Santa Clara: un canto a la vida en su aniversario

A 337 años de que aquellas familias procedentes de Remedios oficiaran la misa fundacional a la sombra de un árbol de tamarindo, la capital de Villa Clara celebra su existencia desnudándose tal como es: una ciudad que no se habita, se respira.

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Banda de música en la celebración del 337 aniversario de Santa Clara.
Momento de la celebración del aniversario 337 en el emblemático pàrque Vidal. (Foto: Tomada de la página de Facebook Vanguardia de Cuba)
Alba Thalía Valle Gómez
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15 Julio 2026

Santa Clara, la ciudad que se yergue como un faro de cultura en el centro de Cuba, celebra este año un nuevo aniversario de su fundación.

El reloj de la Iglesia Nuestra Señora del Carmen marca el pulso de un tiempo que no se mide en minutos, sino en siglos de adoquines y versos. Este 15 de julio, Santa Clara no cumple un año más de fundada; cumple un año más de complicidad con la palabra, con la guitarra al hombro y con la irreverencia indomable de sus parques. 

A 337 años de que aquellas familias procedentes de Remedios oficiaran la misa fundacional a la sombra de un árbol de tamarindo, la capital de Villa Clara celebra su existencia desnudándose tal como es: una ciudad que no se habita, se respira.

El aire santaclareño de julio trae consigo el eco indomable de la historia, pero aquí el pasado no es un monumento de mármol estático; es un pretexto para la creación. Al caminar por las cercanías del Parque Vidal, el corazón de la urbe, se percibe una efervescencia que pocas ciudades al interior de la isla logran retener. 

Si la ciudad tiene una banda sonora, esa es, sin duda, la de la trova. Santa Clara ha sido y sigue siendo el epicentro de un movimiento lírico que se resiste a envejecer. Espacios emblemáticos como El Mejunje —ese santuario de la diversidad y la cultura alternativa fundado por Ramón Silverio— se convierten en el refugio nocturno donde la trova no es solo un género musical, sino una forma de resistencia espiritual.

Aquí, la guitarra es una extensión del cuerpo. En sus peñas, las voces de consagrados y noveles se funden para cantarle al amor, a la utopía y a las contradicciones de una Isla que se reinventa a diario.

Es común ver a los jóvenes congregados en las escalinatas o bajo las farolas coloniales, compartiendo un acorde, un poema a medio terminar o una discusión encendida sobre el último libro publicado por la editorial local Capiro. La cultura en Santa Clara no se consume sentada en una butaca; se vive de pie, en la calle, compartiendo el mismo aire místico que alguna vez inspiró a tantos creadores.

Sin embargo, el verdadero milagro de la eterna juventud de Santa Clara ocurre unos kilómetros fuera de su centro histórico, en las aulas de la Universidad Central «Marta Abreu» de Las Villas (UCLV). No se puede entender la fisonomía ni el alma de esta ciudad sin el torrente constante de estudiantes que, año tras año, llegan de todos los rincones de Cuba.

La UCLV es más que una casa de altos estudios; es la arteria principal que bombea vida directamente al corazón de la urbe. Los estudiantes universitarios adoptan a Santa Clara y, en el proceso, la transforman. Son ellos quienes llenan las cafeterías, quienes dinamizan las noches de bohemia y quienes le otorgan a la ciudad ese carácter irreverente, crítico y vibrante.

La simbiosis es perfecta: la ciudad ofrece sus calles cargadas de mística y su historia de heroismo y arte, mientras que la juventud universitaria le devuelve la energía necesaria para no estancarse en la nostalgia del pasado. Y justo como sucede ahora –cuando llega el período vacacional–, Santa Clara parece entrar en un letargo silencioso, confirmando que es la savia joven la que verdaderamente enciende cada latido de la ciudad. 

Aunque si se mira a futuro, Santa Clara celebra su fundación no como quien cuenta arrugas, sino como quien repasa las páginas de un libro que aún se está escribiendo. Es la ciudad de Marta Abreu, la del Che, la de la trova indomable y las peñas bajo las estrellas. Pero, sobre todo, es la ciudad-hogar de miles de jóvenes que, al marcharse con un título universitario bajo el brazo, dejan para siempre un pedazo de su juventud sembrado en este rincón de Cuba.

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