Mi casa y mi familia

En las afueras del municipio de Camajuaní radica uno de los seis hogares de niños sin amparo familiar en Villa Clara, que acoge a diez menores en el rango de 9 a 18 años.

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Los menores cuentan con el apoyo y la atención de los 25 trabajadores del Hogar de Niños sin Amparo Familiar en Camajuaní.
Los menores cuentan con el apoyo y la atención de los 25 trabajadores del Hogar de Niños sin Amparo Familiar en Camajuaní. (Foto: Nileyam Pérez Franco )
Por Nileyam Pérez Franco y Niurys Castillo Hernández
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25 Mayo 2023

A la llegada de Yenlys Teresa Jiménez al Hogar de Niños sin Amparo Familiar de Camajuaní, los trabajadores y menores del centro le brindaron el afecto y amor de una familia unida que quizás nunca tuvo o que solo conserva en borrosas imágenes idealizadas por la inocencia propia de una niña de 9 años.

«Al principio extrañaba mucho, pero después me adapté y me gusta estar en esta casa», confiesa con timidez y los presentes en la sala disimulan las lágrimas.

Su mirada, triste, esconde historias que nunca podrá contar, injustos golpes de la vida que le arrebataron el derecho a vivir en el entorno de su familia de origen. Sin embargo, en las afueras de la tierra de valles y parrandas encontró una lujosa casa, convertida en hogar para menores desde el 8 de octubre del 2017, y una nueva familia que le ofreció protección, cariño y una segunda oportunidad de tener una infancia feliz.

Puertas adentro de un verdadero hogar 

 El Decreto Ley 76 emitido por el Consejo de Estado en 1984 aprobó la creación de una red nacional de centros de asistencia social para atender de forma transitoria y proporcionar a menores de edad en situaciones de abandono condiciones de vida similares a las de un hogar. En consecuencia, existen 53 hogares de niños sin amparo familiar en Cuba; de ellos, seis en Villa Clara, distribuidos en la capital provincial y los municipios de Camajuaní, Santo Domingo y Manicaragua.

A casi seis años de su creación, la institución ubicada en territorio camajuanense ha despedido a cinco jóvenes que, al arribar a los 18 años, pasan a ser atendidos por los órganos locales del Poder Popular de sus respectivos lugares de origen y se incorporan a la vida laboral. En este 2023, la dirección del centro prevé el egreso de cuatros menores, de los diez que actualmente amparan.

«Cuando el pequeño llega a nuestro hogar cuenta con atención médica y educación. Además, recibe alojamiento, uniforme escolar, ropa de vestir, calzado y alimentación. De igual forma, adquieren un estipendio para sus gastos personales, en correspondencia con lo estipulado», expresa Pedro Ferrer Cintra, quien experimentó un cambio radical en su vida al asumir la subdirección del centro en el 2020.

La ubicación geográfica del Hogar de Niños sin Amparo Familiar de Camajuaní facilita el vínculo de los menores con las plantas y los animales, al estar en contacto constante con el campo.(Foto: Nileyam Pérez Franco)

Graduado de Cultura Física, Ferrer Cintra, uno de los ocho hombres que dirigen un hogar de este tipo en Cuba, reconoce que cada día en el rol de director —labor que asumió desde hace casi un año— constituye un reto para él en el ámbito profesional y personal. «Generalmente esta tarea la han asumido las mujeres, pero creo que resulta positivo que los menores también tengan la referencia de una figura paterna. Solo tenía una hija y una nieta, y ahora esa cifra aumentó y velo por la integridad de diez niños», explica y sus ojos delatan el orgullo de un padre.

«Nosotros funcionamos como una familia cualquiera y este lugar es su casa», expresa Pedro, al frente de un colectivo que busca ofrecer amor, cariño, educación y protección a menores privados del calor familiar. Él conoce las características, traumas, gustos y potencialidades de cada uno de los pequeños. Por eso sabe que los jimaguas de 12 años, Jorge y Jessika, son los indicados para mostrarnos la casa.

«Jorge, te toca a ti porque eres el otro hombre de la familia, estamos rodeados de mujeres», le dice en un tono jocoso. El niño sonríe con picardía y toma el mando en el recorrido por el patio exterior. Muestra las matas de guayaba, café, coco y mango, las 14 gallinas, los dos cerdos y las plantas medicinales. «¡Mira —señala agitado—, tío Pedro, ya ese mango está maduro! Mañana hay que tumbarlo».

Entramos a la casa y Jessika nos enseña la cocina, el comedor, la sala y los cuartos, que parecen sacados de un libro de cuentos, con peluches encima de las camas. En cada sitio prevalece la organización y la limpieza. «Soy la responsable del orden en las habitaciones y el balcón», dice Jessika, quien se muestra muy madura para su edad, puede que esa sea su personalidad innata o el resultado de las difíciles circunstancias que le ha tocado vivir.

Las condiciones del inmueble permitieron transformarlo en un centro acogedor. La plantilla laboral incluye a ocho asistentes para el trabajo educativo, tres enfermeras, una trabajadora social, dos subdirectoras, una administradora, tres auxiliares de limpieza, dos cocineras, una dependienta de almacén, dos auxiliares de cocina, un operario de mantenimiento, dos guardias, un obrero agrícola y el director, y todos se involucran de diferentes formas en el cuidado de los menores.

«Me encargo de asegurar cada proceso y trato de que los recursos humanos no varíen, porque eso implica que entre una nueva persona en sus vidas. Si es difícil tomar decisiones para un hijo, imagínate para diez», explica Yuraime Alemán Fernández, subdirectora del hogar desde hace ocho meses, y se emociona al rememorar la inolvidable experiencia de los 15 años de Roxana Gómez, una de las niñas acogidas en esta casa.

«Cuando vi a Pedro bailar el vals con ella, cómo lo apretó fuerte, y la tranquilidad que trasmitía su rostro como diciendo "aquí estoy con mi papá y mi familia", no pude contener las lágrimas», dice Yuraime, quien guarda esa imagen con celo en su memoria. Los 15 años de Roxana Gómez constituyeron el sueño cumplido de varias personas. Ella es la mayor de cuatro hermanos que hace cinco años llegaron aquí.

«Nunca se me va olvidar que en este lugar pasé el mejor día de mi vida, cuando pude compartir la celebración de mis 15 con mis amigas, las tías que me ayudaron incondicionalmente y mi familia que está aquí». En ese momento Roxana no puede evitar mirar a Maricela, la administradora, que está sentada entre los jimaguas, dos de sus hermanos, y confiesa: «A ella tengo mucho que agradecerle porque me apoyó desde el primer día que llegué, es el amor más grande que tengo y mi verdadera madre». Maricela cambia la vista, no puede mirar a Roxana. Trata de que las lágrimas no corran por sus mejillas y aprieta la mano de Jorge, quien no opina, pero la mira como si nunca quisiera dejarla y con el mismo amor que le confiesa su hermana.

Cuando el amor y el afecto mandan

Sobre la mesa, un retrato que inmortaliza otro momento feliz. «Es el viaje al delfinario» dice una de las niñas. Dos años de encierro y la incertidumbre de la COVID-19 impidieron la realización de actividades dedicadas al disfrute. «Ahora estamos cumpliendo con el deber del esparcimiento y la recreación. Era una deuda que teníamos con ellos. Hace unos días estuvimos en la playa, y durante la semana de receso docente los llevamos a las piscinas más importantes del territorio», asegura Ferrer Cintra.

El tercer domingo los niños del Hogar pasan el día en una finca o CCS del municipio. Comparten con los campesinos, hacen recorridos por las plantaciones y despiertan su interés por las plantas y los animales. Por lo general, reciben un donativo de los productos cosechados en el lugar del encuentro. La ANAP, Azcuba, Azumat y algunas mipymes del territorio han hecho aportes también.

Respaldados por leyes, decretos leyes y el Código de las Familias, los hogares para niños sin amparo familiar buscan construir los vínculos afectivos de los infantes en estado de abandono y vulnerabilidad. La asimilación de una nueva familia conlleva tiempo y dedicación.

El director del Hogar cuenta que «de los menores que tenemos hoy aquí, hay seis cuyos padres perdieron la tutela por cometer delitos que los afectaron en aspectos físicos o psicológicos».

La recuperación de los lazos consanguíneos y el retorno a sus familias de origen constituyen las metas principales de los representantes administrativos de esta red institucional. Sin embargo, la relación no siempre se restablece.

«A veces se ponen majaderos, pero hay que entenderlos. Todos tienen su trauma», reflexiona María Elena Bofill, quien desde hace cuatro meses pertenece al selecto grupo de las tías del Hogar. Se trata de niños con carencias afectivas, por eso hay que sobrellevarlos. Ellos dicen que le paso más la mano a uno que a otro, pero todos tienen un corazón enorme».

Las historias por contar emergen en la sonrisa de Pedro y Yuraime. Los pequeños logros se hacen sublimes. «Hace unos días alguien intentó movernos a una niña —recuerda Ferrer—, y ella, sin dudarlo, dijo: “Yo de aquí no me voy hasta que cumpla mis 18 años, porque no me pueden sacar de mi casa”». La pequeña está en lo cierto, desde el primer día que abrió las puertas del acogedor Hogar en las afueras de Camajuaní, su familia está ahí donde el amor incondicional de unos extraños se convirtió en verdadero y cercano. Prueba inequívoca de que existen lazos más fuertes que los de la consanguinidad.

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