«Maceo tenía heridas más profundas y no abandonó el combate. Yo estoy en perfecto estado», fueron las palabras que esta entrevistadora cree recordar. Salieron de Justo Rodríguez Gattorno, alguien que, en Villa Clara y en Cuba, no exige mucha presentación. Supe que por aquellos días enfrentaba problemas y gestiones de salud. Sin embargo, la carrera contrarreloj entre medicamentos y hospitales no impidió su ritual sagrado.
Abrió las puertas de Electromecánica, de su oficina y de su vida (en ese orden). Las cuatro paredes que lo absorben desde hace años, y el pequeño cuadro de Albert Einstein con una reflexión sobre la crisis, atestiguaron la historia de quien hizo y vivió mucho antes de convertirse en el director de una de las empresas más prestigiosas de la provincia. Puede que todos conozcan al Justo de canas, gorra y bigote, pero el niño de Seibabo también necesita hablar.
Cuenta que proviene de una humilde familia campesina de este sitio, perteneciente a Manicaragua. Allí pasó sus primeros años en una escuelita rural y, al llegar a quinto grado, subió a Topes de Collantes para continuar sus estudios.
Llegó la juventud y, con ella, el servicio militar. Justo rememora que cumplía su deber con la patria en la cuarta división de Remedios cuando le propusieron optar por el Ejército Juvenil del Trabajo (EJT) y adentrarse en la agricultura.
«Tenía solo 16 años y tomé esa decisión porque tengo ocho hermanos y era muy difícil para mi papá mantenerme. Yo era el mayor de los varones y existía la posibilidad de cobrar dinero. Tenía la responsabilidad de crecer rápido y ayudar a mis padres que dieron tanto por mí.
«Con esa edad comencé a cortar caña. Al principio me dolían mucho las manos. Resultaba complejo adaptarse a los guantes o la mocha. Yo era de origen campesino, pero nunca había tenido esa necesidad. Así pude apoyar a mi familia y resolver mi problema personal. Como joven, tenía el deseo de juntar “cuatro quilos” y poder pasear, ir a la feria de Sancti Spíritus. Me gustaba eso».
Se describe fanático a la vida en el campo. Este escenario le propició una infancia y juventud sanas, en las lomas y ríos, junto a sus primos que vivían cerca. Recuerda que les llamaban «la rodriguera». Luego, el destino hizo que Justo saliera de Manicaragua, pero Manicaragua no ha salido de Justo.
«Nunca he dejado de atender a los míos ni de ir a mi terruño. Tengo la suerte de que, al ser un poquito mayor, me reconocieran como Hijo Ilustre de ese municipio y me entregaran el Escudo de la ciudad».
A Rodríguez Gattorno lo enorgullece el hecho de haber aprendido varios oficios, aunque rústicos. Asume que la vida se basa en saber de todo para que en ningún momento le pese haber tenido que cortar caña, guataquear o chapear. Hacer todo eso forjó, indudablemente, su persona. A los 19 ya no dependía del salario de su padre, de lo poquito que hacía. Entonces, vino a Santa Clara a conseguir trabajo, a crecer.
Electromecánica era entonces un taller en la época de transformación hacia la Ecoing 25. Ahí arribó con el motivo de pasar una escuela de montaje.
«Aquí había muy buenos profesionales. Tú sabes que los guajiros siempre se dan a querer con todo el mundo. Yo empecé a trabajar y las personas aquí me tomaron aprecio. Estaba preparado porque nada se me hacía difícil. Cualquier cosa me servía, soldar, lo que fuese. Aquí encontré gente muy buena. Un ingeniero eléctrico, Walterio Ruiz, tuvo una relación maravillosa con nosotros. Él se dedicó a enseñarnos, a prestarnos libros, a darnos clases los sábados no laborables…».
Justo logró convertirse en electricista montador, su primer oficio en los predios que hoy dirige. A ello sumó después los puestos de jefe de brigada y chofer. Aprendió a soldar con bronce, varilla, estaño; fabricó transformadores de soldar; laboró en la construcción de algunas presas en Villa Clara y otras provincias…
Fue citado por las reservas militares para participar en la guerra de Angola. En el año 1982 dio el paso al frente para colaborar con la importante misión internacionalista.
«Estuve 24 meses allá. También aprendí muchas cosas. Como era electricista de profesión tenía una relación con la telefonía y me pusieron a trabajar, primero, de comunicador; luego, de liniero. Además, atendí todas las redes de comunicación de la Defensa Antiaérea Sur».
De tierra africana guarda diversas memorias. No olvida los seis meses en un desierto de Mozambique, la construcción de un aeropuerto o las noches de sueño compartido con cobras que, para su suerte, nunca lo picaron.
«La vida en una guerra siempre está en peligro, pero nos salvamos si tenemos experiencia, si sabemos protegernos. Le hice a mi padre la promesa de regresar y la cumplí. Me cuidé sin dejar de asumir las tareas que me tocaban y enfrentar momentos difíciles, por supuesto».
Pero las anécdotas de Justo transitan de lo normal a lo insólito. Sospechó de personas con dialectos raros que posteriormente les caerían a tiros; recibió un peñasco de concreto encima, un golpecito en la cabeza, la persecución de una rastra−cañonera; participó en la captura de un enemigo y, hasta hoy, cree que el sufrimiento de su columna se lo debe al suelo angolano. Apenas contaba con 23 años.
Más que dirigente, líder
«Me sorprendió cuando los que me rodeaban me eligieron como director de Electromecánica. Incluso, de una forma dura, con la expresión de algunos compañeros que plantearon que, si yo no dirigía la empresa, sería un delito. Entonces, yo aprendí a dirigir Electromecánica. Las cosas que me servían las guardaba en la memoria; las que no, las olvidaba.
«Creo que la experiencia vale mucho a la hora de dirigir. Yo no era tan adulto, pero sí tenía experiencia porque, desde joven pasaba trabajo y trataba de luchar la vida. Por otra parte, mantenía el respeto. Eso me lo enseñó mi padre desde que nací. Y lo aplico para todo».
Aunque se define como «compartidor» y compañero, Rodríguez Gattorno coloca el respeto por delante del chiste y el trago de ron.
«Considero que resultó difícil para un Justo que no era nadie, sencillamente un trabajador, sustituir a directores que luego, al dirigirlos yo, me respetaron. Pensé que sería un poco más complejo, pero nadie chocó. Todo el mundo asimiló mi dirección».
El líder califica de elemental el llevarse bien con los trabajadores sin dejar de fungir como un cuadro. Plantea que hay que darles lo que les toca, sentir por ellos, ayudarlos en los momentos donde lo necesiten y fomentar la interacción también con sus familias.
«Lo otro es confiar en la gente. Y exigir, tratar de que las planificaciones se cumplan. El jefe que proyecta una cosa y la analiza bien, tiene que hacerla bien. Eso me lo enseñó Fidel.
«Una de las cuestiones más importantes radica en tener participaciones concretas en todas las actividades que tienen que ver con el Estado; es decir, una acción bien definida en las misiones de la provincia o cualquier lugar de Cuba. Que el director sepa que eso creará un impacto positivo en la población, porque eso es ayudar. Eso es cooperar y hacer Revolución».
El pensamiento de Albert Einstein lo ha motivado a dirigir. Confiesa que la foto del notable físico figuró como uno de los primeros ornamentos en su oficina.
«No soy una gente tan profesional. Me gusta más ser práctico. Entonces, yo digo que hay que conversar y, de una buena discusión, sale un buen aprendizaje. Pero, con una buena discusión y un buen aprendizaje, las células se activan y empiezan a trabajar con más eficiencia; si no, no llegamos a ningún lado. Estas cosas las he tomado de Einstein y constituyen una base para mí. Mis ídolos son él y Fidel».
Aunque nunca tuvo el privilegio de compartir de manera cercana con el Comandante en Jefe, Justo atesora las mejores lecciones de quien supo ser un auténtico líder.
«Soy fidelista hasta la muerte. Los ejemplos de Fidel significan las esencias de mi existir, de mi enseñanza, de mi preocupación. Permanecen en mi corazón. Creo que eso me ayudó a sembrar un sentido de pertenencia por lo que hago. Fidel hacía todo lo que decía. ¿Por qué nosotros no podemos hacerlo igual?
«Aquí muchos dicen: “Yo soy Fidel”, pero para ser Fidel hay que comprometerse con la vida y con uno mismo, hay que hacer. Resulta difícil ser como él, pero al menos contamos con la capacidad para intentarlo».
Con respecto a la obra de la Revolución, Rodríguez Gattorno, más que agradecido, se muestra consecuente.
«Fui un niño que nació en un barrio pobre. Mi padre solo fue 28 días a la escuela porque no tenía dinero para pagar eso. Por tal motivo, cuando comparo la historia de mi padre con la mía, percibo que no pagué nada por esa oportunidad. Y eso es Fidel. Entonces, yo sí soy Fidel. Aplico todo lo que aprendí y lo haré mientras esté vivo. Realmente, para mí Fidel es lo máximo».
Basado en la figura del Comandante, Justo conduce los hilos de Electromecánica bajo los más altos principios de humanidad. Ha emprendido, desde su empresa, obras que favorecen a los trabajadores y la comunidad, así como el Comandante en Jefe edificó obras para el bienestar de Cuba.
«Lo primero fue un compromiso estatal con nuestra empresa, con nuestro plan de producción, pero sin dejar de responder a las actividades que, como cubanos, nos corresponden: ayudar en los hospitales, las escuelas y proyectarnos como empresarios por la comodidad de nuestros trabajadores, sobre todo los más jóvenes, que son el futuro de la Revolución. Aquí se ha entendido la necesidad de las obras sociales. Creo que he sido un líder en Electromecánica y me han seguido. Por mi parte, los he complacido y lo haré hasta el día que esté aquí».
Una sala de historia plagada de reconocimientos y banderas habla en nombre del colectivo, pero también de ese motor que, pese a sus años, no cuenta con fecha de jubilación. Se siente satisfecho; no obstante, piensa que podía o puede aportar más al país que lo acoge como un hombre feliz. No descansa ni dormido. Su satisfacción se completa con sus nietas, el dominó y los amigos que lo acompañan siempre.
Ya no juega a la pelota ni practica la caza o la pesca submarina, pero su cuerpo y su mente aún producen la energía suficiente para otra de sus pasiones, Electromecánica, la institución que comparte, junto a la familia, el podio de la casa-vida del señor Justo.