El lunes amanece y el camino va rumbo al aniversario 65 de la fundación de Vanguardia, el periódico que fue madre y padre de otros dos diarios que llegaron a finales de los años 70 del pasado siglo —5 de Septiembre y Escambray, en las comarcas cercanas de Cienfuegos y Santi Spíritus—, y muchos de los colegas que llegaron antes, o después, se desperdigaron a otros sitios de mejor confort para la profesión o el bienestar familiar.
La casa alta de Céspedes número 5, devenida después en edificación con atisbos de modernidad levantada sobre otra vivienda de amplios salones y dos pisos en lo que antes fue la Sociedad Bella Unión, organizada en 1881 por humildes obreros y mulatos, todavía está en su sitio histórico.
Muchos recordarán aquellos añejos sillones de caoba americana con respaldo y asiento de cuero adornados con el repujado B/U, señal inequívoca de la antigua sociedad patriarcal. De allá acá otros cambios de locales ocurrieron en la edificación pero continuó el espíritu que desde la aparición, el 9 de agosto de 1962, asomó en Vanguardia, el periódico del centro cubano, dispuesto a sostener la información directa al lector, aunque azotaran vientos huracanados a la región. Allí llegamos en el primer lustro de los años 80 de la centuria pasada como parte de una generación de universitarios, ya en extinción, que, de atrás para adelante, acogimos el periodismo como ejercicio profesional.
Siempre aclaro «de atrás para adelante» porque la técnica periodística vino después, al correr del tiempo con la enseñanza diaria de otros consagrados colegas que acogieron a los recién aparecidos como hijos adoptivos, sin presunciones de extrañeza. Sabían que el estilo vendría después, como dijo el conde de Buffon, despojado de lo ampuloso del lenguaje, porque «escribir bien, es pensar bien», con claridad y limpieza de párrafos para conseguir la reflexión y la emoción del otro, el lector.
La escritura diaria del rotativo, impreso en azul y tipo sábana de cuatro amplias páginas, al amanecer estaba impreso en las calles de la ciudad y voceadores, o vehículos de dependencias de Correos, hacían propagar las noticias al más remoto de los confines de los trece municipios de la geografía central.
Eran otros tiempos: antes de que anocheciera se hacía la redacción de un periódico que horas antes circuló por carreteras, con reporteros que, de vuelta a la casa, en apuntes de agendas y en imágenes contenidas en la oscuridad de cámaras analógicas, traían la frescura de los acontecimientos desplegados por hombres y mujeres dispuestos a hacer historias.
Fue la época de la aparente pureza de géneros, carentes de la hibridez o mixtura, o contaminación, en una escritura en la cual predominó por un tiempo el denominado periodismo informativo.
Entonces, como en familia, nació la época dorada que dominó el último lustro de la octava década de siglo: un periodismo interpretativo, de corteza personal, donde, por igual comulgó lo narrativo con lo literario sin ínfulas de adormecer a los lectores con todo lo escrito.
Por esa época escribíamos, ya sueltos de tutores que hablaban de Buffon, con «El estilo es el hombre», ganando originalidad expresiva, y surgió un cambio de formato manual, de tipografía, de enfoques de temas, de ideación fotográfica y abordaje de géneros y la significación de la crónica, el reportaje denominado interpretativo, la entrevista de personalidad, el artículo y hasta secciones de pasatiempo.
El periódico dominical, de 1985-1992, supuso esa época diferenciadora en las ediciones dominicales, y apartados de Historia y Cultura, con la polémica incluida, con hechos que ganaron relevancia. No obstante, como decimos entre colegas, no eran montajes fríos, sino elaborados en «caliente», como la noticia misma, pero con otra factura de acabado.
Esos tiempos se fueron apagando por las circunstancias económica que afectaron al país. Hubo en el rotativo hasta un «apéndice radial», para, ante las limitaciones, dejar en oyentes noticias u opiniones. Otras tecnologías impusieron su imperio a la lectura y la informatización —hasta aparecieron otros géneros periodísticos—, pero prosiguió el idéntico afán de alejamiento al espíritu barroquista que enturbia, o tiende a oscurecer, el discurso textual en una historia y manera de contar.
Siempre digo que, a pesar de la sucesión de épocas y de la despedida de otros colegas y el arribo, lógico, de nuevas hornadas, la historia regional, del país y la síntesis internacional de cuanto acontece en el mundo, por etapas o períodos, está en las páginas —amarillentas por el color del papel, o digitales— de un periódico que «respira» con el tiempo y sus redactores, como archivo de noticias, tal como sucede con un bloque monolítico de piedra, dispuestos a mostrar un fragmento de todo lo desandado y lo que aún falta por alcanzar en un momento que el lector solicita información documentada, analítica, interpretativa o de opinión, más allá de la simple noticia de otras épocas.