La historiadora Adriana Mani Benítez, vicepresidenta primera de la Unión de Historiadores de Cuba en Villa Clara, tiene una tesis que duele por lo cierta: «Su recompensa por luchar por la libertad fue la soledad». Y luchar contra la soledad, dice, es en sí un acto de valentía.
Cuando se estudia a las mujeres que conspiraron en Santa Clara durante las guerras independentistas, emerge un patrón incómodo.
Muchas de las que lideraron clubes femeninos nunca se casaron. Otras, como Carolina Rodríguez —a quien José Martí llamó «el alma de Cuba»—, regresaron a la isla después de la guerra ciegas, enfermas y en la más absoluta pobreza. La soledad no fue una excepción; fue la norma para quienes osaron salir del lugar que la sociedad decimonónica les tenía reservado.
Pero antes de la soledad vino la subordinación. En la Junta Revolucionaria de Santa Clara, durante la Guerra de los Diez Años, conspiraron 14 mujeres. Una cifra apreciable para la época, pero con una característica común: casi todas tenían relaciones parentales con los patriotas.
Eran madres, hermanas, esposas o hijas de conspiradores y oficiales mambises. Javiera Consuegra era madre del general José de Jesús Monteagudo. Pastora González, hermana del dueño del cafetal donde se produjo el alzamiento villareño. Inés Morillo, concuña del patricio Miguel Jerónimo Gutiérrez.
Esa subordinación se hizo estructural durante la Guerra Necesaria. Carmen Gutiérrez Morillo, sobrina de Miguel Jerónimo e Inés Morillo, presidió el Club Hermanas de Juan Bruno Zayas.
El nombre lo dice todo; sus integrantes eran esposas, madres e hijas de los miembros del club masculino Juan Bruno Zayas. «Dicha subordinación se evidencia desde el mismo nombre», apunta Mani. No eran ellas por sí mismas: eran las hermanas de, las hijas de, las esposas de.
Y, sin embargo, a pesar de ese marco que las confinaba a un rol secundario, actuaron. Inés Morillo confeccionó la bandera que viajó desde San Gil hasta Guáimaro. Fue detenida, condenada a muerte, indultada y recluida en la Casa de Recogidas de La Habana junto a presas comunes hasta la Paz del Zanjón.
Pastora González guardó prisión en la iglesia Nuestra Señora del Carmen y, años después, salvó a la familia de un músico asesinado trasladándola a caballo hasta Trinidad. Ana Fernández Velazco, conspiradora desde 1868, huyó a Cienfuegos perseguida por la metrópoli y allá se convirtió en pedagoga y patriota.
Pero el problema mayor no es solo cómo vivieron, sino cómo las hemos recordado. Mani explica que, durante décadas, la historiografía cubana abordó a las mujeres mambisas desde el género biográfico, presentándolas como casos excepcionales, «mujeres magníficas», semidiosas.
Eso crea una ilusión, pareciera que fueron seis, siete, ocho nombres los que hicieron la historia. Pero no. «Hubo un enjambre de mujeres valerosas que lucharon por la independencia —insiste la historiadora—. Muchas, muchas, de las que no se tiene ningún tipo de registro.»
¿Y por qué no existe ese registro? Por la misma discriminación que vivieron en su tiempo. Si sus contemporáneos no las reconocieron, si las fuentes no se guardaron, si sus nombres apenas aparecen en listas sueltas, los historiadores de hoy se encuentran con un muro infranqueable.
«Como no fueron reconocidas a finales del siglo xix a principios del xx cuando terminó la guerra tampoco, ahora en el xxi no podemos completar el estudio porque las fuentes no están», sentencia Mani.
Hay un llamado actual de la historiografía nacional a realizar estudios de género, a dignificar y relatar las acciones de la mujer cubana en las gestas independentistas. Pero el camino está lleno de vacíos.
Las investigaciones quedan truncas porque no hay documentos que verifiquen los acontecimientos ni la significación de la participación femenina. La mujer patriota recoge el anonimato no solo de su tiempo, sino también de este tiempo, donde sin embargo se reconoce la validez de investigar su papel.
El gran reto, dice Mani, es visibilizar no solo a las que sobresalieron a pesar de todo —Inés Morillo, Carolina Rodríguez, Ana Fernández, Javiera Consuegra, Pastora González, Carmen Gutiérrez Morillo— sino señalar que hubo un espíritu colectivo de apoyo a la independencia, tanto en Cuba como en la emigración.
Sin dudas, «el gran mérito sería lograr que no solo se visibilice a esas siete u ocho personas extraordinarias, sino reconocer que muchas, muchas mujeres quedaron en el total desconocimiento, olvidadas en la historia, sin que se reconozca ni su nombre ni su participación».
Cuando comenzó la guerra, a muchas les quitaron todas sus propiedades, pasaron a la pobreza extrema, y sin embargo siguieron firmes con sus ideales. Al terminar la contienda, las presidentas de los clubes femeninos de Sagua, Santa Clara y Cienfuegos —Las Villas occidentales— nunca se casaron.
Lucharon por la libertad de la patria y su recompensa fue la soledad. Enfrentarla, en una época donde la mujer valía en función del hombre que tuviera al lado, fue quizás su última batalla.
Esas son las que conocemos. Las otras, las que no dejaron rastro, esperan aún su lugar en la historia. O tal vez no; tal vez su lugar sea precisamente ese, el anonimato colectivo de quienes hicieron posible la independencia sin pedir nada a cambio, ni siquiera un renglón en los libros.