
Al paso de la primera década del siglo pasado los nacionalistas, con mayor énfasis, desde la revista Cuba Contemporánea enarbolaron los sanos anhelos por «resistir, resistir, resistir » frente a los aviesos vistazos de las administraciones norteamericanas. No cesaron de batallar ante la Enmienda Platt y las prerrogativas impuestas entonces al país.
Años después Emilio Roig de Leuchsenring, al abordar en esa publicación el «Nacionalismo e internacionalismo de Martí », resaltó la urgencia de estar «alertas siempre a la mirada y los intereses del coloso, que en todo momento nos acecha, espiándonos para encontrar en nuestras dificultades, flaquezas, contratiempos y caídas, motivos o pretextos que le permitan desarrollar […] sus viejas ambiciones ». Ahora, el escenario internacional es diferente, aunque se asoman similares propósitos imperiales.
La alerta llega hasta nuestros días. Conviene volver al pasado para encontrar los orígenes persistentes de muchos proyectos que contravienen las normas del Derecho Internacional. Por caminos hostiles anda el presidente estadounidense, Trump. La implementación del Título III de la Ley Helms-Burton constituye una vía abierta para que los ciudadanos de ese país hagan reclamaciones a las propiedades que antes tuvieron en Cuba y fueron nacionalizadas después de 1959. Ese fue el año del cambio que tanto molestó a otros. También es el tiempo en que apareció El mito de Monroe escrito en décadas anteriores, en el cual el mexicano Carlos Pereyra traza una radiografía que se extiende a nuestros días.
El teórico advierte, al referirse a las administraciones norteñas, que «quieren los negocios y un protectorado en cada nación. […] Quieren el azúcar, el petróleo, los ferrocarriles, las maderas y los frutos tropicales. Para todas estas conquistas se ha creado una nueva diplomacia […]: la diplomacia del dólar. Esto es, sustituir las balas por los dólares ». Claves análogas refuerzan ahora la cruzada económica, comercial y financiera contra los cubanos, sin dejar de tocar los vínculos solidarios que se sostienen con otros países.
Es el añejo interés de tomar el control absoluto de la isla caribeña. No importa que la Ley Helms-Burton, repudiada en los más remotos confines del mundo, sostenga un acéfalo empeño por doblegar de hambre y enfermedades a un pueblo. Desconocen, incluso, ese carácter alejado de toda claudicación que anima la historia nacional en generaciones precedentes.
Nadie olvidará las acciones subversivas que vinieron después de iniciadas las nacionalizaciones con la entrega de tierra a los campesinos, el cierre de casinos y…, hasta los intentos por derrocar el curso socialista e internacionalista de un país dispuesto, frente a crudas contingencias, a no retroceder jamás.
José Antonio Ramos, el dramaturgo cubano que transitó del reformismo al marxismo-leninismo, en su Calibán Rex (drama político) refirió: «Yo solo estoy en posesión de una verdad: ¡que amo a la Humanidad, que amo a mi patria! », y por su bienes tar jamás admitiremos tutelajes y desconoceremos amenazas.
Sería como negar el pensamiento ideológico de José Martí. También el de José Antonio Saco cuando afirmó: «Yo desearía que Cuba no solo fuese rica, ilustrada, moral y poderosa, sino que fuese Cuba cubana », criterio que esgrimió frente a aquellas ideas relacionadas con la incorporación de la Isla a los destinos de Estados Unidos.
La Administración yanqui, después de meses de amagos y rei teradas amenazas, lanzó al ruedo el Título III de la Ley Helms-Burton, válido, indicaron, a partir del pasado jueves 2 de mayo. Es la fecha escogida para que «cubanoamericanos » presenten las querellas ante tribunales de Estados Unidos por daño a sus propiedades confiscadas hace seis décadas. ¿Y qué?... Muchos países con sólidos vínculos comerciales con Cuba dejaron notas de protestas ante posibles sanciones, y alegaron que mantendrán sus rutas de intercambios recíprocos. Nosotros, en cambio, seguimos el curso de nuestra vida, pero mejor preparados.
Hay que volver a la historia. También apasionarse con nuestra historia. En una relectura de Contra el yanqui (1913), de Julio César Gandarilla, se detalla cómo «siempre se ha visto en Cuba el más provechoso punto de estrategia y de apoyo » en el «cálculo » de los norteamericanos, así lo dice cuando habla del quinto presidente norteamericano, James Monroe, y su célebre «Doctrina » para adormecer a incautos.
En la segunda década del pasado siglo, cuando el matancero Carlos M. Trelles compiló el Estudio de la bibliografía cubana sobre la Doctrina de Monroe, se percató de que existían más de 1000 títulos entre libros, folletos, artículos y documentos oficiales. Hoy se duplicaría, tal vez, similar cifra ya no vista desde los conceptos de «Anexión y compra », «beligerancia y neutralidad », «motivos humanitarios »â€¦ Sin embargo, siempre la meta última: Cuba para los americanos y la «democracia » que quieren imponer según sus normas y trazados.
Nada de subestimaciones en una guerra continúa que ya suma años. Cuando el general independentista Enrique Collazo escribió Los americanos en Cuba (1905) precisó: «Aprendamos en la historia de nuestro pasado á [sic] desconfiar […], para poder hacernos fuertes, si es que queremos conservar la independencia absoluta y la libertad. […] El Gobierno americano ha sido siempre un enemigo de la independencia cubana, su política ha sido siempre hostil ».
Cuba, por supuesto, no cree en una ley como la Helms-Burton, que pondera la esclavitud y una vuelta a la historia. Nuestro pasado no es desmemoria, y aunque desde 1996, cuando se «pregonó ese aparato jurídico », son latientes las intimidaciones y los cacareos de las administraciones norteamericanas, nuestros zapatos se aprietan en algunas ocasiones, pero aprendimos a caminar solos, sin tutelajes, órdenes ni imposiciones. Siempre dispuestos a afincar el camino del bienestar colectivo.