Ochenta y tres años separan el nacimiento de Antonio Maceo y de Ernesto Che Guevara, acontecido un 14 de junio, pero en siglos diferentes. El primero era ya un personaje legendario cuando el segundo vino al mundo.
Si uno afirmó que quien intentara apropiarse de Cuba recogería el polvo de su suelo anegado en sangre si no perecía en la lucha, el otro anegó con su sangre el suelo de Bolivia en su esfuerzo por impedir que el imperio se apoderara de América.
Ellos no son hombres para recordar un día, sino toda la vida, porque en sus palabras y en sus actos perdura un legado de valentía, compromiso y lucha incansable por la libertad y la justicia, que continúa inspirando a generaciones enteras de cubanos y de todo aquel que ame la independencia y la soberanía de los pueblos.
Con profundo orgullo, los villaclareños conmemoraremos esa fecha, y lo haremos no solo porque tenemos el honor de custodiar los restos inmortales del Che y de sus compañeros del Destacamento de Refuerzo, sino porque ambos próceres resultan hoy más necesarios, cuando la patria se ve amenazada, tal vez como nunca antes.
Nicolás Guillén, nuestro Poeta Nacional, con la luz maravillosa de sus versos se refiere al héroe de la batalla de Santa Clara de esta manera: «No porque hayas caído / tu luz es menos alta. / No por callado eres silencio / y no porque te quemen, / porque te disimulen bajo tierra, / porque te escondan / en cementerios, bosques, páramos, / van a impedir que te encontremos, / Che Comandante, / amigo. / Estás en todas partes, / vivo, como no te querían».
Desde el combate del 8 de octubre de 1967 y su asesinato al día siguiente, el Che, como expresara Fidel, ha continuado librando y ganando más batallas que nunca; su rostro diverso, pero igual de luminoso, se ha convertido en bandera de lucha, y sus ideas han devenido consignas, convicciones e himnos para gritar aspiraciones o cantar sueños y realidades.
Quien se calificó a sí mismo como un Quijote que sentía otra vez bajo sus talones el costillar de Rocinante y volvía al camino con la adarga al brazo, encontró en la acción transformadora de la Revolución el sentido esencial de su existencia, y, por esa causa, definió que ser revolucionario era alcanzar el escalón más alto de la especie humana.
Al igual que el Che, el Titán de Bronce resumió en su recia personalidad muchos valores de lo mejor del género humano. Él fue un estratega excepcional en las guerras de independencia de nuestro pueblo contra el dominio español en el siglo XIX. Su coraje, tenacidad y visión táctica lo convirtieron en un emblema de la soberanía.
Con razón José Martí señaló que Maceo tenía tanta fuerza en la mente como en el brazo, lo cual demostró con creces durante toda su vida, y especialmente en dos episodios que lo inmortalizan en la historia nacional: la Protesta de Baraguá y la proeza de la Invasión.
La historia de Cuba no podrá comprenderse sin reconocer el impacto de estos dos luchadores que, con su ejemplo y entrega, trazaron el camino de la nación hacia la independencia y la justicia. Ellos simbolizan el espíritu combativo y la certeza de que la libertad se conquista y se protege con determinación.
Este 14 de junio, una fecha de profundo significado para los cubanos, recordaremos el nacimiento de estas dos figuras esenciales, y lo haremos con la misma convicción que ellos demostraron a lo largo de su vida: la de morir antes que cejar en el empeño de ver libre y próspera a la patria.