El Richar que conocí­

Confesiones del joven pediatra que atendió a los primeros niños ingresados por la COVID-19 en el Hospital Militar Comandante Manuel Fajardo Rivero, de Villa Clara.

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Doctor pediatra Richar Godoy.
«Cuando nuestro trabajo es reconocido, nuestro cuerpo cansado se levanta y anda con la energía de esos aplausos del pueblo. Gracias. Nosotros seguiremos luchando por nuestra Cuba y todo el mundo», expresó el Dr. Richar Godoy León. (Foto: Ricardo R. González)
Ricardo R. González
Ricardo R. González
@riciber91
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21 Diciembre 2020

Una vez alguien lo calificó como «un hombre chiquito », no por su estatura, sino porque a pesar de ser un adolescente, tení­a un alto  grado de responsabilidad, madurez y una manera muy peculiar de mirar el mundo.

Ahora Richar Godoy León tiene 32 años, ya es doctor, y sigue siendo esa persona humana, sensible al máximo, y amigo de tender su mano en todos los momentos de la vida. Muchas veces se remonta a su Yaguanabo arriba, un pueblito campestre cienfueguero situado a 7 km de la carretera que une a la capital de la Perla del Sur con Trinidad,  un camino que se imponí­a subir y bajar con la complicidad de unos zapatos que conocen bien la historia.

Por entonces sus padres le sugerí­an que fuera médico o ingeniero, hasta que un dí­a les pidió que no le hablaran más de Medicina, porque en el campo solo veí­a suturar heridas causadas por el filo de un machete, y eso nunca le gustó. En secundaria básica eligió la Escuela Militar Camilo Cienfuegos, y al terminar  duodécimo grado, con el quinto puesto académico de toda la escuela, sorprendió que se inclinara por la Medicina Militar.

Fue la única opción que solicitó. Hizo dos años en Cienfuegos y luego se marchó a la Universidad de La Habana. Sobre su trayectoria afirma:   «He tenido que suturar muchas heridas, y aquí­ estoy ».  Entonces da riendas sueltas a sus emociones, acuña cada palabra con el corazón, llora sin prejuicios y emprende un diálogo sin dobleces.  

La llegada a Villa Clara, ¿impuesta o casual?

Durante el sexto año de Medicina roté por esta provincia y Cupido me flechó. Aquí­ me casé con quien es hoy enfermera de Cardiologí­a en el hospital Celestino Hernández Robau. Una vez graduado, trabajé un tiempo en Cienfuegos hasta que retorné a Villa Clara, donde concluí­ la Medicina General Integral. Luego del año opté por la segunda especialidad en el hospital José Luis Miranda, porque mi decisión estaba bien definida: querí­a ser pediatra y ejerzo mi profesión en el Hospital Militar Manuel Fajardo Rivero de Villa Clara.

¿Por qué la devoción por la infancia?

Casi todos los médicos y el personal de Salud le temen un poco. Devino reto y gusto a la vez. Tienes en ella, prácticamente, a dos pacientes: al niño y a su familia, y es donde ves aquella personita que aun enferma conserva la ternura. Te agradece con espontaneidad y sonrisas, y recompensan, profesionalmente, cuando se van de alta.

«Es un reto, también, porque en muchos casos resulta imposible que el pequeño responda qué se siente y dónde le duele. Lo hace a través del llanto e impone mucho ojo clí­nico y un examen muy exhaustivo, además de preguntarle a la madre, que resulta el mejor «médico » del niño ».

En el orden personal, ¿te consideras sumamente sensible?

En extremo, a veces hasta lloro porque soy padre y me parece que cada uno de ellos es un hijo, ya que veo el dolor de un niño enfermo como algo delicado y propio.

Doctores Lisset Ley y Richar Godoy.
Noviembre de 2018 le trajo la satisfacción enorme de haberse graduado como pediatra en su segunda especialidad. La Dra. Lisset Ley Vega, oponente del tribunal, emitió el fallo. (Foto: Cortesí­a de la doctora Lisset Ley)

Imagino que has vivido situaciones complejas. ¿Cómo las enfrentas en el momento de aplicar métodos cruentos?

Aparece una disyuntiva inevitable. Por un lado, el sentimiento de recurrir a un proceder quirúrgico o invasivo, por el otro, la responsabilidad como médico que no puede flaquear. Recuerdo las primeras punciones lumbares practicadas a recién nacidos y sentí­ un desgarro en mi alma. Hasta pensé en la imposibilidad de realizarlas...,  pero tienes que controlarte, porque es para bien. Ese llanto del niño, como expresión de angustia, también lo siento, ya que crecemos en la profesión; sin embargo, las emociones permanecen intactas.  

A veces el niño no puede expresar palabras, pero cuando un padre o familiar dice: «Gracias, doctor », ¿qué sientes?

¿Te lo confieso? Uno llora con el paciente, y no nos abrazamos por el distanciamiento fí­sico, pero ese agradecimiento de los adultos se ve en los ojos que es sincero. Ellos entran con el temor de que al pequeño le pueda ocurrir algo, y al ver que retorna a casa te entregan, en ese momento, la seguridad de que confiaron en el equipo, de que pusieron a sus criaturas en nuestras manos en espera de curarlos.

¿Cómo enfrentaste el primer caso de una menor sospechosa de la COVID-19 en el Hospital Militar?

Ese dí­a fui a trabajar y pensé que serí­a una jornada normal, mas cuando arribó la paciente me dijeron que fuera para la sala a examinarla y comenzó el trabajo con Verónica, hija de madre boliviana  y padre cubano, que entró como paciente sospechosa. Estaba muy alegre, activa… Llegó con sus abuelos, pues el padre habí­a tenido varios contactos, y ellos realizaron muchas preguntas sobre la alimentación, los útiles para vestirla, en fin… Luego de examinarla, la jefatura me comunicó que debí­a permanecer junto a ella las 24 horas, sin retornar a mi casa.

Para la atención a infantes era necesario tener cunas y otros detalles apropiados. ¿Cómo consiguieron habilitar el hospital para estas exigencias?

La institución no atendí­a a niños desde 1966, cuando funcionó aquí­ parte de la atención pediátrica, y ante la epidemia del SARS-CoV-2 el hospital fue designado para atender tanto a positivos como sospechosos. En un primer momento no contábamos con pañales ni culeros;  a su confección  se dedicó de inmediato el departamento de lavanderí­a, ya que no se podí­a entrar nada de la calle.

«Tampoco tení­amos cunas. El Pediátrico José Luis Miranda las facilitó, y con la ayuda de los soldados y otro personal las desinfestamos para colocarlas en las salas habilitadas. En cuanto a la alimentación, se habló con la jefa de Logí­stica del centro y activó los mecanismos necesarios. Carecí­amos de malanga y contamos con el apoyo de las FAR y del Pediátrico, para el suministro de viandas y el  proceso de elaboración, ya que era necesario suministrar puré a una niña de prácticamente un año.

¿Recuerdas algún caso peculiar entre los pequeños hospitalizados?

Al término de noviembre, la institución habí­a atendido a 409 ingresados; de ellos, 93 positivos y 316 sospechosos. La relación incluye a dos hermanos cubano-americanos, uno de 18 años y otro de nueve, que se pasaron todo el tiempo hablando y riéndose, por lo que habí­a que estar con ellos para que cumplieran los protocolos. Tení­an que esperar en aquel momento los 14 dí­as para conocer los resultados del PCR y recibir el egreso, pero en ellos se prolongó más el tiempo, pues se realizaron dos o tres veces más y continuaron positivos a pesar de manifestarse asintomáticos, con rayos X negativo, y el resto de los complementarios sin contratiempos. Al final estuvieron más de un mes en el hospital, hasta que llegó la normalidad.

¿Por qué en los niños la enfermedad se manifiesta más benévola?

Existen diferentes teorí­as que hablan de  inmunidad infantil, también difiere la respuesta del organismo. El adulto puede  presentar otras enfermedades que acentúan o complican el padecimiento, como la hipertensión arterial, la diabetes mellitus, el asma… al tiempo que los menores responden mejor ante las infecciones virales, como el coronavirus.

¿Cuán difí­cil resultó para ti marchar del trabajo al centro de aislamiento sin poder abrazar a tu pequeña Jimena?

Estuve un mes sin verla. Todos los dí­as hablaba con ella y la sentí­a llorar… fue muy duro para los dos, nos extrañábamos. Los primeros dí­as transcurrieron sin relevo y luego nos llevaban para el aislamiento, hasta que pudimos reencontrarnos. Tení­a en la casa un cartel de bienvenida y su expresión era incontenible. Muchas veces me llamaba y preguntaba cuándo iba a venir a la casa, y yo le explicaba que debí­a cuidar a otros niños, hasta que en una jornada me dijo: ¿Y quién me cuida a mi?… Aquello me impactó, no pude aguantar, se me salieron las lágrimas en el centro de aislamiento. Tení­a solo dos años y cuatro meses en aquel momento.

¿Puede hablarse de satisfacciones en medio de un panorama que provoca cansancio y tensiones?

La mayor de todas es que no hemos tenido ningún infante fallecido ni ha habido que remitir a ninguno a una unidad de cuidados intensivos. Ahora somos seis pediatras en funciones, y en los primeros tiempos estaban, además, los doctores Diana Rosa Sánchez, Marvin Machado y Beatriz Rodrí­guez, en una sala de sospechosos y otra de positivos; mas, recuerdo aquellos dí­as en que nos trasladaban del trabajo al centro de aislamiento y viceversa. Me parecí­a que las personas que andaban por la calle y veí­an pasar el ómnibus  nos miraban  con agradecimiento. Sentí­a hasta escalofrí­os, pero estábamos siendo útil a la sociedad.

De esos momentos que estremecen, ¿cuál constituye para ti el más impactante?

El aplauso que tributamos todos en la Sala al dar un alta hospitalaria,  al cual  se suman los padres y el resto de los menores que permanecen hospitalizados. Se me eriza la piel, porque es una reinserción a la vida, el estí­mulo al trabajo cotidiano. La alegrí­a de saber que los niños no están contagiados hay que vivirla.

Al escuchar por primera vez hablar de COVID- 19, ¿pensaste que la pandemia alcanzarí­a la magnitud que ha tenido?

Jamás. Ha sido sorprendente por el propio comportamiento del virus y la existencia de asintomáticos. Gracias al sistema de Salud cubano los resultados hablan por sí­ solos, y trabajaremos para que llegue el dí­a final. El intelecto de nuestros cientí­ficos, del personal de Salud, las vacunas por venir y el aporte de la sociedad nos ayudarán en el empeño.

Ahora emprendes el doctorado en Ciencias Médicas y asumes la jefatura del servicio de Pediatrí­a en el «Manuel Fajardo ». ¿Eres de los que piensan que la vida es un privilegio que hay que aprovechar?

JImena, hija del doctor Richar Godoy.
El venidero febrero traerá el segundo hijo, mas Richar Godoy dejó una recomendación al sentir la satisfacción que le provoca su primogénita Jimena: «Para aquellos que aún esperan tenerlos no demoren más, que esto es lo más hermoso de la vida ». (Foto: Cortesí­a del entrevistado)

Constituye una experiencia de oportunidades y retos. Si no te trazas una meta, siempre estarás en el mismo lugar. Al terminar los Camilitos me preguntaron: ¿qué quieres hacer?, y respondí­: ser alguien en la vida, y ahí­ está el fundamento de la utilidad. Hay que mirar hacia delante, ser un continuo insatisfecho, y seguir para vencer los años cuando avanzan. Creo ha sido el regalo mayor para mis padres y mi familia.  

¿Asumir la vida militar te nutrió de enseñanzas?

He aprendido la disciplina. Me gustan las cosas correctas, el respeto hacia los demás. La medicina es igual, pero recibimos otras nociones militares que te preparan tanto para tiempo de guerra como de paz.  

¿Qué sintieron tus padres al ver que su hijo habí­a seguido el buen camino?

Ellos me ven más grande, como un médico realizado. Al principio lo hací­a todo para que mis padres se sintieran orgullosos, pero el dí­a que estaba cansado o bajaba la guardia, ellos constituí­an el estí­mulo para seguir.

Eres  aficionado practicante del ciclismo, el fútbol, el baloncesto, e incluso hasta con anécdotas en el salto alto, ¿crees que por tener dos o más tí­tulos se llega a la cima de la montaña?

Nunca se dice adiós a los libros ni a las investigaciones, aunque tengas muchas cosas por hacer. Se crea un hábito de querer aprender y de repasar lo conocido, y más en la Medicina. A veces un paciente resulta una lección, pero jamás debe producirse el divorcio con la literatura, que garantiza la actualización constante, porque es inadmisible el criterio de que el médico se deshumaniza, y donde se demuestra el sentido máximo de humanidad es en una unidad de cuidados intensivos y en una sala de Oncohematologí­a. Ellos ven pacientes en circunstancias muy difí­ciles y algunos hasta irreversibles, y cada vez que ocurre algo incompatible, el personal llora, y así­ llevan trabajando años y años; sin embargo, el sentimiento fluye como si fuera el primer dí­a. Jamás se perderá el  trato  humano hacia los pacientes.

¿Cómo imaginas que será ese abrazo final cuando concluya  esta  pandemia que vive el mundo?

Una mezcla de alegrí­as y lágrimas, el reencuentro infinito de familiares y amigos, como si nunca quisiéramos que ese instante acabara. Dibujo la sociedad mejor de lo que era antes, y ese dí­a estaré en familia, con las amistades, con quienes me han apoyado y realizaron sus llamadas para darme todas las fuerzas ante lo que, a partir de un dí­a de 2020, cambió los colores del mundo.

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