Los Caimanes: un modelo de gestión en un ecosistema marino bajo presión

El área protegida marina Parque Nacional Los Caimanes celebrará un nuevo aniversario el próximo 26 de marzo, en medio de retos crecientes para la conservación de sus ecosistemas marinos y la gestión sostenible de sus recursos.

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Vanguardia - Villa Clara - Cuba
El Parque Nacional Los Caimanes abarca 28 717 hectáreas en la plataforma y 114 hectáreas de tierras emergidas en forma de cayos. (Foto: Naturaleza Secreta)
Félix A. Correa Álvarez
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23 Marzo 2026

Aislado, remoto y prácticamente intacto, el Parque Nacional Los Caimanes se extiende como uno de los tesoros mejor conservados de la plataforma marina cubana. Su distancia de tierra firme y la ausencia de accesos terrestres han jugado a favor de un equilibrio natural que hoy lo convierte en un enclave de extraordinario valor ecológico.

Aunque su administración comenzó en 2002 y su aprobación legal llegó en 2008, la historia de este parque no puede contarse solo desde fechas. Se trata de un espacio donde la naturaleza ha seguido su curso con mínima intervención humana, permitiendo la persistencia de ecosistemas complejos, frágiles y altamente diversos.

Arrecifes coralinos del Parque Nacional Los Caimanes.
Los arrecifes coralinos sostienen una parte esencial de la biodiversidad del parque y garantizan procesos ecológicos clave. (Foto: cortesía de la entrevistada)

En este entorno, la vida se despliega con una intensidad notable. Hasta la fecha se han registrado 929 especies, de las cuales 744 pertenecen al ámbito marino y 185 al terrestre. Sin embargo, lejos de ser una cifra definitiva, este inventario continúa creciendo. Solo en los últimos cinco años se incorporaron 237 nuevas especies, una señal clara de que el conocimiento científico sobre el área aún está en construcción y que su biodiversidad podría ser incluso mayor de lo que hoy se conoce.

Arrecifes coralinos, pastos marinos y playas naturales conforman la base de este entramado ecológico. Los arrecifes, en particular, sostienen una parte esencial de la biodiversidad del parque y garantizan procesos clave como la reproducción de numerosas especies, el equilibrio de las cadenas tróficas y la protección natural de las costas.

En ese contexto, la gestión del área ha requerido no solo conocimiento científico, sino también articulación institucional. Para la máster en ciencias Leticia Más Castellanos, investigadora del Centro de Estudios y Servicios Ambientales de Villa Clara (CESAMVC) y administradora del parque, uno de los mayores resultados ha sido precisamente la forma en que se ha organizado el trabajo conjunto entre los actores involucrados.

«El logro principal en la gestión del parque ha sido alcanzar el comanejo efectivo entre CESAMVC y la Empresa Pesquera Industrial de Caibarién (Epicai) en función de salvaguardar los recursos naturales del área, de los que ambos somos responsables», afirma. Este proceso, explica, no ha sido sencillo: «Fue largo, difícil y complejo teniendo en cuenta los diferentes encargos sociales de ambas entidades. CESAMVC enfocado en la conservación de los recursos naturales y Epicai con una función principal extractiva».

Comanejo del CESAMVC y Epicai.
El logro principal en la gestión del parque ha sido alcanzar el comanejo efectivo entre CESAMVC y Epicai en función de salvaguardar los recursos naturales del área. (Foto: cortesía de la entrevistada)

Sin embargo, esa aparente contradicción ha terminado por convertirse en una fortaleza. Según la especialista, el fortalecimiento de las relaciones entre instituciones ha permitido incrementar la presencia en el área y mejorar las acciones de control. «Este hecho, unido al fortalecimiento de las relaciones con los órganos reguladores del territorio ha propiciado incrementar la presencia en el parque y las actividades de vigilancia, investigación y monitoreo, lo que indudablemente ha beneficiado el manejo y conservación de los recursos naturales», señala.

Pero si hay un rasgo que distingue al Parque Nacional Los Caimanes es su papel como zona de reproducción. En sus aguas se localiza un importante sitio de desove de peces comerciales, donde se estima que nueve especies de pargos y meros encuentran condiciones óptimas para reproducirse. Este proceso no solo es vital para la sostenibilidad de estas poblaciones dentro del parque, sino que tiene implicaciones a escala regional.

Investigaciones científicas han demostrado que las larvas generadas en esta zona pueden dispersarse a través de corrientes marinas y contribuir al reclutamiento de poblaciones en otros territorios del Caribe, incluyendo Cuba, Las Bahamas y La Florida. En otras palabras, lo que ocurre en Los Caimanes impacta ecosistemas a cientos de kilómetros de distancia.

Investigación y monitoreo de especies marinas en el Parque Nacional Los Caimanes.
Durante los últimos años, el parque ha fortalecido sus capacidades de investigación y monitoreo. (Foto: cortesía de la entrevistada)

La propia administradora del parque insiste en que, en áreas de estas características, la vigilancia constituye un pilar esencial. En ese sentido, se han implementado regulaciones específicas orientadas a proteger momentos críticos del ciclo biológico de las especies. Entre ellas, sobresale la prohibición total de la actividad pesquera durante el mes de mayo, incluso con fines investigativos, debido a su importancia para la reproducción de pargos, meros y aves acuáticas. «La junta de comanejo ha establecido varias regulaciones dirigidas a disminuir estas amenazas», explica.

Estas medidas se complementan con la participación de inspectores estatales en las expediciones al área, lo que ha contribuido a reducir la pesca ilegal en uno de los periodos más sensibles del año. «Ambas medidas han disminuido notablemente la pesca ilegal en uno de los meses más importantes para estos eventos», añade.

A esta función ecológica se suma la presencia de especies emblemáticas. Entre ellas destaca el delfín nariz de botella (Tursiops truncatus), frecuente en estas aguas, así como poblaciones importantes de langostas, esponjas, cobos y peces de alto valor comercial. También se han documentado especies pelágicas migratorias como atunes, pez espada, dorado y agujas, que utilizan esta zona como parte de sus rutas en mar abierto.

El parque es, además, refugio y área de reproducción para especies amenazadas del Caribe. Tortugas marinas como Chelonia mydas encuentran aquí espacios seguros para su ciclo de vida, mientras que el cobo (Lobatus gigas), recurso pesquero de alto valor, mantiene poblaciones en zonas profundas que funcionan como reservas reproductivas.

En este escenario ocurre, incluso, uno de los fenómenos más singulares reportados en aguas cubanas: la llamada «siesta de tiburones», asociada a la especie Carcharhinus perezi. Este comportamiento, aún poco estudiado, añade un elemento de singularidad a un ecosistema que ya de por sí resulta excepcional.

La riqueza del parque no se limita al mundo marino. Sus cayos constituyen puntos clave dentro de rutas migratorias de aves que conectan América del Norte y del Sur. Estas pequeñas extensiones de tierra emergida funcionan como zonas de descanso, alimentación y nidificación para numerosas especies, muchas de ellas acuáticas, que encuentran en este entorno un refugio alejado de presiones humanas.

A ello se suma la función del parque como corredor natural de intercambio entre la plataforma y el océano. A diferencia de otras áreas afectadas por infraestructuras como pedraplenes, en Los Caimanes se mantienen dinámicas hidrológicas que favorecen la renovación de las aguas y el mantenimiento de procesos ecológicos esenciales.

Paisaje del Parque Nacional Los Caimanes.
El parque posee valores paisajísticos con alto potencial turístico. (Foto: cortesía de la entrevistada)

Desde una perspectiva paisajística, el área ofrece escenarios de alto valor para la contemplación y el turismo de naturaleza. Fondos marinos, arrecifes, playas vírgenes y pecios —restos de embarcaciones hundidas— configuran un paisaje diverso y atractivo. Sin embargo, más allá de su potencial turístico, estos elementos forman parte de un sistema ecológico delicado, donde cada componente cumple una función específica.

En su conjunto, el Parque Nacional Los Caimanes se presenta como un espacio donde convergen biodiversidad, procesos ecológicos clave y una notable capacidad de resiliencia. No obstante, esa riqueza también implica fragilidad. Como resume su administradora, el manejo del área depende de la acción coordinada de múltiples actores: «En un área marina tan grande y de difícil acceso se requiere el apoyo de muchos actores para lograr resultados».

La conservación de este entorno depende, en gran medida, de mantener las condiciones que hasta ahora han permitido su preservación: aislamiento, regulación y un equilibrio sostenido entre el ser humano y la naturaleza.

Donde la conservación se planifica

Si algo distingue al Parque Nacional Los Caimanes no es solo su riqueza natural, sino el entramado de estrategias, normas y esfuerzos humanos que han permitido sostenerla en el tiempo. Porque, aunque su aislamiento ha sido una ventaja, la conservación de este espacio no ha sido fruto del azar, sino de una gestión planificada que ha evolucionado durante más de dos décadas.

Desde el inicio de su administración en 2002 —y su posterior reconocimiento legal en 2008— el parque ha contado con el respaldo de diversos proyectos nacionales e internacionales. Entre ellos, el programa PNUD/GEF Sabana-Camagüey desempeñó un papel clave al dotar al área de capacidades materiales básicas y contribuir a la formación de especialistas. Ese impulso inicial sentó las bases de un modelo de manejo que, con el paso de los años, ha ido ganando en complejidad y alcance.

Uno de los pilares de este proceso ha sido la implementación de planes de manejo, vigentes desde 2006. Estos documentos, lejos de ser estáticos, se han ajustado a las condiciones y desafíos de cada etapa. El actual ciclo culmina en 2026, mientras ya se trabaja en su actualización con una proyección que podría extenderse hasta 2036, en correspondencia con el Decreto Ley 83 «del Sistema Nacional de Áreas Protegidas».

Pero la gestión de un área marina de estas dimensiones no puede sostenerse sin coordinación institucional ni trabajo conjunto. En ese sentido, la experiencia del parque ha estado marcada por la construcción de consensos entre actores con funciones y objetivos distintos.

«La gestión consensuada entre ambos comanejadores ha sido la vía para lograr conciliar los diferentes intereses», reconoce Más Castellanos. Según explica, este proceso ha implicado aprendizaje continuo: «Ambos hemos aprendido sobre la marcha a tomar decisiones consensuadas e involucrar al resto de los actores».

Ese enfoque ha sido clave para articular una gestión que no depende de una sola entidad, sino de múltiples instituciones que interactúan en el territorio. En palabras de la especialista, el alcance del área y sus características obligan a esa lógica colaborativa: «El área de manejo es grande y los recursos limitados, pero con el apoyo de todos seguiremos avanzando».

Pero ¿qué implica, en la práctica, manejar un ecosistema como Los Caimanes?

Implica, en primer lugar, generar conocimiento. Durante los últimos años, el parque ha fortalecido sus capacidades de investigación y monitoreo, lo que ha permitido ampliar significativamente el inventario de especies y comprender mejor el funcionamiento de sus ecosistemas. Las expediciones científicas y las acciones de vigilancia han aumentado, contribuyendo no solo a documentar la biodiversidad, sino también a detectar amenazas y evaluar el estado de conservación del área.

En ese sentido, la propia investigadora subraya que el manejo efectivo no se limita a la planificación, sino que depende de la presencia activa en el terreno. «El fortalecimiento de la capacidad de manejo y de la vigilancia es la acción principal para garantizar la protección de los recursos naturales y procesos ecológicos», afirma.

Asimismo, el incremento de medios y recursos para la vigilancia ha sido un factor determinante. «El aporte de instituciones como la Agencia de Medio Ambiente (AMA), el Centro Nacional de Áreas Protegidas (CNAP) y la ONG WildAid han sido importantes», señala, en referencia al respaldo externo que ha permitido reforzar la capacidad operativa del parque.

Aves en los cayos ubicados en el Parque Nacional Los Caimanes.
 Los cayos del parque funcionan como zonas de descanso, alimentación y nidificación para numerosas especies de aves, muchas de ellas acuáticas. (Foto: cortesía de la entrevistada)

En paralelo, el manejo del área se estructura en torno a objetos de conservación claramente definidos: los sitios de agregaciones reproductivas de peces comerciales, los arrecifes coralinos y las comunidades de aves. Sobre ellos se concentran los esfuerzos de monitoreo e investigación, así como las principales medidas de protección.

Sin embargo, la dinámica natural del ecosistema, sumada a la interacción humana, ha generado un conjunto de presiones que deben ser atendidas de manera constante.  «Persisten importantes retos por delante, ya que la magnitud del área exige mayores capacidades operativas que las disponibles actualmente», advierte la experta.

El trabajo en Los Caimanes también se inserta en un contexto más amplio de compromisos nacionales e internacionales. El parque forma parte de la Reserva de Biosfera Buenavista, está reconocido bajo el Convenio Ramsar y se incluye dentro de un Área de Importancia para las Aves, lo que refuerza su valor dentro de redes globales de conservación.

A nivel estratégico, su plan de manejo se alinea con las Metas Aichi, los Objetivos de Desarrollo Sostenible y las políticas nacionales para el enfrentamiento al cambio climático. «Esta articulación confirma que la gestión del parque responde no solo a necesidades locales, sino a estándares internacionales que exigen resultados medibles y sostenibles», sostiene Más Castellanos.

Sin embargo, más allá de marcos normativos y compromisos globales, la protección efectiva del área depende del cumplimiento de regulaciones específicas que ordenan el uso del territorio.

Botes de pesca.
Entre las regulaciones específicas que ordenan el uso del Parque Nacional Los Caimanes sobresale la prohibición de la pesca en todas sus formas. (Foto: cortesía de la entrevistada)

Entre ellas se incluyen la prohibición de la pesca en todas sus formas, la restricción de actividades turísticas sin supervisión, la limitación de construcciones no autorizadas y el control sobre la introducción de especies exóticas. También se establecen normas para evitar la contaminación, el manejo inadecuado de embarcaciones y cualquier acción que pueda alterar los ecosistemas.

Estas disposiciones se complementan con una zonificación del área que define distintos niveles de uso, desde zonas de conservación estricta hasta espacios destinados a actividades controladas como el buceo contemplativo o el turismo especializado. Alrededor del parque se establece, además, una zona de amortiguamiento que ayuda a mitigar impactos externos.

El sistema de gestión se apoya en 16 programas de manejo, entre los que destacan los vinculados a la vigilancia, el monitoreo, la investigación y la educación ambiental. Este último, en particular, reconoce que la conservación no depende únicamente de normas, sino también de la participación consciente de quienes interactúan con el área.

En conjunto, todas estas acciones reflejan una idea esencial que atraviesa la gestión del parque: la conservación no es un estado alcanzado, sino un proceso continuo que exige coordinación, adaptación y compromiso.

Como resume su propia administradora, el desafío no es menor, pero tampoco imposible: «se trata de sostener, en el tiempo, un equilibrio entre conocimiento, regulación y acción que permita proteger un ecosistema único en condiciones cada vez más complejas».

Entre la memoria y la presión humana

En apariencia, el Parque Nacional Los Caimanes es un territorio intacto. No hay asentamientos humanos en su interior, no existen carreteras que lo atraviesen ni infraestructuras que alteren su paisaje. Sin embargo, esa imagen de aislamiento es solo una parte de la historia. En torno a este espacio convergen intereses, tradiciones y dinámicas económicas que lo colocan en el centro de tensiones cada vez más visibles.

El parque no está habitado, pero no está desconectado. Tres comunidades costeras —Caibarién, Playa Vitoria y Punta Alegre— han mantenido durante décadas una relación estrecha con estos cayos y sus aguas. La pesca, en particular, ha sido un elemento central de esa relación, no solo como sustento económico, sino como práctica cultural profundamente arraigada. Es precisamente ahí donde comienzan los conflictos.

Las regulaciones que hoy protegen el parque —y que prohíben, entre otras actividades, la pesca en su interior— han transformado el acceso a recursos que históricamente formaban parte del espacio de vida de estas comunidades. A ello se suma la expansión del turismo en polos cercanos como Cayo Santa María y Cayo Coco, que introduce nuevas dinámicas de uso sobre el territorio.

Vinculación del Parque Nacional Los Caimanes y el Turismo.
Lograr el vínculo directo con los polos turísticos de Cayo Santa María y Cayo Coco constituye una acción estratégica para el próximo ciclo de manejo del parque. (Foto: cortesía de la entrevistada)

El resultado es un escenario donde convergen tres fuerzas principales: la conservación, el turismo y la pesca. Cada una con intereses legítimos, pero no siempre compatibles.

Las empresas pesqueras, junto a pescadores contratados y bases vinculadas a la actividad, ven restringidas áreas tradicionalmente explotadas. Las comunidades perciben una reducción en sus espacios de subsistencia. El turismo, por su parte, demanda acceso a escenarios naturales de alto valor, lo que incrementa la presión sobre determinados ecosistemas. Y en medio de todo ello, la administración del parque intenta sostener un equilibrio que no siempre resulta sencillo.

En ese contexto, la gestión del área ha evolucionado hacia un enfoque más integrador, donde el vínculo con los actores externos resulta decisivo. «Una acción estratégica para el próximo ciclo de manejo es lograr el vínculo directo con los polos turísticos de Cayo Santa María y Cayo Coco», explica Más Castellanos. «Ambos hacen uso de los recursos naturales con fines turísticos, por lo que su conservación es la única manera de propiciar su uso sostenible».

La especialista subraya que esta relación no es opcional, sino imprescindible: «La alianza con estos polos es fundamental para incrementar la presencia y la capacidad de monitoreo».

A estos actores se suman instituciones como las Fuerzas Armadas Revolucionarias y el Ministerio del Interior, cuya presencia en la zona responde a dinámicas específicas —como el control de actividades ilícitas— y que, aunque generan conflictos puntuales, suelen ser de más fácil manejo dentro del sistema de gobernanza.

Pero las tensiones actuales no son las únicas capas que conforman la historia de Los Caimanes.

El área, aunque pobre en asentamientos permanentes, guarda huellas de un pasado diverso y, en ocasiones, enigmático. Uno de los elementos más visibles es el faro que se alza en la zona, una estructura cuya historia se remonta a inicios del siglo xx. Diseñado para orientar la navegación naval y aérea, fue modernizado en 1954 mediante una construcción de hierro fundido y maquinaria relojera que aún hoy define su imagen. Tras el paso del huracán Irma en 2017, algunas de sus partes debieron ser reparadas, como recordatorio de la vulnerabilidad de estas infraestructuras frente a los eventos climáticos.

Faro del Parque Nacional Los Caimanes.
Uno de los elementos más visibles del área protegida es el faro que se alza en la zona. (Foto: Naturaleza Secreta)

Más discretos, pero igualmente significativos, son los vestigios arqueológicos vinculados a la presencia humana en épocas precolombinas. «En Cayo Caimán de la Mata de Coco se ha registrado el hallazgo de un artefacto lítico aborigen, una lasca de piedra con evidencias de trabajo humano que no corresponde a la geología local», subraya Más Castellanos. Este tipo de evidencia sugiere que grupos indígenas transitaron o hicieron uso de estos territorios, probablemente en actividades de navegación, asentamiento temporal o aprovechamiento de recursos marinos.

Estos hallazgos, aunque puntuales, abren una línea de investigación que aún no ha sido completamente desarrollada en el parque. La ausencia de estudios arqueológicos sistemáticos —tanto en tierra como en el entorno submarino— limita la comprensión integral del papel que estos cayos pudieron haber tenido en las dinámicas de las poblaciones originarias del archipiélago cubano.

En palabras de la propia especialista, «el territorio guarda información histórica que todavía no hemos logrado documentar en su totalidad», lo que refuerza la necesidad de continuar explorando estas evidencias desde una perspectiva interdisciplinaria que combine arqueología, historia y ciencias marinas.

El mar, por su parte, guarda otras historias. En sus aguas reposan varios pecios, dos de ellos bien identificados. Uno se encuentra en aguas someras y es utilizado para el snorkeling, aunque su estado es muy deteriorado y se conocen pocos detalles sobre su origen. El otro, ubicado en una barra arrecifal a escasa profundidad, parece corresponder a una embarcación de cabotaje que encalló por error de navegación en el Canal Viejo de Bahamas. Hoy, lejos de su función original, estos restos se han convertido en refugios artificiales para peces, especialmente juveniles, integrándose al ecosistema marino.

Sin embargo, no todos los relatos están documentados. «Pescadores que han frecuentado la zona durante años hablan de otros posibles sitios de interés histórico aún no explorados». Sus testimonios, junto a experiencias vividas en el mar, comienzan a ser considerados como una línea de investigación emergente, donde la memoria oral puede aportar claves sobre el pasado del lugar.

El parque también ha sido escenario de episodios más recientes, algunos vinculados a problemáticas contemporáneas. «Durante años, su ubicación lo convirtió en punto de tránsito para salidas ilegales del país y en zona de operaciones contra el narcotráfico». Aunque estas dinámicas no tienen hoy la misma intensidad, forman parte de la historia reciente del área.

A ello se suman prácticas ya desaparecidas, como las llamadas romerías: visitas ocasionales de pobladores costeros que acudían a los cayos para realizar celebraciones familiares y comidas marineras. Estas actividades, aunque cargadas de valor cultural, entraban en conflicto con los objetivos de conservación del parque.

«Son prácticas que forman parte de la memoria social de las comunidades, pero que debieron ser reguladas por su impacto sobre ecosistemas frágiles», señala Más Castellanos, quien reconoce que la gestión del parque también ha implicado transformar formas tradicionales de relación con el entorno.

Incluso la historia nacional encuentra ecos en este territorio. La región ha sido señalada como una de las posibles zonas donde pudo desaparecer el Comandante Camilo Cienfuegos en 1959. A pesar de las búsquedas realizadas, no se han obtenido resultados concluyentes, pero la hipótesis sigue formando parte del imaginario asociado a estas aguas.

A nivel internacional, otra figura deja su huella: el escritor estadounidense Ernest Hemingway. Durante la Segunda Guerra Mundial, utilizó algunos de los cayos del parque —especialmente Media Luna y Caimán Grande del Faro— como base para sus patrullajes a bordo del yate Pilar, en busca de submarinos nazis. Aquella experiencia, entre la vigilancia y la aventura, terminaría influyendo en su novela Islas en el golfo.

Pero más allá de la historia y las tensiones humanas, el mayor desafío del Parque Nacional Los Caimanes sigue siendo su futuro.

Las presiones sobre sus ecosistemas, especialmente sobre los arrecifes coralinos, constituyen una preocupación creciente. En algunos casos, el alcance y la severidad de estas amenazas aún no se comprenden completamente, lo que limita la capacidad de respuesta. Este vacío de información subraya la urgencia de fortalecer la investigación científica y el monitoreo continuo.

Al mismo tiempo, el equilibrio entre uso y conservación se vuelve cada vez más delicado. ¿Cómo proteger sin excluir? ¿Cómo permitir el desarrollo sin comprometer la integridad del ecosistema? ¿Cómo integrar a las comunidades sin poner en riesgo los recursos que se intentan preservar?

«No se trata solo de gestionar el presente, sino de prepararse para un futuro que exige mayor conocimiento, presencia y articulación con los actores del territorio», advierte la administradora. En esa línea, insiste en que los retos inmediatos están asociados a la capacidad operativa: «Necesitamos mayor permanencia en el parque, ampliar las áreas de vigilancia y lograr investigaciones más sistemáticas que abarquen mejor los objetos de conservación».

También reconoce limitaciones actuales y aspiraciones aún no alcanzadas: «Existen necesidades de investigación que hoy no están satisfechas; algunas son todavía sueños, pero son esenciales para el desarrollo futuro del parque».

Y resume el espíritu de ese esfuerzo continuo con una frase que condensa el sentido de la labor: «Más trabajo, pero del que se disfruta».

Los Caimanes no es solo un espacio natural protegido. Es un territorio donde confluyen biodiversidad, historia, economía y cultura. Un lugar donde cada decisión —permitir, prohibir, regular— tiene implicaciones que trascienden sus límites geográficos.

En ese cruce de caminos, el parque enfrenta su mayor reto: mantenerse como santuario sin dejar de ser parte del mundo que lo rodea.

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