
Cuando el bayamés Perucho Figueredo escribió los primeros versos de lo que sería nuestro Himno Nacional, definió la esencia del supremo deber para con la Patria. Aquel 20 de octubre de 1868 en las gargantas de compatriotas blancos, mulatos y negros se escuchaba la melodía de una obra musical que encierra en sí el significado de ser cubano.
Sentir orgullo de pertenecer a esta isla del Caribe, va más allá del acto natural de nacer en ella. En esa identidad e idiosincrasia la cultura constituye ingrediente fundamental, que no se circunscribe solo a las manifestaciones artísticas, sino a cada símbolo patrio, a nuestra historia, héroes y mártires, tradiciones, platos autóctonos, leyendas y personajes populares, la jerga, gesticulaciones, forma de caminar...
Ser cubano(a) también encierra el amor hacia la tierra sin importar el lugar donde nos encontremos, es defenderla a toda costa y en cualquier circunstancia. Es tenerla siempre presente como «ara, no pedestal ». A través de la cultura y sus cultores nos nutrimos y aprendemos, desde pequeños, cómo amar y debernos a Cuba.
Palpamos nuestra identidad en las obras de Martí, Villaverde, Heredia, la Avellaneda, Milanés, Plácido o El Cucalambé; en las contradanzas de Cervantes y Saumel; en la letra y acordes del bolero Tristezas, de Pepe Sánchez; en la mulata, el negrito y el gallego del teatro bufo; en la creación trovadoresca de Sindo Garay, Corona, Villalón y Rosendo Ruiz.
Nos definimos cubanos en los ritmos del danzón, son, mambo y chachachá; en las voces de Benny, Miguelito Valdés, Barroso, Rita, Paulina y Cuní; en la música de Matamoros, Piñero, Arsenio, Pérez Prado, Jorrín, Chapotín y Chano Pozo; en la rumba armada en el solar, en los toques de bembé que los negros esclavos y cimarrones no se dejaron arrancar.
Hallamos el espíritu de la cubanía en los versos de Byrne, en los cuales no dejó claro que en nuestra nación basta solo una bandera. ¡Una sola, la de las franjas azules y blancas, el triángulo rojo, la estrella solitaria! O en las palabras de Eduardo Saborit: «Qué linda es Cuba, quien la defiende, la quiere más ».
Nos llenamos de orgullo con la poesía de Guillén, Dulce María, Carilda, Eliseo, Lezama, Fina, Ballagas y Regino Pedroso; con las novelas de Carpentier y la obra de Cintio; con las joyas teatrales de Virgilio, Estorino, Quintero y otros dramaturgos, y en las declamaciones criollísimas de Luis Carbonell.
Nos identificamos con las creaciones pictóricas de Menocal, Collazo, Romañach y Lam; con La Habana de Pogolotti, los gallos de Mariano, los guajiros de Abela, los vitrales de Amelia y la enigmática transparencia de Carlos Enrique y Cervando.
Defendemos también nuestra Patria en cada paso de conga, en las parrandas y verbenas, en las tradiciones que no dejamos morir. Allí, en nuestras comidas y bebidas, en los dulces de las abuelas y las flores sembradas en el jardín.
Cuando cantamos el himno evocamos todo ese tesoro cultural que muchos estamos dispuestos a defender y salvar. Quien quiera desprenderse y renegar de todo ello, podrá ser cubano de nacimiento, pero jamás de espíritu y alma.