La gran fiesta del fútbol mundial se está celebrando en Norteamérica. Miles de aficionados, profesionales del deporte y cuerpos técnicos llegaron a sus respectivas sedes para aclimatarse al ambiente y definir los últimos pasos ante el debut. Sin embargo, lo que debía ser un viaje o estancia afable y de integración se vio empañado por decisiones políticas y administrativas que convirtieron el torneo en un espejo de las tensiones internacionales que circundan el mundo.
Hechos como la deportación del árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan en Miami, pese a contar con visado válido, transformaron la llegada de las selecciones nacionales en uno de los episodios más comentados por los medios de comunicación. La Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de EE. UU. alegó “problemas de verificación de antecedentes”, pero lo cierto es que Somalia perdió la oportunidad histórica de tener representación arbitral en la Copa del Mundo. Medios como BBC Sport y Al Jazeera recogieron la indignación de la comunidad futbolística africana.
Teniendo en cuenta las mismas directrices migratorias, se hicieron virales las imágenes y videos relacionados con la selección de Irán, pues parte de su cuerpo técnico no recibió autorización para ingresar a EE. UU., obligando al equipo a trasladar su base de entrenamiento a México. The Guardian informó que jugadores como Mehdi Taremi denunciaron el impacto psicológico de estas trabas burocráticas.
África y Oriente Medio denunciaron a través de sus delegaciones oficiales inspecciones exhaustivas en aeropuertos estadounidenses, con revisiones de equipamiento deportivo y demoras que afectaron la preparación de los equipos. Según reportes de Reuters, las autoridades justificaron estas medidas como protocolos de seguridad, pero las selecciones afectadas lo interpretaron como un trato desigual y discriminatorio.
Tras el debut de varias selecciones las ruedas de prensa fueron foco de atención. En EE. UU., se impuso el uso obligatorio del inglés en conversaciones con los protagonistas del encuentro. Aunque la FIFA ofreció traducción simultánea, entrenadores y jugadores de países hispanohablantes y árabes criticaron la medida, pues, es conocido que varios futbolistas son políglotas o bilingües. Tras la explicación de los organizadores, El País señaló que esta política fue vista como una forma de homogeneización cultural que contradice el espíritu global del torneo.
El fútbol siempre ha sido un terreno fértil para la diplomacia cultural, pero en 2026 las políticas migratorias y las imposiciones lingüísticas han convertido la Copa en un terreno político, poco habitual en eventos deportivos de gran magnitud. La FIFA, al admitir que no puede intervenir en decisiones soberanas de los países sede, se ha mostrado impotente frente a situaciones que afectan directamente la igualdad de condiciones.
La política no debe imponerse al deporte. El Mundial ha de ser un escenario de inclusión y diversidad cultural. Las negaciones de visados, los controles aduaneros diferenciados y la imposición cultural del inglés no son simples anécdotas; son síntomas de un torneo que, en lugar de unir al mundo, lo está fragmentando.