En el filo de la navaja

Polémico, incisivo, de fina ironía, buen comentarista, temido por algunos y admirado por muchos; así fue el reportero Nelson García Santos, ejemplo del buen periodismo cubano, fallecido este martes 1.o de abril, a los 78 años de edad, y a quien evocamos con esta entrevista concedida en 2005, durante la jornada por el Día de la Prensa Cubana.

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Caricatura de Nelson García y publicaciones sobre su vida.
Freddy Pérez Cabrera
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02 Abril 2025

Canas abundantes, espejuelos que caen sobre la punta de la nariz, manos alargadas capaces de desplazarse con asombrosa rapidez sobre el teclado y un olfato poco usual para ejercer el Periodismo. Esas son algunas de las características de este hombre de aspecto quijotesco, que ha dedicado casi una vida a la profesión de informar.

Para la mayoría de sus colegas, Nelson García Santos posee un don especial para encontrar la noticia. Lo que a otros les resulta imposible, él lo ve claro. No es un profesional de carrera, al contrario, se formó en el fragor de la batalla.

A él le debíamos hace tiempo una entrevista, y nada mejor que el Día de la Prensa Cubana para acercarnos a quien el maestro de periodistas, Roberto González Quesada, calificó un día con justicia como «uno de los periodistas más completos que tenemos en Cuba».

 ¿Cómo fueron tus inicios?

—Empecé en estos trajines a fines de 1969. Hacía falta un corresponsal voluntario de Vanguardia en Calabazar de Sagua, donde yo vivía, y gracias a mis amigos René Rodrigo Ruano e Ifraín Sacerio, obtuve la plaza. A mí me gustaba mucho escribir y era lo único que pensaba en aquellos tiempos.

«Después de colaborar con Vanguardia, apareció un curso en Juventud Rebelde, el cual, por suerte, aprobé. De allí regresé como corresponsal de ese periódico en la antigua provincia de Las Villas, y hasta los días de hoy».

—¿Alguna influencia especial para definir la vocación?

Ninguna. Yo era un lector empedernido de Hemingway y otros autores. A lo mejor por ahí me llegó la vocación. Creo que fueron decisivos los excelentes profesores que tuve en el curso impartido por Juventud Rebelde, además de tener la ayuda, en la práctica, de mi amigo Aldo Isidrón del Valle y del piquete de Vanguardia, encabezado por Roberto González Quesada.

—Hablando del Maestro, ¿cómo fueron tus relaciones con él?

 —Excelentes. Es verdad que era una persona extremadamente exigente, consigo mismo y con los demás. Leía mis trabajos y hacía sugerencias. Recuerdo que era implacable con el lápiz rojo en la mano, ¡pero como enseñaba¡ Llegué a intimar tanto con él, que, incluso, consultaba conmigo algunas cosas que escribía, en una muestra de humildad.

—¿En aquella época se compartían las noticias?

—Qué va. En aquella época había que pulirla, porque a diferencia de ahora, si acostumbrabas a irte en blanco con el titular que publicaba otro corresponsal, te sacaban de circulación. Cuando a uno le daban lo que llamamos un «palo periodístico», temblaba el cañaveral.

—¿Te sorprendieron con alguno?

—Sí, y los di buenos también.

—¿Cuál?

—Registrar en la memoria no me resulta fácil. ¡Ah, sí, ahora recuerdo! El día que publiqué en solitario lo de la terminación del hidroconjunto Zaza, en Sancti Spíritus. Cuando los colegas vieron el titular en la prensa al otro día, alguien exclamó a todo pulmón: «Mentira, ¡no puede ser!».

—¿Errores?

—Ninguno garrafal, aunque firmada por mí apareció una errata que es clásica.

—¿La recuerdas?

—Jamás la he olvidado. Titulé «Cortó José Navas 100 mil arrobas de caña», y salió: «Muele el central José Navas…». Siempre hubo algún estúpido que vino a averiguar si yo era el autor de la tremenda pifia. A la correctora que trocó el título le costó carísimo.

—¿Algún secreto especial para encontrar la noticia?

—El olfato es fundamental. Muchas veces la notica se regala. Si se derrumba el Hotel Santa Clara Libre, hasta un bobo sabe que ahí está el titular. Sin embargo, la verdad es que casi siempre está escondida, enmascarada. Entonces entra a jugar la pericia de cada cual. Esa que jamás se regala, y cuando uno la encuentra en medio de la hojarasca, da un placer enorme.

—Dice tu amigo Fulgueiras (José Antonio Fulgueiras Domínguez) que le das «la mala» a cualquiera con tal de dar el palo periodístico. ¿Es cierto eso?

—Sé que el Fulgue lo dice por una broma en la universidad, pero la defensa es permitida. Hace unos años, en un evento relacionado con el Che, varios colegas estábamos esperando a que llegara la comitiva. Del ómnibus descendió una anciana y Fulgueiras comentó: «Mira, esa es la vieja de la chiva que acusaron de delatar al Che en Bolivia, voy a entrevistarla», y yo le dije «Estás muerto, ya yo la entrevisté». Entonces Fulgueiras soltó una carcajada porque, de existir, la anciana tendría más de 100 años.

—¿Te consideras un gacetillero?

El término lo acuñan para demeritar la noticia, la madre de todo lo que mueve el oficio. El que jamás disfruta una primicia, no puede ser periodista de pura cepa. Considero que quien carezca de tino para encontrar una información trascendente, difícilmente logrará un buen comentario, reportaje o artículo, porque para ellos también se necesita tener olfato.

—¿Consideras que hay crisis de buenas noticas?

—Se le confunde muchas veces con la divulgación de actos, asambleas, reuniones y un rollo de otros asuntos sobre los cuales se hace mucha propaganda. Hay que tener siempre presente que noticia no es que el perro mordió al hombre, sino que este mordió al perro.

—¿Qué tiempo te consume la búsqueda de una buena información?

—Pienso en ella las 24 horas del día. Es mi brújula para enfrentar la profesión.

—En tus muchos años de oficio, ¿cuántas cuartillas has escrito?

—Millones. Tengo un récord absoluto en cubrir asambleas, reuniones, plenarias, recorridos…

—¿Predilección por algún tema en específico?

—No, el tema te lo va poniendo la vida. Lo que hay es que saber descubrirlo para explotarlo después.

—¿Cómo asumes el proceso creativo?

—Concibo el trabajo antes de sentarme frente a la computadora. Suelo pensar mucho en la forma de entrarle al tema; camino, releo las notas escritas, y solo cuando tenga la idea preconcebida comienzo a escribir.

«Eso lo aprendí de Santiago Cardosa Arias, un destacado profesional de la prensa. Recuerdo que un día fuimos a la inauguración de una escuela que prometió Camilo (Cienfuegos) a los pobladores de Meneses. Regresamos tarde y nos pusimos a redactar. Pero cada vez que concebía algún párrafo terminaba rompiendo la cuartilla. No encontraba la manera de hilvanar la información. Llegó un momento en que  Cardosa se paró a mi lado y me dijo: “Lo mejor que haces es dar una vuelta, refrescar y pensar bien lo que quieres escribir, y luego regresas”. Así lo hice, y hasta el día de hoy.

—¿Es cierto que ejercer la crítica te ha traído problemas con las fuentes?

—A nadie le gusta que lo critiquen. Jamás me sorprendo de que haya una reacción molesta tras lo que los periodistas cuestionamos públicamente Muchísimas veces dan la «callada» por respuesta, pero si ven el más mínimo fallito en lo expuesto, son capaces de responder con decenas de cuartillas.

«Pienso que lo peor no es que el criticado se moleste, sino que los que están por encima, en el orden jerárquico, también adopten esa actitud. Alguien, en una ocasión, me dijo que yo caminaba por el filo de una navaja, y le contesté: “En última instancia, las que caminan por el filo son las palabras que reflejan una realidad y pueden poner en aprietos el cargo a cualquiera". En realidad, la verdad es inmune a las cortaduras».

—Entonces, ¿prefieres el periodismo crítico?

—No, prefiero el buen periodismo.

—¿Te has sentido censurado alguna vez?

—Hay circunstancias en las que el editor tiene derecho a decirte que ese trabajo puede esperar, o discutir contigo para enmendar una frase o un párrafo. Eso ocurre en todos los periódicos del mundo.

—¿Alguna anécdota interesante de estos años?

Una vez me invitaron a un recorrido preparado con mucho esmero, y veo que están tirando los plátanos de un lugar a otro, del camión para el suelo y del suelo para el camión. Al otro día publiqué el comentario «Platanicidio». Imagínate la reacción de la empresa y de los directivos que nos habían invitado No querían saber nada de mí.

«Tiempo después, un funcionario me invitó a otro recorrido, y al terminar me dijo: “Oye, Nelson, no me vayas a hacer lo que hiciste con los plátanos, porque te boto de aquí”. Fue un modo de advertir, en jarana, pero advertencia al fin y al cabo».

—¿Tu mayor alegría?

—Publicar algo que impacte en los electores o hacer un trabajo sobre un tema inédito. También, ese instante en la calle cuando alguna persona te halaga por algo que escribiste.

—¿Insatisfacciones?

—Que no se entienda bien el mensaje que quiero transmitir.

—¿Qué significa para ti Calabazar de Sagua?

—La tierra en que me dieron vida Estrella y Rafael, mis padres. La de los encuentros en el parque con tantas muchachas de la infancia y que uno las lleva siempre en la memoria, al igual que a los buenos amigos. Mi patria chica, a la que de vez en cuando vuelvo porque, al final, allí descansaré.

—¿Vanguardia?

—Fue el periódico donde me inicié y del que jamás me he desvinculado, el que desde hace un burujón de años me da techo, facilidades para trabajar y hasta donde dormir.

— ¿Juventud Rebelde?

—El lugar donde me pulieron como reportero. En ese diario llevo una vida, a él le debo casi todo lo que sé.

—¿Qué te falta en el periodismo?

Hacer un buen periodismo.

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