Llega septiembre, arrojado, azaroso, barriendo males con presagios de grandeza. La casa huele a uniforme planchado, ansias, algarabía. Comenzamos una nueva etapa en familia para crecer juntos, sumar valores y virtudes, educarnos y apoyarnos tantísimo.
A mis hijos quiero acompañarlos, guiarlos, preguntarles cómo se sienten, si están nerviosos por la nueva maestra, frenéticos por el reencuentro con los compañeros de aula o temerosos ante el reto de aprender a leer y escribir.
Quiero saber sus miedos y estar ahí para calmarlos; convertir las congojas en retos superados, cuentos leídos, libros bajo la almohada, dibujos con dedicatorias: un «te amo» de su puño y letra. Quiero que se diviertan y aprendan, que el aula sea templo de sabiduría y cariño, que se sientan bendecidos por la oportunidad de crecer física y mentalmente.
Espero que la pasen tan bien en la escuela que quieran siempre regresar, que amanezcan felices porque sonreirán con sus amigos y obtendrán una estrella. Que cuando los trazos no salgan tan bien no se amilanen y escuchen de su profe: «Hagámoslo de nuevo, de seguro quedará mejor».
Ahora toca retomar rutinas, ajustar horarios, tornamos más perseverantes y afanosos, ganar en altruismo. Aunque lo material mengüe, el amor, la generosidad y la educación deben regar siempre a nuestros retoños. A la escuela se llega con compromiso, ayuda, afán, voluntad, respeto y admiración.
Mis hijos llevan en sus manos una flor para el Apóstol; en sus labios, un verso sencillo para declamar en la plaza; en la mochila, el empuje de quienes los adoran y empinan para que con sus manitas moldeen el éxito.