Si el vocabulario cojea, el pensamiento tropieza

El progresivo y universal deterioro del lenguaje refleja un pensamiento también resentido. La defensa del poder simbólico del idioma demanda esfuerzos integrales, basados en el conocimiento, con la dosis justa de modernidad y tradición.

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Vanguardia - Villa Clara - Cuba
(Ilustración: Alfredo Martirena)
Mónica Sardiña Molina
Mónica Sardiña Molina
@monicasm97
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25 Mayo 2024

Llamada telefónica que se respete, termina, al menos, con cuatro «dale», no importa si duró apenas unos segundos. Todo directivo que quiera presumir dotes de orador sabe que «aperturar» luce más rimbombante que «abrir», «visualizar» opaca a «ver» y no hace falta hablar de «cantidad» si existe un «nivel», y hasta «nivelito», cuando la reserva es poca.

Para que una exposición oral valga la pena, necesita un «o sea» o un «y tal» cada dos frases. El asombro, la felicidad, el cansancio, el enojo… cualquier estado de ánimo pierde autenticidad sin el cierre de un «no te puedo explicar», y si la explicación resulta inevitable, hay que sumar unos cuantos «¿ves?» o «¿tú me entiendes?», para asegurarse de que el interlocutor comprende cada argumento.

El «literal», importantísimo. Ni caso a los que aseguran que la forma correcta es «literalmente» o que usarlo mucho implica abuso. ¡Quién dice que uno no puede morirse del susto o de la vergüenza, «literal», y contarlo después como si nada!

Y si seguimos a este paso, editaremos en tiempo récord un manual urgente para asesinar el idioma español, que trasmitiremos con señas y alaridos a los hijos y nietos de esta generación, mientras los estudiosos se dan gusto con nuevas teorías evolutivas.

De evidente a preocupante va el deterioro de la lengua española, apreciable, incluso, entre profesionales de la palabra. Repeticiones indebidas, verbos fáciles, muletillas, frases comunes, uso de vocablos ambiguos o con significado incorrecto en determinado contexto, términos importados, vulgaridades naturalizadas, errores y «horrores» ortográficos o de concordancia ilustran la sintomatología oral y escrita de un mal bastante avanzado, aunque reversible.

Como resultado de esa unidad dialéctica, la depauperación del lenguaje hace estragos en el pensamiento a la hora de relatar con claridad un suceso, exponer razones para rebatir o reafirmar determinada opinión, describir con precisión lugares, objetos o personas; encontrar un sinónimo, y expresar con firmeza un criterio. La comprensión de lo leído, la suficiencia y el orden lógico de las ideas también se ven afectados por un vocabulario diezmado.

Detrás, subyace el interés por la lectura, casi en peligro de extinción; la pérdida de la tradición oral, la enajenación y el mutismo en que sumergen las tecnologías digitales a quienes abusan de las pantallas, el facilismo de herramientas que imponen un receso a la atención, la memoria y todo lo que implique un esfuerzo mental. En resumen, nos hemos vuelto perezosos de ideas y palabras.

De seguro, análisis mucho más profundos han motivado reflexiones en años y hasta siglos anteriores, porque la lengua, como organismo vivo, se mueve al ritmo de los hablantes, y no siempre hacia una posición más encumbrada.

Sin embargo, en ninguna época resulta admisible la chabacanería dentro de lo coloquial ni las tendencias más modernas del léxico como pasaporte de la colonización cultural. El idioma preserva y refleja identidad, valores, historia y cultura de cada pueblo, y ese poder simbólico hay que defenderlo con conocimiento.

Tenemos poetas, cuenteros y novelistas de talla universal, refranes sabrosos, dicharachos auténticos, maestras inolvidables de las primeras letras y los textos más exigentes, saberes académicos y populares, y generaciones que se motivan con el estímulo adecuado.

Necesitamos actualizar los métodos de enseñanza, con una relación armónica entre tradición y actualidad; promover espacios y actividades culturales sistemáticos y atractivos que inciten el interés por la literatura, tanto en escenarios físicos como virtuales; difundir la obra e imagen de escritores vivos, estimular el debate y predicar con el ejemplo desde los medios de comunicación.

Debemos, también, hacer la tarea en casa, porque los diccionarios no muerden, los libros no entretienen ni aburren si no se abren, el «por qué» de un niño curioso educa tanto a quien pregunta como a quien busca respuestas, y a los abuelos les queda muchísima sabiduría en cada cuento.

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