
Jamás olvidó el excelso trompetista y compositor trinitario Julio Bartolomé Cueva Díaz el Gaspar Blanco que modeló Alejo Carpentier en La consagración de la primavera (1978) aquellos años de residencia en Santa Clara, ciudad que lo acogió en su formación musical. No importa que en la actualidad no se aborden los instantes que lo inspiraron a llevar al pentagrama un recuerdo histórico que tuvo su estreno en París, y luego se divulgó en las emisoras de radio de la central localidad cubana.

El joven, entonces, no podía borrar de la memoria el Concurso Anual de Bandas de Música Infantiles Cienfuegos, Trinidad, Sagua la Grande, Santa Clara, Remedios, Caibarién y Sancti Spíritus, organizado por la Sociedad de Instrucción y Recreo El Gran Maceo, en la antigua capital provincial, para recordar la caída en combate del Titán de Bronce y su ayudante Panchito Gómez Toro en San Pedro, Punta Brava.
En 1911, Cueva Díaz (1897-1975), como instrumentista de la banda trinitaria llegó a Santa Clara para participar en aquel certamen, y cuatro años después es ya integrante de la agrupación de música del centro cubano. Fortalece estudios y presentaciones artísticas bajo las batutas de los maestros Domingo Martínez (director) y Agustín Jiménez Crespo (asistente), momento en el cual comenzó sus labores de composición de danzones.
El autor de El golpe de bibijagua y Tingo Talango, entre otras antológicas composiciones, tendría prendida en la memoria el recuerdo de Santa Clara, la ciudad de su formación musical y de los amores y la familia. ¿Cómo olvidar la triste evocación del despojo que le hicieran a la Banda de Trinidad, en su primera incursión en concurso, del premio de 1911? ¿Cómo no recordar las ínfulas de segregación racial, entonces, en el parque Vidal?
Bien recuerda La Publicidad (Diario Político y de Información), de Santa Clara, la nostalgia de los niños trinitarios cuando recibieron el adverso veredicto del jurado al ubicar a la agrupación de Cienfuegos como la galardonada. Una polémica sugerida desde El Clarín, de Caibarién, y sustentada por otros rotativos de Remedios, hablaba de favoritismos hacia los instrumentistas de la Perla del Sur.
A pesar de esa primera colisión desfavorable, Cueva Díaz, ya cornetín solista en la Banda Municipal de Santa Clara, partió después de la ciudad y en breve tránsito por Cienfuegos y La Habana, llegó a París, sitio de reunión de artistas y escritores cubanos.
En el bautizado cabaret La Cueva compuso y estrenó en 1934 Santa Clara (bolero-son), de contenido patriótico. Un lustro después se difunde por la emisora CMHI, ubicada en Tristá y Virtudes, en la capital de la provincia. Otra vez, dedicada al Liceo de Villaclara, propaga la pieza el viernes 18 de diciembre de 1942, fecha de bailable y congratulación a ese centro histórico de batallas por la independencia nacional.

La letra aborda aspectos vinculados a los símbolos patrióticos y de tradición pilonga de la localidad, y habla de las aspiraciones de crear la universidad y constituir un centro permanente de cultura. Otras piezas anteriores divulgó Julio Cueva en Santa Clara: Campanario, dedicada a la Parroquial Mayor; Chucumbún y Ten cuidado con Irene, de crítica social contra la discriminación racial. De igual manera promocionó, por las emisoras CMHI y CMHW, sus principales composiciones de entonces.
Del compositor e instrumentista trinitario, apenas conocido su paso y trascendencia en Santa Clara, quedan pendientes diversas aristas, algunas tratadas por Dulcila Cañizares en Alé alé reculé (2010), y otras contenidas en papelerías de los periódicos villaclareños. No obstante, su quehacer artístico-musical constituye un referente de permanente olvido.