Raúl es Raúl

Por su entrega a la conquista de la soberanía y la entereza de su gestión presidencial, su figura se ha grabado en la conciencia de los cubanos como un faro que brinda esperanza ante las peores tempestades. 

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Raúl Castro Ruz saluda con la bandera cubana al fondo.
(Foto: Tomada de Internet)
Laura Beatriz Zaita Arjona
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03 Junio 2026

Transcurría el año 1931 y Cuba entera se rendía al esplendor de la primavera, envuelta en su amalgama de aromas autóctonos y matices encendidos. El 3 de junio, en el corazón de Birán, cobijado por aquel estallido vegetal con que la naturaleza engalanaba la comarca, vino al mundo el cuarto hijo de Ángel Castro Argüiz y Lina Ruz González. En aquel instante, un estremecimiento sordo recorrió las raíces de la isla, como si la tierra misma presintiera que aquella criatura, décadas más tarde, habría de convertirse en uno de los ejes de un proceso histórico capaz de conmocionar al mundo.

Raúl Modesto Castro Ruz contaba apenas con 22 años cuando el destino decidió que, aquel 26 de julio de 1953, recibiría su bautismo de fuego. Se le había confiado una misión precisa: asegurar el Palacio de Justicia de Santiago de Cuba y ofrecer cobertura a los asaltantes del cuartel Moncada. En medio del vértigo del combate y la retirada, su temple y su instinto para actuar bajo presión lo revelaron como el jefe nato de su grupo. Aun cuando la derrota momentánea abrió paso a la represión feroz, a la cárcel y al exilio, no hubo embate capaz de extinguir la llama revolucionaria que ardía en su pecho.

Empero, cuando todo parecía inclinarse hacia el abismo, su obstinación por la causa resurgió a bordo de un yate que, semejante a una cáscara de nuez, pretendía desafiar la inmensidad del golfo. De aquella embarcación que arribó a las costas cubanas el 2 de diciembre de 1956, Raúl emergió con la determinación intacta para obrar en la Sierra Maestra, una de las proezas más rotundas de la gesta: la organización y dirección del Segundo Frente Oriental Frank País.

En pleno fragor de la guerra, tejió una secuencia de operaciones audaces que quebrantaron la retaguardia enemiga: el asalto a puestos navales, el derribo de aeronaves, los ataques a cuarteles y guarniciones y la captura de armas y soldados. Sin embargo, las acciones bajo su mando no se limitaron a lo estrictamente militar. Sobre el territorio ocupado germinaron diversas instituciones agrarias, sanitarias y educativas, así como otros beneficios para la población local.

Una vez consumado el triunfo de la Revolución, Raúl se consagró a una nueva empresa: erigirse en arquitecto del escudo que habría de proteger la victoria. De este modo, bajo su liderazgo ejemplar, nacieron las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Merced a esta encomienda, no solo ahondó en su pericia militar, sino que asumió un papel protagónico junto a Fidel en la articulación de la defensa nacional, mediante la puesta en práctica de la doctrina de la Guerra de Todo el Pueblo.

De igual modo, cuando el implacable devenir de la historia reclamó un nuevo timonel, fue su mano la que sostuvo el rumbo de la nación. Así, emprendió la actualización del modelo económico y social de la isla. Propulsó, entre otras medidas, la entrega de tierras ociosas en usufructo para dinamizar la agricultura y reducir importaciones; amplió el trabajo por cuenta propia con facultad de contratar asalariados, y despejó trabas migratorias que complejizaban la salida del país. Su gestión perseguía, en esencia, potenciar el desarrollo sin desvirtuar el ideal y los principios revolucionarios.

Por su entrega a la conquista de la soberanía y la entereza de su gestión presidencial, su figura se ha grabado en la conciencia de los cubanos como un faro que brinda esperanza ante las peores tempestades. Desde luego, no ha de creerse que el imperio —cíclope de pupila siempre acechante— pueda tolerar en silencio la existencia de un referente, cuyo ejemplo ha trascendido las fronteras nacionales.

No ha de extrañar, entonces, que recientemente, mientras las amenazas de guerra vuelven a cernirse sobre el horizonte cubano, el Gobierno de Estados Unidos haya optado por un recurso tan manido como abyecto: esgrimir contra la figura de Raúl la más soez de las calumnias. Lo inculparon —con la misma sinrazón que antaño vistió sus libelos de la Guerra Fría— de cuatro homicidios vinculados al derribo de dos avionetas pertenecientes a la organización terrorista Hermanos al Rescate, la cual, durante años, violó sistemáticamente el espacio aéreo cubano, amparada en la retórica de la ayuda humanitaria. Las autoridades cubanas emitieron reiteradas advertencias que cayeron en oídos sordos; por ello, la Fuerza Aérea Revolucionaria, en legítima defensa de su soberanía, abatió a las aeronaves intrusas. Tres décadas después, tal acusación emerge como un intento más por desacreditar a la Revolución cubana y a sus dirigentes, a quienes se empeñan en retratar bajo el lente de dictadores y asesinos.

Ante el embate verbal del Norte, el pueblo respondió de inmediato, decidido a resguardar la memoria histórica de la nación y la estatura moral de un hombre que ha dedicado su vida a edificar igualdad, equidad y justicia social. Cerca de 250 000 habaneros colmaron la Tribuna Antimperialista José Martí, sumergidos en un oleaje de banderas que ondulaban como un solo corazón, con la estrella solitaria por latido. Los puños en alto hendían el aire cual pilares de la patria, mientras los carteles con la efigie del General de Ejército florecían entre la multitud como escudos, acorazados de lealtad y firmeza. Bajo la mirada solemne del Apóstol, aquel instante se convirtió en una lección memorable de dignidad y determinación, que resultó propicia para denunciar también las incontables vejaciones que el gobierno norteamericano ha infligido a los cubanos.

En esa voz colectiva —conformada por estudiantes, obreros, jubilados y soldados— se escuchaba, nítido, el mismo latido indómito que hermana a cada cubano cuando todo aquello en lo que cree es ultrajado. Dicho fervor no tardó en propagarse por toda la isla, en tantas otras plazas donde el compromiso de los presentes refrendó el veredicto insobornable de una nación que se sabe heredera de sus mártires y guardiana de sus hijos más preclaros.

Mientras exista un cubano que alce la frente sin doblegar la cerviz; mientras esta tierra —abonada con la sangre de los que cayeron para que reinara la justicia— encuentre un hijo dispuesto a defenderla, Raúl Castro Ruz será, ahora y siempre, el pulso que la historia se niega a dejar morir, la llama que arde en la certeza de que la dignidad y la libertad son innegociables. Por más que el enemigo teja artimañas para empañar la figura de uno de los grandes de la Revolución, el archipiélago entero las refutará con la convicción de quienes han visto y gozado de su obra. Raúl es Raúl, y con ello está dicho todo.

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