Bajo el sol de mayo, Cuba renace

Mientras exista una mano que despliegue la gloriosa bandera de la estrella solitaria y sienta en su pecho el pulso vivo de la isla, la dignidad de esta tierra seguirá danzando, indomable, resguardada por quienes hacen de esta nación, cada día, un lugar mejor.

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Vanguardia - Villa Clara - Cuba
(Foto: Ramón Barreras Valdés)
Ramón Barreras Valdés
Ramón Barreras Valdés
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01 Mayo 2026

Transcurría el siglo XIX y en las entrañas de las colosales fábricas bullía un ejército: mujeres, hombres, niños y ancianos, meras piezas desechables en el ciclo infinito del capital. Antes de que el alba tiñese los tejados con sus tonos cálidos, sus manos ya se entregaban al trabajo, y no se detenían hasta que la luna perfilaba sombras sinuosas en las calzadas de las grandes urbes. Doce horas, catorce, a veces dieciséis. El tiempo no era patrimonio del hombre: lo poseían la máquina y su amo, fundidos en una quimera de apetito insaciable que trituraba cuerpos y almas sin piedad alguna. Hasta que llegó el día que lo cambió todo.

(Foto: Ramón Barreras Valdés)
Encabezaron el desfile en Santa Clara: Ana María Mari Machado, vicepresidenta de la Asamblea Nacional del Poder Popular y del Consejo de Estado; Eduardo Martínez Díaz, viceprimer ministro cubano; Susely Morfa González, integrante del Comité Central y primera secretaria del Partido en la provincia; Milaxy Yanet Sánchez Armas, gobernadora villaclareña, y Maglin del Sol Martínez, secretaria de la Central de Trabajadores de Cuba en la provincia, entre otras autoridades políticas y gubernamentales de la provincia y el municipio, así como representantes de la organizaciones políticas y de masas. (Foto: Ramón Barreras Valdés)

El 1.º de mayo de 1886, Chicago despertó con un rumor distinto, un latido que no provenía de las calderas, sino de las gargantas de los oprimidos. La clase obrera había tomado las calles, impulsada por un espíritu revolucionario, en pos de una reivindicación tan sencilla como digna: la reducción de la jornada laboral a ocho horas. La respuesta fue la pólvora; la huelga se ahogó en una represión que sembró un camino de muertos y heridos, como si el orden establecido se empeñara en demostrar que soñar habría de seguir costando sangre.

Tres días más tarde, animado por idéntico afán, un mitin se alzó en la plaza de Haymarket. En el brevísimo intervalo de un abrir y cerrar de ojos, el caos disolvió la paz, y el aire, hasta entonces manso, se trocó en estruendo: una masacre entre disparos y una bomba que robó la vida a casi una decena agentes, centenares de militantes encarcelados y, entre ellos, ocho líderes de ideales anarquistas a quienes la justicia oficial decidió convertir en escarmiento. Acusados de asesinato tras una farsa vestida de toga, cinco de aquellos hombres fueron ejecutados el 11 de noviembre de 1887. Otro, en el silencio de su celda, extinguió su último hálito por voluntad propia, mientras a los dos restantes los condenaron a consumirse entre rejas. Así, en memoria de quienes ofrendaron su aliento por el noble propósito de una vida laboral más justa y humana, se instituyó el Día Internacional de los Trabajadores.

(Foto: Ramón Barreras Valdés)
Al desfile asistieron El Dr. Tomás Fermín Pérez Rodríguez y Jorge Luis Rodríguez Araujo, quienes recibieron recientemente el título de Héroe del Trabajo de la República de Cuba. (Foto: Ramón Barreras Valdés)

Esa misma historia, con otros nombres, se escribía también en este caimán que yace dormido sobre el lomo del Caribe. Durante principios del siglo XX, el Primero de Mayo era una jornada de tenaz vindicación obrera: los trabajadores alzaban la voz en defensa de sus legítimos intereses y enfrentaban con arrojo a gobiernos corruptos y a las dictaduras que ensombrecieron el destino del país. Mas, con la aurora del primero de enero de 1959, el día se transfiguró en una multitudinaria fiesta popular, un crisol donde se funden la celebración de las conquistas sociales, el sabor irrenunciable de la soberanía y el compromiso con la Revolución.

(Foto: Ramón Barreras Valdés)

Por eso, cuando mayo retorna con su primera mañana y aún el sol no es más que una brasa tenue asomando sobre el horizonte marino, las calles ya son un caudal de pasos presurosos. Hacia la plaza fluyeron los pies madrugadores: jóvenes y pequeños estudiantes, adultos, ancianos de andar pausado pero firme, e infantes que flotan entre la somnolencia y la excitación por la gran convocatoria. La marea humana se condensó con una geometría casi coreografiada, como si cada ser encajara en un engranaje previamente concebido. Las pancartas ondean cual hojas impulsadas por la brisa y en sus pliegues se agitan consignas, que reflejan el sentir de todo un pueblo, como si su alma hubiera aprendido a bordarse sobre la tela.

Marchan los médicos, revestidos con la blancura de ángeles guardianes, quienes, con fármacos racionados y dispositivos que el ingenio rescató de la obsolescencia, le arrebatan, a diario, la victoria a la muerte en salones donde a veces acecha la penumbra. Avanzan los maestros que sortean distancias en su quehacer cotidiano, con los libros como brújulas y la tiza cual estela encendida, para nutrir a las nuevas generaciones con sabiduría. Allí caminan los campesinos, a quienes la piel se le ha vuelto bronce por el abrazo del sol mientras labraban los surcos para garantizar a sus hermanos el alimento que el asedio del imperio pretende negar.

(Foto: Ramón Barreras Valdés)

Con pasos certeros desfilaron los constructores que erigen nuevas instalaciones destinadas al bienestar común, desafiando la carencia de cemento y acero con la argamasa de una voluntad que se niega a ceder; los científicos que, en laboratorios sin fastuosidad, pero con el corazón henchido de Patria, gestaron vacunas que blindaron a la nación cuando la pandemia acechaba al mundo, y que consagran jornadas continuas a la investigación para potenciar sus sectores estratégicos. Y, con ellos, un torrente de obreros, artistas, técnicos, ingenieros, pues para todos los presentes cada paso es un sí, cada puño en alto una rúbrica: Cuba vive, Cuba resiste, y aquí están sus hijos para jurarlo de nuevo.

Hay quienes, desde la comodidad de quien jamás sintió el dogal en la garganta, se apresuran a tildar la marcha de acto de sumisión, fruto —dicen— de la dictadura que no cesan de imaginar. Sin embargo, más allá de cuantas falsedades puedan urdir, las imágenes hablan por sí solas y develan un amor tenaz: el de un pueblo que elige, cada amanecer, ponerse en pie y seguir adelante. No es la supuesta opresión que el gobierno ejerce la que convoca, no: es la fidelidad a un proyecto social que, a contrapelo de las restricciones más brutales, no ha renunciado ni renunciará jamás a sus principios.

(Foto: Ramón Barreras Valdés)

Si acaso la consagración de la fuerza laboral cubana no bastara para confirmar la fe depositada en la Revolución, bastaría con acudir a un ejemplo más cercano y desplegar los legajos del movimiento Mi firma por la Patria. En ellos, millones de cubanos grabaron su nombre para condenar el bloqueo, repudiar la agresión que desde el Norte se pregona a los cuatro vientos y reafirmar la vocación pacífica de un país a la que las calumnias no han logrado domeñar.

Aquellos que desde la distancia nos señalan con el dedo inquisidor quizás se pregunten: ¿para qué malgastar el tiempo?, ¿qué provecho puede extraerse de tal acto de fe? Entonces emerge, como un mandamiento de acero y fuego, la sentencia de nuestro ilustre Martí: «Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras». Porque esos pliegos no constituyen un mero archivo de voluntades, sino el engarce vivo de la conciencia popular: una palanca íntima que multiplica el poder defensivo de Cuba y lo torna invencible.

(Foto: Ramón Barreras Valdés)

Cuando la multitud comienza a replegarse, Cuba respira henchida de orgullo. Esa brisa caribeña, que antes fue cómplice del estruendo colectivo, ahora peina con dulzura las palmas reales y eleva de los adoquines un vaho de calor reciente, como si la tierra exhalara el aliento contenido de la multitud. Queda la certeza de que cada Primero de Mayo no es solo un día más, sino una manifestación viva de la conciencia revolucionaria. Porque Cuba no desfila: Cuba renace. Y mientras exista una mano que despliegue la gloriosa bandera de la estrella solitaria y sienta en su pecho el pulso vivo de la isla, la dignidad de esta tierra seguirá danzando, indomable, resguardada por quienes hacen de esta nación, cada día, un lugar mejor.  (Texto por Laura Beatriz Zaita Arjona)

(Foto: Ramón Barreras Valdés)
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(Foto: Ramón Barreras Valdés)
En Villa Clara desfilaron unos 630 000 trabajadores este viernes, 200 000 de ellos en Santa Clara. (Foto: Ramón Barreras Valdés)
(Foto: Ramón Barreras Valdés)
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