Existe otra época, otro espacio, una luz mágica que ingenia el desorden del tiempo, las ganas y el pálpito que nos hace gritar. Ese infarto de emociones, el momento en que las palabras por sí mismas no se pueden expresar. Cubrí de luciérnagas la casa y tiré las llaves. No quería mirar. Me dije a mí misma que hoy, como ayer, se podía, pero, no pude detener el reloj.
El crono marcó el inicio. Prendí la tele, y me vi inmóvil, seducida e incapaz de reaccionar. Este enero ya se sabe diferente. ¡Villa Clara se ha paralizado! Los niños juegan pelota, los abuelos analizan, plantean y exigen, no por inconformidad, sino por la entereza de descubrir un talento.
«Son niños», exclaman los muchos, esos que ven con admiración cada inning, lance o bateo. Resulta hermoso recorrer los barrios y escuchar la radio «Preparado el pitchers...», o aquella tv, cuya rotación de luz eléctrica coincide con el horario del choque, en la que el narrador se deshace en halagos con la estadística del pitcheo. De repente, detienes el paso y de forma automática preguntas cómo va el juego. Una sala abrumada responde.
En tendencia se presentan el blanco, el negro y los disímiles tonos naranjas. Aquí todo va acorde al instante, pero no por moda o noticia de última hora. Hace días que una provincia lucha contra viento y marea, sin especulaciones absurdas ni enfado hacia el prójimo.
Disputar 16 juegos en menos de un mes fue titánico. En la idealización de un ranking quedábamos fuera. Aludieron a lo imposible para conceptualizar un hazaña magnánima. Victoria tras victoria, la epopeya los convirtió en gladiadores. La metamorfosis fue visible, auténtica, contagiosa. En el andar provincial Remedios, Cifuentes y Camajuaní acudieron al encuentro. En tierra de Valles y Parrandas los vi distintos, más gigantes. Este no era el equipo del que hablamos al inicio de la temporada. Había algo distinto, aunque seguía siendo el mismo róster.
«Otro triunfo y clasificamos», me sorprendí diciendo. Entonces, volví a observar. Escuché cuánto análisis se expresaba en las calles. Sonreí genuina y espontánea. Ante micrófonos y fotografías, la ciudad transformó su nombre. El manto naranja cubría cada palmo de esta tierra. Dentro y fuera, la tensión iba más allá de un hecho pasional. Resurgía el interés y la vida de los que aman el béisbol.
El Sandino prometió historias y nos propició momentos gloriosos. Aseguramos la mayor concurrencia del país durante la 64 Serie Nacional de Béisbol, no por la instancia, sino por el resultado. Así, transferimos el miedo a quienes nos tildaron de facilismos. Sacamos la estirpe, la garra, la historia. Ganamos dos en el Mella y el último en casa, esa que estuvo llena hasta el out 27 del tercer encuentro.
Con fallas, errores, desajustes y ansiedad intentamos recomponernos. Nadie dijo que iba a ser fácil, o que tuvieran algo que demostrar. Por sí solos, ya tenían el respeto de muchos. Aún así lucharon, y me atrevo a decir, que se enfrentaron más a ustedes que a su propio rival. Cada uno, en su forma y momento, estuvo cara a cara con el deseo y la incertidumbre de saberse capaz y humano. Todos, absolutamente, todos poseemos el derecho a equivocarnos. Hablar de errores y análisis técnico- tácticos no viene a colación. Estuvo tan cerca que dolió perderla. Sin embargo, existió en ustedes un don único e irrepetible.
El universo beisbolero manifestó un regalo y lo hubo. Amén de lo que digan las redes, los números o las jugadas del encuentro, los fanáticos de Occidente tiene razón cuando afirman que nos regalaron partidos. Sí, nos dieron jornadas de amor a esas letras que llevan en el pecho, revivieron una Ciudad Naranja que lejos de estar dormida, agonizaba en el fondo del lecho beisbolero. Nos hicieron soñar, enaltecer y disfrutar. Nos pusieron los nervios de punta y gritamos de tanta emoción.
Por ustedes, los extraños se abrazaron en las gradas. La afición aplaudió su entusiasmo. Tres jornadas y el mundo paralizó su ritmo. No hubo acontecimiento más importante que la actuación de esos cuarenta muchachos. Entonces, sí hubo regalo, aunque para los incidiosos quedaron en el camino.
Gracias por devolvernos el oxígeno, la pelea y el coraje. Caímos, sí, mas la historia empieza ahora. Así que si me preguntan, sí existe un regalo, porque quién los vio jugar solo puede agradecer la chispa de esa magia que se avecina.