Fidel Castro: un gigante centenario

Este 13 de agosto conmemoramos el centenario de Fidel Castro Ruz, líder histórico de la Revolución cubana, quien dejó un legado universal.

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Laura Zaita Arjona
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13 Agosto 2026

Algunas voces afirman que los grandes hombres se hallan esparcidos en el tiempo, cual estrellas que iluminan la opacidad de su presente. Al evocar esta idea casi mística, no asombra que afloren nombres como Vladimir Ilich Lenin, Simón Bolívar o José Martí Pérez, colosos que estamparon su impronta en el lienzo de la historia con la tinta de la entereza y la pluma de los ideales. 

En esa constelación de gestas y personalidades emergió, hace un siglo, un nuevo astro, signado por el fulgor de quienes, antes que él, batallaron por la libertad de los pueblos. Recibió un nombre de raíz latina, en sí mismo un presagio de fidelidad y lealtad, como si desde la cuna se hubiese querido invocar dos de los valores que regirían su entrega a la tierra, a sus hermanos y a los oprimidos del mundo. Aquel infante reposa hoy en el mausoleo de los grandes, transfigurado en un espíritu de barba poblada y mirada dulce, que todavía recorre las calles de la isla y anida en los sueños de los cubanos.

Ilustración de Alfredo Martirena sobre Fidel.
(Ilustración: Alfredo Martirena)

Decir Fidel es nombrar la rebeldía de todo un país. Es pronunciar la dignidad como un trueno, la justicia como un himno, la soberanía como un escudo. Es evocar a un revolucionario íntegro, a un estratega de la resistencia, a un centinela de la patria. Es recordar al padre de una nación que aprendió, bajo su liderazgo, a mirar de frente al imperio sin flaquear y a sostener en lo más alto la bandera de la estrella solitaria. 

Sin embargo, mucho antes de que las plazas se colmaran de rostros encendidos de admiración, hubo un niño que corría descalzo sobre los surcos rojizos de Birán. En aquel rincón del mundo, el paisaje humano respiraba, en cada uno de sus pliegues, una humildad casi palpable. El pequeño Fidel, aunque procedía de un hogar bastante acomodado, compartió tardes enteras de juego con los muchachos más pobres del lugar. Con ellos se sumergía en el río para sortear las elevadas temperaturas del día, cabalgaba o corría por doquier, sin más rumbo que el que dictaba la curiosidad. Fue en esos torbellinos de risas y travesuras donde empezó a germinar, sin distingos de etnia ni de clase, su temprano sentido de la igualdad.

Durante la flor de su juventud halló en la Universidad de La Habana —crisol de las ideologías turbulentas de la república— el escenario donde moldear su carácter político. En aquel edificio de sobrias líneas neoclásicas, los eternos debates sobre la escalinata desataron la fuerza torrencial de su oratoria, y las primeras lecturas de Marx, Lenin y Martí encendieron en su mente una llama que ya no admitiría repliegues. De modo que, cuando por fin abandonó la casa de altos estudios, lo hizo con una certeza inquebrantable: para transmutar la utopía en realidad no bastaban las palabras; era preciso erigirla sobre la pólvora y el sacrificio.

Mientras la capital bullía en su indiferencia, Fidel se convirtió en un cartógrafo de la rebeldía al recorrer más de 40 000 kilómetros para tejer una red de lealtades en el más absoluto secreto. Al amparo de la noche, en zonas rurales de Artemisa, Guanajay y otras localidades de la capital, un puñado de jóvenes inexpertos se iniciaba en el manejo de armas adquiridas a fuerza de privaciones, con la convicción de que la disciplina y el adiestramiento suplirían la falta de pertrechos. A más de 1000 kilómetros de distancia, el futuro comandante de la Revolución supervisaba cada compra con mirada táctica, estudiaba cada ruta y sincronizaba cada movimiento desde las sombras, consumando así una proeza logística bajo las narices del aparato represivo del régimen, sin que este pudiera advertir lo que se avecinaba. 

Fue así como, en la quietud de la madrugada del 26 de julio de 1953, cuando la algarabía de los carnavales llenaba las calles de Santiago, una decena de vehículos de alquiler surcaba las carreteras con destino al cuartel Moncada, la segunda fortaleza militar del país. Pese a que la acción constituyó un revés militar, el abogado de apenas 26 años y los hombres a su mando se convirtieron en una promesa del cambio y en un símbolo de resistencia para el pueblo.

Tras los barrotes, lejos de doblegarse, fraguó una nueva victoria. Entre los muros del Palacio de Justicia y bajo la mirada ceñuda de los oficiales batistianos, alzó la voz, no como un prisionero que mendigara clemencia, sino como quien se alzaba para acusar al gobierno. Enfundado en su toga, no dedicó una sola línea a su suerte; en cambio, convirtió su defensa en un diagnóstico lacerante de las llagas de la nación entera: el campesino despojado de tierra, el obrero sin techo, el niño privado de escuela, el enfermo abandonado a su suerte. Todas desfilaron por sus labios y, al hacerlo, el banquillo de los acusados se elevó hasta transformarse en el altar de un pueblo que aún desconocía que tenía voz. 

No fue el descanso, sino el destierro, lo que aguardaba al joven abogado fuera de las rejas del presidio. Lejos de buscar sosiego en tierra extraña, templó en el exilio la voluntad que los años de cautiverio no habían logrado quebrar, y congregó a los suyos para una nueva empresa: retornar a Cuba y reavivar la llama de la insurrección. 

En las escarpadas cumbres de la Sierra Maestra, Fidel no solo dirigió operaciones militares; convirtió la geografía en aliada, la moral en arma y forjó, en el crisol de la guerra, los cimientos de una nación nueva. Gracias a su astucia telúrica y su temple visionario, el Ejército Rebelde comenzó a escribir las páginas más gloriosas de la epopeya.

Apenas el triunfo se consumó, se erigió en guardián insobornable de la independencia, haciéndose presente en cada batalla, tanto para rechazar las ofensivas militares foráneas como para sofocar la insidia de las bandas contrarrevolucionarias. Fue en ese escenario de amenazas donde su liderazgo alcanzó una de sus cotas más altas al provocar el fracaso de la invasión orquestada por la Agencia Central de Inteligencia en las arenas de Playa Girón, contienda que fue inscrita en la historia como la primera gran derrota del imperialismo en América. 

Su legado no se mediría solo en lauros bélicos, pues con los años se consolidaría como un referente moral a nivel global. No satisfecho con haber encendido en el hemisferio occidental el primer faro del socialismo, condujo con visión estratégica a cientos de miles de combatientes cubanos en gestas internacionalistas en Argelia, Siria, Angola y Etiopía. Mas su mirada no se agotó en las proezas militares, impulsó y organizó la contribución de médicos, maestros y técnicos que han desplegado su labor solidaria en decenas de naciones del Tercer Mundo. Bajo el precepto martiano de que «Patria es humanidad», alentó vastos programas de cooperación sanitaria a lo largo y ancho de África, América Latina y el Caribe, y erigió en la isla escuelas internacionales de Ciencias Médicas, Deporte y otras ramas del saber, una invitación abierta a estudiantes de todo el mundo.

Fidel fue, en la esencia misma de su carácter, un hombre de convicciones absolutas y temple inquebrantable: no concibió la Revolución como un acto fundacional que se agotara en sí mismo, sino como una manera de vivir con dignidad. Fue el gran maestro que enseñó a sus contemporáneos y a las generaciones posteriores que la palabra renuncia no existe en el léxico nacional y que es legítimo soñar con un mundo mejor edificado sobre el compromiso colectivo. Es y será siempre la brújula que oriente a cada cubano en las más duras adversidades, porque el Comandante en Jefe trascendió su naturaleza humana hasta convertirse en parte medular de la patria misma.

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