamos superar.
Sus notas, casi siempre reveladoras, y muchas veces punzantes y críticas, en el diario de la juventud cubana, al que dedicó prácticamente su existencia, movieron mucho el piso a la desidia y la burocracia y otros males nacionales en puja contra el país que desde 1959 batalla por refundarse contra fuerzas externas y anomalías internas.
Un notable entre nosotros, más enorme aún en su sencillez, en una vida en la que casi su único bien y riqueza eran su entrega apasionada a la profesión y el amor de sus muy pocos seres más queridos, como la hija que tanto adoraba y el respeto y la reverencia merecida de sus compañeros, que lo distinguían como un periodista de «raza», un reportero envidiable, tal vez incluso una especie de reportero en extinción.
Su sagaz edificio profesional, polémico y temido por quienes nunca se entendieron con el periodismo incisivo y agudo, lo levantó desde las notas que algunos menosprecian, pero que concebidas por él se convertían muchas veces en lo que «vende el medio». Nelson dio mucha vida a los casi extinguidos anunciantes de los diarios.
Pero su oficio no le permitía quedarse en esa base, de ella saltaba para el resto de los géneros que exigen las noticias que de verdad lo son. Y para cerrar el ciclo en el seguimiento informativo que tantas veces extrañamos. Su periodismo servía lo que en gastronomía describen como una «completa». Nelson era como un hipervínculo con aquella época de la que tanto podemos extraer del periodismo bohemio, dios Baco mediante. El éxtasis del periodismo combinado con el de la vida.
Mi abrazo a su hija y su pequeña familia de sangre y su grande de Juventud Rebelde, los medios villaclareños en los que fue un ilustre colaborador y los de la profesión toda. Fue una escuela y un privilegio tenerlo en el equipo y entre los hermanos de profesión. Honremos su vida dignificando a esta última. (Ricardo Ronquillo Bello)