Vine a este mundo con aretes. No tenía tamaño ni conciencia, pero ya mi cabello se adornaba con lazos y cintas. Intentaba dar mis primeros pasos a pocos centímetros del suelo y, entonces, portaba batas de encaje y medias de punta. Ni siquiera conocía la realidad, en cambio, algo brotaba en mí como una certeza infalible: era mujer.
Sobra decir que el ideal de feminidad se percibía en torno a estéticas y conductas, a parecer esas flores delicadas, puras, adornadas ante el universo. Años después entendí que existía un bosque detrás de aquellas lecciones de cómo sentarse, caminar, vestir o, incluso, hablar. Había un misterio encantador en las esencias que desconocía. Haber nacido con útero, ovarios y trompas de Falopio implicaba mucho más que voz baja o gestos recatados. Contenía una belleza oculta en un mar mezclado de satisfacciones y heridas. Era mujer, una mujer que había germinado de otra que, a su vez, ramificaba en un árbol inmenso que hasta hoy no domino del todo. A veces me pregunto de cuántas mujeres vengo, de qué colores o dolores se compone mi ancestralidad ¿Cuántas me habitarán al mismo tiempo?
Mientras los matices de la vida se revelaban ante mis ojos, crecí bajo simbolismos y conceptos arraigados. Descubrí el círculo sobre la cruz como representación de mi género. Aprendí que tomó forma a partir de historias de la mitología grecorromana. Supe de la diosa Venus y sus asociaciones a la fertilidad o el amor. Escuché, también, acerca de otras divinidades como Isis, Hera o Atenea. Vi mujeres deslumbrantes en todos los rincones: desde aquellas de pieles blancas y cabellos ensortijados de los retratos renacentistas hasta esa que transita las calles con piel descalzos. Somos tan diversas que no alcanza una galaxia entera para acogernos o clasificarnos. Y eso me hace sentir orgullosa.
Soy resultado de dos cromosomas X. Soy fruto de una biología rara, contradictoria, de cólicos, sangrados y ciclos. Soy de la especie que sabe reconstruirse después del caos y abonar la tierra con sus propias lágrimas. Por mis venas corre la sensibilidad infinita y una que otra locura sin cura. También me rompo. También renazco. Expulso de mi mente el límite y el imposible. La historia me ha demostrado que esas palabras no existen en el diccionario de una mujer.
A menudo, se referían a nosotras como el «sexo débil», una definición cuestionable para quienes han sostenido tanto desde su aparente fragilidad. Hoy emprendo un viaje a través de los siglos e intento encontrarme en sombreros y abanicos. Veo a «brujas» quemadas en hogueras por saber más de lo que les era permitido. Abrazo a las que murieron entre silencios y frustraciones, a las que no hallaron caminos ni pudieron alzar su voz. Lloro junto a algunas que no consiguieron estudiar ni trabajar para permanecer en hogares-cárceles. Me escondo en la masacre para admirar a esas perseguidas que no cometieron delitos ni pecados y, aun así, pagaron las miserias de otros.
Mi cuerpo se estremece al pensar que más cuerpos han sido ultrajados y mi alma duele al recordar que todavía ocurre. La humanidad aún debe justicia a miles de féminas a diario sometidas a la discriminación en entornos machistas o culturas patriarcales. Muchas marchan en busca de amparos jurídicos para fenómenos que les estrujan el pecho. Otras nos susurran en espíritu, desde un río de sangre que nadie ha venido a limpiar.
Habrá que apostar (más) por la herejía en tacones. Me detengo a pensar nuevamente en el poder transformador de nosotras, las del sexo fuerte. Rememoro los debates sobre sororidad, un término hermoso que nos invita a multiplicar sonrisas y esfuerzos para pintar de violeta los grises de la opresión. Hoy siento la necesidad de leer a Simone de Beauvoir y de sumergirme en las semblanzas de Marie Curie o Rosalind Franklin, quien descubrió la doble hélice del ADN.
Sin embargo, la plenitud me invade al apreciar a las mujeres que me rodean. Ellas también hacen arte y ciencia, quizás de modos más cotidianos y silenciosos. Construyen el amor en cuatro paredes y empujan sus sueños a deshoras, con escasos restos de labial. Ahora voy al espejo. Observo mi silueta y, una vez más, me regocijo. Soy mujer ¿Qué no puedo lograr?