A Sandy Orlando Moré Mir le basta entrar al aula para que ocurra algo parecido a un conjuro. No importa si son médicos en formación de Villa Clara, artistas de la Facultad de los Medios de Comunicación Audiovisual en La Habana o profesores de Español-Literatura de Cienfuegos y Sancti Spíritus en busca de nuevas rutas didácticas.
Cuando este doctor en Ciencias Pedagógicas —hoy al frente del Colegio Universitario de la Universidad de Ciencias Médicas de Villa Clara— habla de literatura, algo se transforma.
Lo descubrió hace años Beti, una profesora del Instituto preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas (IPVCE) de la central geografía, detenida tras la puerta de su aula mientras él leía fragmentos de El reino de este mundo. Mackandal, el señor del veneno, cobraba vida en su voz. Ella no pudo seguir de largo. Nadie puede cuando Sandy habla.
Sucede que Moré Mir no enseña lengua y literatura, las encarna. Y esa pasión visceral, forjada en una trayectoria que parece empeñada en demostrar que el conocimiento no entiende de fronteras institucionales, lo ha llevado a dejar huella en casi todos los escenarios posibles de la educación cubana.
Desde las aulas en el municipio villaclareño de Corralillo hasta los claustros de La Habana, pasando por una secundaria en Varadero, la Escuela de Instructores de Arte, la Universidad de Ciencias Informáticas, y los más importantes centros de la Educación Superior de la región central del país, completa un periplo que él mismo resume con una convicción inquebrantable: «Yo siempre voy a ser profesor de lengua española y literatura, y sus didácticas; esa es mi especialidad, esa es mi pasión, independientemente de donde esté».
Hasta que la Maga le confirmó el camino
Pero antes de los títulos, las tutorías y los reconocimientos, hubo un niño en el central Quintín Banderas de Corralillo, que vivía en las bibliotecas. Las bibliotecarias fueron otras madres.
Allí devoraba libros mientras afuera lo esperaba un pueblo de casas humildes y cañaverales infinitos. Hijo de aquella geografía, creció entre la primaria Félix Varela y una secundaria en Rancho Veloz donde tres mujeres marcaron su destino: Marlene Figueroa Casanova, que le enseñó la excelencia de los trazos en la pizarra; Aleida Molina Mazorra, aquella profesora temperamental que hacía sentir los latigazos del ingenio en Cecilia Valdés, y la sin par Magalis Molina, a quien llamaban la Maga ―quizás por casualidad, nos recuerda ahora el personaje-musa de Cortázar en Rayuela― y que terminó por confirmar el camino y la vocación pedagógica.
«Yo fui un estudiante indisciplinado —confiesa sin pudor—. Necesitaba que me tuvieran constantemente ocupado, y si la clase no me interesaba, provocaba». Sin embargo, algo inesperado torció su rumbo; huyendo de las becas, se matriculó en la escuela emergente de contadores.
Para sorpresa de todos, el muchacho que rehuía los números se enamoró de la contabilidad. «Las cuentas T, los libros mayores, los comprobantes... aquello era tan analítico que me atrapó», recuerda. Llegó a ser el primer expediente y alumno ayudante, y con solo 18 años ya era subdirector económico de la Empresa de Transportes Escolares en Corralillo.
Pero el destino —o como él dice, «lo que está para ti, está para ti»— lo reclamaba. Una visita de un metodólogo al Politécnico donde dirigía el departamento de Humanidades provocó el desafío final: «¿Por qué usted no se cambia de carrera? ¿Qué hace estudiando economía si tiene alma de humanista?».
Aquella tarde, Sandy entendió que todos los caminos —incluso los que parecían desvíos— lo habían estado conduciendo siempre al mismo lugar: el aula de lengua y literatura.
Hombres necios que acusáis...
No obstante, no todo ha sido elogios y puertas abiertas. Quien conoce a Sandy Moré Mir sabe que su paso por las instituciones deja una estela imborrable, pero no siempre exenta de tormentas.
«El rigor, la exigencia, siempre han sido rasgos de mi personalidad», admite. Y esa forma de entender la profesión —con la ética y la calidad por delante, sin concesiones— le ha granjeado no pocos enfrentamientos con colegas recelosos, jefes que veían en su brillo una amenaza, y puertas que injustamente cerraron, a veces, opciones laborales.
Como Sor Juana Inés de la Cruz, aquella que tanto cita y que denunció con ironía la ceguera de «hombres necios que acusáis a la mujer sin razón», Moré Mir ha debido lidiar con la incomprensión de quienes confunden la exigencia con la dureza intransigente, el compromiso científico con la arrogancia.
Pero él lo tiene claro: «Me enseñaron a dialogar, a discutir con posicionamiento científico y académico. Respeto otros criterios, pero defiendo los míos con argumentos. Si eso molesta, no puedo hacer nada».
Quizás por eso, cuando le preguntan por esa «aura controversial» que lo acompaña, prefiere recordar a sus estudiantes, aquellos que hoy en la calle le siguen diciendo, emocionados, que nunca olvidarán la clase donde él afirma «me gustan las personas que tiemblan, la gente que vibra».
Y él mismo tiembla y vibra. Como Dulce María Loynaz, que supo hacer de la palabra un territorio de intensidades, Sandy puede pasar del estado de mar en calma a océano embravecido en cuestión de segundos. No es contradicción, es la marca de un geminiano, como él mismo dice, que aprendió que la enseñanza verdadera ocurre justo en esa frontera donde la razón se encuentra con la pasión.
El reino de este mundo
Hoy, desde la Universidad de Ciencias Médicas, sigue sembrando. Coordina el Colegio Universitario, integra comités académicos de maestrías y doctorados, tutela investigaciones, y continúa impartiendo cursos de Metodología de la Investigación y Comunicación Científica.
Sus artículos siguen apareciendo en revistas científicas dentro y fuera de Cuba. Pero él insiste, su reino sigue siendo el de la palabra.
Como el Mackandal de Carpentier que no dejaba de transformarse, Moré Mir encuentra en cada nuevo escenario la posibilidad de reinventarse sin perder su esencia, «siendo de todo y sin medida».
«Yo nunca violento los procesos —dice—. Hay que vivir cada etapa, formarse desde la base. No puedes ser director si no has sido jefe de departamento, no puedes ser jefe de departamento si no has sido profesor guía. Todo eso da una perspectiva que no se aprende en ningún manual».
Y esa filosofía, forjada en 24 años de docencia ininterrumpida y tantos lugares, es quizás su mayor legado; la certeza de que la excelencia no es un destino, sino un camino que se recorre paso a paso, aula por aula, libro por libro, alumno por alumno.
Cuando se le pregunta por el futuro, sonríe con esa intensidad que lo caracteriza. «Seguiré donde me necesiten. Porque al final, uno no elige su pasión. Ella lo elige a uno». Y mientras haya un aula, un alumno, un poema que compartir, Sandy Moré Mir seguirá allí, haciendo temblar y vibrar a quienes tienen la fortuna de escucharlo. En su reino, la palabra es el verdadero veneno que transforma, el hechizo que libera, la llama que no se apaga.