Entre el 28 de febrero y el 3 de marzo de 1895, Santa Clara vivió la celebración más brillante de su historia.
Las calles se engalanaron con banderas, se levantaron arcos de triunfo en las esquinas y 16 escudos en el parque representaban a cada uno de los poblados que entonces integraban la provincia.
En el centro de la Plaza Mayor —hoy parque Vidal— una réplica de la Torre Eiffel de 28 metros de altura, construida en maderas finas nacionales por el ingeniero Cornelio Berenguer, se alzaba cubierta con 25 000 flores confeccionadas a mano por las damitas villaclareñas y engalanada con bombillitas de colores.
Se inauguraba la planta eléctrica donada por Marta Abreu y, con ella, una nueva era para la ciudad.
Las crónicas de la época, rescatadas por la historiadora Hedy Hermina Águila Zamora, describen un escenario de cuento.
«La Torre Eiffel parisina se había inaugurado en 1889 para la Exposición Universal —recuerda Judiel Reyes Aguilar, afiliado y comunicador de la Unión de Historiadores de Cuba en Villa Clara—. Era el símbolo del progreso. Que Santa Clara levantara su propia réplica era una declaración de principios: esta ciudad quería ser moderna, quería estar a la altura de su tiempo».
El libro que recoge la historia de la planta añade que la torre fue dedicada a Marta por las señoras, señoritas y señores de la comisión encargada de atender los festejos.
La noche del 28 de febrero, el teatro La Caridad —otra de las obras magnas de Marta Abreu— acogió una gala solemne.
Fernando Sánchez de Fuentes y Martina Pierra de Poo recitaron poemas compuestos para la ocasión; la señorita Carmen de la Barrera declamó A mi madre, firmada por Pedro Estévez Abreu, hijo de los benefactores.
Como colofón, se puso en escena la revista Villa Clara, con libreto de Antonio Berenguer y música del violinista Néstor Palma. Al terminar la función, se oprimió un botón y se hizo la luz.
«Una luz clarísima alumbraba sus calles y sus viejos edificios —escribió un cronista anónimo—, mientras los mecheros antiguos del gas parecían dormitar, abochornados, en sus faroles».
Para Hedy Hermina Águila Zamora, aquel instante «no fue solo un acontecimiento técnico, fue la prueba de que la voluntad de una mujer podía transformar el rostro de una ciudad entera».
Aquel febrero de 1895 no fue solo el mes de la electricidad, sino, también, el mes de la misericordia. El 1.° de marzo, en plenos festejos, se inauguró el dispensario El Amparo, institución destinada a brindar atención médica gratuita a los niños pobres de Santa Clara.
El edificio que lo albergaba había sido construido en 1889 para el bicentenario de la ciudad, obra del arquitecto Herminio Leiva, y se levantaba en un solar que en tiempos de la colonia había servido como depósito de esclavos cimarrones.
Los doctores Rafael Tristá y Eugenio Cuesta propusieron la apertura del dispensario el 7 de diciembre de 1894. Marta Abreu, que seguía las noticias de su ciudad desde La Habana, leyó la propuesta y convocó de inmediato a Tristá.
La Benefactora se comprometió a financiar todo el material necesario: 1500 pesos, y mandó a traer desde Francia los implementos quirúrgicos, las medicinas, todos los complementos médicos.
El Ayuntamiento cedió el edificio. Cuando quisieron ponerle su nombre, ella se negó. «Que se llame El Amparo —dijo Marta—, porque de eso se trata: de amparar a quienes no tienen nada».
Con consultas y atenciones gratuitas desde las siete de la mañana hasta las cinco de la tarde, el dispensario funcionó durante años.
Sobre esta obra, Judiel Reyes Aguilar ha insistido en que revela el carácter profundamente humanista de la benefactora, mientras que Hedy Hermina Águila Zamora subraya que «Marta entendía la filantropía no como un gesto de caridad, sino como un deber de justicia».
Hoy, 131 años después, Santa Clara recuerda la Torre Eiffel de madera y flores que ya no está, pero el legado de Marta Abreu perdura en cada rincón de la ciudad que ella contribuyó a transformar.
Como bien señalan los historiadores, su obra no fue un simple acto de mecenazgo, sino la expresión de una profunda convicción: el progreso y la justicia social debían caminar de la mano.